La Rosa de Guadalupe. Las trampas de la fe desde la telera

Por Víctor Lara Espinosa (Homo Neophy´tus)

¿Qué respondería usted si alguien se le acerca para preguntarle su opinión general sobre el programa La Rosa de Guadalupe?

¿Qué tal si alguien le preguntara si cree que dicho programa puede influir en los significados que la gente tiene de lo bueno/sagrado, lo malo/profano y el «deber ser» en su vida cotidiana?

Si ya imagina usted sus propias respuestas, quizás también pueda proyectar en su mente las de otras personas o las de un sector determinado de la población. Pero, ¿qué responde uno de los realizadores del programa, por ejemplo?

Érase una vez, una interesante entrevista…

En septiembre de este año agonizante, @PaveloRockstar de la revista Chilango entrevistó a Rigoberto Montijo, un contador de formación, pero ya dedicado a otro oficio por demás diferente y más bien relacionado con el mundo del espectáculo: guionista de La Rosa de Guadalupe.

En esa entrevista, el contador Montijo comparte que, pese a todo lo que podamos pensar de la exitosa serie de televisión, “todo parte de hechos periodísticos y hay investigación”.

Pero ya cuando las preguntas empezaron a entrar un poco más en materia y se enfocaron enconocer el simbolismo o las intenciones detrás de la rosa que aparece en cada episodio, así como del airecito que reciben en el rostro los personajes, Montijo se limita a responder que la primera “simboliza la esperanza” y lo segundo “es una metáfora del alivio de que al fin su problema [de los personajes] se solucionó”.

La conversación sigue su curso y ya cerca de concluir la entrevista @PaveloRockstar esgrime una de las preguntas más esperadas:

¿No crees que lo que ustedes hacen esté incitando al conformismo? Es decir: yo voy y le rezo a la Virgen de Guadalupe y entonces mi problema se soluciona…”.

Y entonces el contador Montijo, muy seguro, le responde: “Para nada. En todos los episodios sí aparece la Virgen, pero como un factor de esperanza. […] es la gente la que, con sus propios recursos resuelve sus problemas: acuden a la Policía, van al psicólogo, hablan con las autoridades de la escuela, se acercan a sus hijos y hablan con ellos; nuestros personajes no esperan a que la Virgen les resuelva los problemas”.

Un poco de estudio

Sin duda es un privilegio poder realizar entrevistas a personajes tan interesantes como Rigoberto Montijo, pero a veces uno siente que quizá hay todavía más información sobre el tema que no se está logrando ventilar, sobre todo después de seguir poniendo atención a lo que se dice, a lo que no se dice y al lenguaje audiovisual de los episodios de la ya famosa Rosa de Guadalupe: serie con temática religiosa-guadalupana ‘a flor de piel’ que narra historias donde los personajes se enfrentan a problemas o percances que acontecen en la vida real mexicana (narcotráfico, sexualidad, drogadicción, violencia, discriminación, bullying) que se muestran en noticieros[1]y periódicos, y que son resueltos por los ruegos y peticiones de ayuda a la Virgen (Lázaro Altamirano, 2014, pág. 10).

De pronto. y de vuelta a esta esfera de la realidad, se siente un airecito misterioso y quizá eso es lo que hace posible que a uno se le ocurra consultar a más gente o por lo menos más material al respecto. Tal es el caso de la obra que lleva por título Las representaciones sociales del guadalupanismo contenidas en el programa La Rosa de Guadalupe, en la que el maestro Saúl Lázaro Altamirano comenta que, en la actualidad, los medios de comunicación, y en particular la televisión, son uno de los principales referentes de la realidad social, pues es desde los medios ─aunque no únicamente─ que obtenemos diversas representaciones sociales que nos ayudan a interpretar la realidad. Entre ellas están las representaciones sociales-religiosas contenidas en películas, programas de televisión, telenovelas, noticiarios, etcétera (ibíd.: 9).

Así tenemos entonces que este vínculo entre religión y medios es vista por algunos como una forma de adaptación religiosa ante las transformaciones de una sociedad mediatizada que responde a la necesidad primigenia de mantener la creencia en seres supremos. Pero de esta manera, no sólo es posible acercar la religión a los espectadores por medio de misas televisadas, rosarios y peregrinaciones a santos y vírgenes, sino que también resulta que la mediación televisiva reconfigura los significados tradicionales de lo sagrado y lo profano (ibídem).

Hasta aquí la parte de la explicación que habla un poquito acerca del discurso religioso que se construye desde la televisión, pero ¿cómo estamos leyendo ese discurso religioso a través de la televisión (particularmente aquellos significados de lo bueno/sagrado, lo malo/profano y el “deber ser”)?

fa-larosa

Al respecto, la comunicóloga Edith Sandoval nos comenta que hay un problema central con todos estos significados que se manejan en pantalla: “no importa todo lo malo que hagas ni tampoco el problema en el que estés porque la Virgen de Guadalupe te perdona y resuelve tu situación. Todo se reduce a esa parte redentora, a la intervención de la Virgen, ése es el significado de lo bueno y no hay más”.

