La posibilidad de morir era real (Tercera parte)

Por Rivelino Rueda

Ilustración: Camila Rueda

Las muecas y chasquidos que salen de su boca no son comunes. El doctor Gustavo Hernández pide silencio para escuchar con certeza los ruidos de un corazón agitado y unos pulmones vapuleados. El ambiente se tensa más en esa pequeña sala cuando voltea a ver a su compañero y pide que también preparen anticoagulantes.

Entre el punzante dolor de estómago, la respiración ya casi nula y las gruesas gotas frías de sal que escurren por la frente, por las sienes, por la crecida barba, el médico alcanza a dar otra instrucción con un grito firme:

–¡También preparen el oxígeno!”

Para incorporarse, para bajar ese único escalón, un hilillo de aire apenas se alcanza a jalar. Las gotas de sudor helado ya caen al piso y empapan el cuello de la playera.

–Tienes una oxigenación muy baja y tu pulso cardiaco es muy alto. Te vas a quedar, ¿ya te dijo mi compañero? –comenta Gustavo sin ocultar nerviosismo.

La tez morena contrasta con unos dientes blanquísimos. Unos veinticinco años, calculo, están dentro de esa bata también blanquísima. Los ojos profundos y la mirada escrutadora, como la de un niño, provocan confianza, seguridad. La respuesta es un movimiento de cabeza en vertical y de arriba hacia abajo.

–¿Fumas?

–Si

–¿Cuántos cigarros?

–Un poco más de una cajetilla.

–¿Cuántos años tienes?

–Cuarenta y cuatro.

–Estás muy joven. ¿A poco te quieres morir?

Sólo se dibuja una sonrisa en un rostro pálido, extremadamente pálido. Esa absurda sonrisa. Hace unos minutos el compañero del doctor Gustavo no esperó ni cinco minutos para determinar la hospitalización inmediata. El principal motivo no fue el dolor, ni el pulso cardiaco, ni la falta de oxigenación. Fue por ese rostro transparente.

***

Casi al amanecer, cuando el movimiento en la sala de la Clínica 28 del IMSS comienza a tomar vida, cuando se percibe el inminente cambio de turno, Gustavo Hernández hace una última visita, una última observación, un último tacto a un estómago inflamado y aún sensible a cualquier movimiento.

La duda carcome por dentro. Tenía miedo de preguntar en esas primeras horas porque sabía cuál iba a ser la respuesta. Ahora es el momento.

–Cuando ingresé me quedé con la duda doctor. ¿Qué fue exactamente eso de la falta de oxigenación y del pulso cardiaco muy alto?

Guardo silencio unos segundos. En ese momento sentí que ya no pudo verme a los ojos y respondió: “Que había un riesgo muy elevado de infarto”.

Sólo sonreí.

***

“Carlitos” es ingresado al bloque de terapia intensiva el segundo martes por ahí del mediodía. La voz grave del anciano de 87 años está llena de vitalidad. A pesar de que a todas luces es una persona de edad avanzada, sus gesticulaciones son las de un niño. Sus pulmones los de un adolescente.

Don Carlos no habla, Don Carlos grita y no para de hacerlo. Lo suyo son los monólogos. Las historias que cuenta son de una fantasía inigualable.

Coquetea con enfermeras y confronta a médicos. No se guarda nada para sus adentros, todo lo habla, todo lo grita con esa potente voz. Los horarios de comida los disfruta como ningún otro. Describe en voz alta sus sensaciones cuando paladea los alimentos. Su temperatura, su textura, su aroma, su color, su sabor.

Habla siempre de sus aventuras de juventud. El primer día el monólogo de “Carlitos” tiene que ser escuchado íntegramente por su sobrino, bueno, por todos los pacientes del bloque. No para de hablar, nunca lo hace. Describe sus años como comandante de tripulación en Aeroméxico en las décadas de los sesenta y setenta. Las historias de sus viajes alrededor del mundo. Las horas de vuelo. También de las relaciones amorosas que tuvo con las actrices Silvia Pinal y Ana Martín.

Los monólogos se extienden hasta la noche, incluso ya sin la presencia de algún familiar. Nunca se levanta. No puede por prescripción médica. Llegó hasta aquí por una caída en su casa. Dice que vive sólo, que sólo hacía una comida al día: sándwiches o queso en rebanadas. Lo que hubiera. Relata que hace unos días se despertó y al levantarse se resbaló. El golpe fue en la cadera y el dolor lo llevó de nuevo a la cama.

“Ya no pude incorporarme. Ahí me pasé casi un día, casi ahogado con mi mierda y con mi vómito”, platica Don “Carlitos” a su sobrino y luego a las enfermeras. Todos conocemos su historia pero no de una charla directa, sino por su peculiar estilo de gritar cuando habla.

Desde su cama, la 602, se estremece de emoción cuando ve por el gran ventanal que tiene a un lado el paso de los aviones descendiendo rumbo al aeropuerto de la Ciudad de México. Recuerda de nuevo su vida como piloto, como comandante de tripulación, sus viajes, sus amores, los lugares conocidos, sus anécdotas de juventud. Alientan esas pláticas otros dos adultos mayores, Don Domingo, de 82 años, y Don Samuel, de 73, vecinos de las camas que están a su lado derecho.

Al tercer día de hospitalización queda comprobado que Don Carlos no habla así, a gritos, sino que es una forma de histrionismo para llamar la atención. Cuando llega una de sus hijas, una señora de unos 55 años, el anciano se emociona y comienza su actuación. La hija le habla al oído no más de un minuto y su volumen de voz disminuye hasta niveles normales. Cuando la señora se va, “Carlitos” vuelve a las andadas.

Celebra la llegada de la cena. Pide al enfermero que acerque la mesa con los alimentos y que gire la perilla de la cama para quedar sentado. Lanza piropos a una doctora residente que va a tomarle una muestra de sangre y le platica que esos son los primeros alimentos calientes que prueba en un año.

–Ya se tiene que portar bien “Don Carlitos”, para que se pueda ir a su casa—le dice la doctora en un tono maternal.

–¡No quiero irme a mi casa! ¡Vivo solo! ¡Allá me caí! ¡Aquí la comida es caliente y tres veces al día!—responde el anciano haciendo pucheros, como un niño.

Ahora toca el turno del sobrino y Don Carlos se explaya con sus historias fantásticas. Pero, al menos para mí, llegó el límite de la tolerancia.

“¡Este presidente que tenemos ahorita es el mejor de todos! ¡Escúchame bien! ¡Ese aeropuerto que están construyendo va a ser uno de los cinco mejores del mundo y eso hace a este presidente el mejor de todos!”, suelta el anciano con enorme orgullo.

Me incorporo, pujando de rabia. Don Carlos y el sobrino se dan cuenta de que algo anda mal. Fijo una mirada desaprobatoria hacia el anciano, arrastro con furia el tripie con la bolsa de suero y salgo del bloque dejando atrás ruidos extraños que salen de la nariz y la boca.

En los siguientes días el señor no vuelve a hablar del tema. Sólo me observa apenado.

***

Desde la tarde del último miércoles de internamiento el movimiento de médicos es inusual. Van y vienen familiares de un paciente que se encuentra en el bloque vecino. Los rostros denotan tragedia, impotencia, desesperación.

Hablan por sus celulares en sollozos o en abierto llanto. La curiosidad llama. El paseíllo es el habitual. Afuera comienza a oscurecer. Desde el pasillo de los elevadores se observa el oriente de la Ciudad. En el área de “cuidados intensivos” la vista es hacia el norte.

Ya por la zona donde está la sala de espera se puede ver la puesta del sol por la zona del poniente. Luego el camino que se aprende de memoria conduce a la sala de médicos residentes, desde donde se observa el sur de la capital. Ahí el caminar es lento. Las cortinas están corridas en la cama que, en ese momento, tiene la mayor atención del Piso 6.

A las dos de la mañana los gritos son angustiantes. El sueño se interrumpe. No hay nadie despierto en este bloque. En la siguiente media hora los alaridos son más intensos. Estoy nervioso, preocupado. Determino ir a leer a la sala de espera pero hasta allá llegan los gritos. Luego silencio.

Dos doctores acompañan a tres mujeres deshechas. Parece ser la madre, de unos 65 años, y las hijas, una de unos 30 años y la otra un poco mayor, de unos 35. Los médicos bajan con ellas en el elevador. Me dirijo a ese bloque y las cortinas en esa cama siguen corridas, pero dentro hay enfermeras y un médico.

–¿No puedes dormir?—escucho a mis espaldas. Giro el cuerpo y observo a Armando, un enfermero alto y macizo, de una piel caoba intensa, que en cada momento se jacta de ser vecino de “Nezayork”. De esas personas que generan confianza desde la primera impresión.

–No. ¿Qué pasó?—pregunto y con un ademán doy a entender que es por la situación que prevalece.

Me toma del hombro y me invita a caminar. Unos tres metros adelante me dice en voz muy baja y casi al oído: “Murió un paciente”. No queda más que guardar silencio. Pero luego gana el cosquilleo.

–¿De qué?—pregunto mecánicamente unos pasos adelante.

–De cáncer en el páncreas.

Por la mañana del jueves merodeo de nuevo por ese bloque. Las cortinas ya están corridas. La cama está vacía. Una de las mujeres que vi hace unas horas por los elevadores introduce en una bolsa negra algunas pertenencias de quien, yo creo, era su padre. El silencio casi se puede agarrar con las manos en ese espacio.

La posibilidad de morir era real (Segunda parte)

La posibilidad de morir era real (Primera parte)

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