Asimismo, el filósofo y profesor Eduardo Sarmiento identifica una idea que va en el mismo sentido, pues comenta que “el problema es que lo que se maneja es un maniqueísmo ramplón, es decir, no hay una construcción crítica, no hay una formación, un aparato que le permita al televidente discernir, profundizar y valorar un problema o un escenario como sería, por ejemplo, el del aborto. Solamente le dicen al televidente ‘esto es bueno y esto es malo’ porque lo dice la doctrina católica; es decir, que es un apriorismo con el que se imponen ciertos valores para que el sujeto empiece a actuar, y yo creo que ése es uno de los riesgos en estos contenidos religiosos. Es una forma de enajenar a las personas, a quienes se les repite permanentemente que hay ciertas imágenes y ciertas formas de vida que hay que creer sin habérselas cuestionado previamente”.

La pedagoga Marlene Acosta varía un poco su análisis, agregando que “lo que pasa es que, desde el punto de vista de una historia hegemónica, hay una sola voz con respecto al mito fundador de la Virgen de Guadalupe. No es una voz que surja de la gente, sino que dicha voz está ‘prefabricada’ de alguna manera y con una intención. Los significados de lo bueno/sagrado, lo malo/profano y el ‘deber ser’ a través de la televisión son construidos de forma muy maniquea e impiden una visión más inclusiva de otros aspectos. Pero esta construcción tiene que ver también con la construcción de la moral desde una hegemonía que viene del cristianismo y del catolicismo, visión que suele ser muy reducida de lo que es bueno y lo que es malo, lo que es pecado y lo que es sagrado, lo cual reduce mucho el análisis de la propia persona como tal”.

El sociólogo Rodolfo Lara enfatiza que en dicho programa “todos estos significados funcionan meramente como una distracción y naturalmente que están dirigidos a un sector específico. Son ‘pseudovalores’ porque no tienen nada que ver con la determinación, la lucha y la necesidad de la gente para cambiar lo que nos afecta estructuralmente”. Posteriormente añade que las audiencias somos vistas como gente sin criterio y que los creadores de dichos contenidos nos degradan con conceptos que no tienen que ver con la realidad.

El actor José Ramón Coronado comenta que todos los significados mencionados funcionan de manera bastante sencilla en la narrativa del programa: “el problema y el pecado representan lo malo, mientras que lo bueno es cuando la Virgen te hace rectificar y corregir las actitudes”.

Y finalmente, el padre Antonino Cepeda afirma que en realidad los significados de lo bueno y lo malo están en cada uno de nosotros y que eso lo sabemos cada quien perfectamente, aun tratándose de cualquier terrorista o criminal. “Si hacemos caso o no a lo que nos dicta nuestra conciencia, esa ya es otra historia, y en ese sentido nuestra labor como guías espirituales o como productores de contenidos, es precisamente guiar”.

Un tema complejo, sin duda

Ni cómo negarlo, pues, tal como nos lo diría el maestro Saúl Lázaro Altamirano (2014, pág. 1): hay una dimensión histórica que explica los orígenes del mito guadalupano, así como la intervención, los usos políticos y también los sociales, tanto de la Virgen de Guadalupe como de su imagen en el desarrollo de la historia de México.

Tal dimensión explica asimismo el sentido económico que propició su aceptación religiosa y su comercialización, en tanto que una dimensión cultural describe ciertos significados sociales que permean nuestra opinión (como audiencia) de La Rosa de Guadalupe, así como de otros programas con temáticas religiosas.

Si, entonces, los discursos televisivos no están separados de la realidad social de los sujetos, ¿cuáles son las implicaciones de los sentidos morales que se presentan en pantalla?, ¿qué impacto social representan?, ¿cómo repercuten en la vida cotidiana? (Ibíd.: 10)

 

[1] Por ejemplo, el capítulo “La niña sicario”, transmitido el 29 de julio de 2011 retoma la noticia de una niña de 13 años de edad procedente de Cárdenas Tabasco, que estaba entrenada como gatillera. La noticia fue publicada por algunos medios como La Vanguardia, disponible en: http://www.vanguardia.com.mx/ninasicariadetreceanosesdetenidaentabasco-465283.html y noticiarios como Hechos A.M de Tv Azteca en febrero de 2010. Este capítulo es un ejemplo de cómo el programa retoma algunas noticias (problemáticas) que acontecen en el contexto actual mexicano y que después son ficcionalizados, resueltos por el milagro de la Virgen de Guadalupe y difundidos en televisión.

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