El eclipse en México nunca ha terminado

Por Argel Jiménez

Foto: Edgar López (Archivo)

“Este hecho a lo mejor no lo vas a volver a ver en tu vida, por eso lo tienes que disfrutar y recordar”. Son palabras  con las que semanas antes del evento le dijeron una y otra vez a ese niño.

Por supuesto no es por el registro condicionado que le dieron al Partido del Trabajo, ni al Partido Verde Mexicano, ni el acuerdo del libre comercio que discuten Estados Unidos, Canadá y México, ni tampoco porque “Lupita” Jones consiguió para México el primer premio Miss Universo.

Tampoco lo es por la venta de la banca nacional a la iniciativa privada, ni porque se estableció por decreto presidencial el Día de la Armada Nacional, ni por que se adecuan 21 carreteras a cuatro carriles.

La emoción conforme se acerca la fecha señalada es más grande en la cabeza de aquel niño. Se agolpan el bombardeo  de información científica y esotérica  de los familiares y medios de comunicación hacia un hecho que no se ha vuelto a repetir en la Ciudad de México. La causa es el eclipse total de sol. Es el año de 1991.

Unos días antes del evento, la abuela de aquel escuincle le dice a su hija que por las condiciones de su embarazo (le exige, más que recomendarle) que no salga ese día a la calle. Su hija le contesta que no pasa nada, que sólo es un evento astronómico que no afecta a ningún ser humano y que está científicamente comprobado.

La abuela sabe que no ganará la discusión. No le queda más que aconsejarle que se vista de color rojo, se ponga un listón en la panza del mismo color y un seguro. La hija le dice que si lo hará y sólo así la señora de la “tercera edad” se queda tranquila.

Dos horas antes de aquel acontecimiento, la abuela del niño habla con su hija por teléfono para hacerle prometer que se pondrá todos los artilugios esotéricos, ella le dice que no se preocupe que sí se los pondrá.

Esa familia decide que para ver aquel hecho deben de tener el cielo despejado, sin que interfiera ningún edificio el fenómeno, que sigue maravillando a toda la humanidad a lo largo de su existencia.

Llegan a la conclusión que el lugar ideal es el Bosque de Chapultepec. Más específicamente, el Lago de la Primera Sección. Muchas familias pensaron lo mismo  y la gente ahí reunida resulta ser más de la habitual.

La expectativa se refleja  en la cara de todos los ahí presentes. La adrenalina  corre por todos los cuerpos. Se reúnen alrededor  del lago esperando el momento deseado. Algunos se toman fotos en familia para inmortalizar ese acontecimiento.

Casi a la hora indicada los murmullos se empiezan a oír más fuertes. La oscuridad se va apoderando poco a poco del lugar, no como si estuviera nublado, sino como si estuviera anocheciendo.

Los patos que habitan ese lago perciben ese anochecer y se disponen a entrar  a dormir a sus casitas de madera que hay en la pequeña isleta. Formados uno detrás de otro van dejando su característico sonido. Aquel evento sorprende a todos los que están presentes. Nunca nadie ha visto algo igual.

Mientras, las familias no caben de la emoción cada que se oscurece más y más. Las sensaciones son indescriptibles. En poco tiempo todo queda oscuro y los gritos de asombro se hacen escuchar. Es aquí el momento preciso de poder voltear a ver frente a frente aquel acontecimiento único.

El niño se encuentra  agarrado de su padre y madre. Su hermano, que viene en el vientre materno, no lo puede ver, pero está presente de alguna manera. El tiempo es corto y nadie quiere que acabe, pero las leyes astronómicas no entienden de sentimientos y hace que sea por poco tiempo.

Poco a poco se va descubriendo el sol y con ello priva un poco de desilusión, de saber que algo único y casi irrepetible está apunto de terminar. Algunas lágrimas brotan de alegría. Los patos se descontrolan al ver que vuelve a “amanecer” tan rápido. Salen de sus casas, formados en fila en dirección al lago de agua verde.

Cada segundo que pasa se va sintiendo el sol en todo su esplendor. Cuando todo “termina”, muchos gritan de alegría y se abrazan. No es para más, fueron testigos de algo que muchos a lo mejor no volverán a ver en su vida. Poco a poco se va yendo la gente. Muchos se llevarán en la mente está estampa que ha regalado nuestro sistema solar.

Pasarán los años y las personas que vivieron ese momento tendrán otras experiencias de vida que les dará la naturaleza, pero ninguno como el de aquel día. ¿A poco no?

***

Es domingo 20 de agosto de 2017. El señor de noventa y cuatro años que trabaja en la casa de bombas que surte agua a toda una Unidad Habitacional dice que tiene cierta preocupación del eclipse, ya que ha oído que durará más de dos días y otras que solo un rato. Él cree más en la primera.

A pesar de que le muestro un artículo de un científico de la UNAM, publicado en un periódico, no le convence el argumento y remata diciendo: “Hay que estar preparados para todo”. Lo dice con la serenidad de un hombre que ha sido testigo de muchas crisis políticas y económicas que ha vivido el país durante dos siglos.

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Son las doce del medio día del lunes 23 de agosto de 2017 y el estacionamiento del Planetario Enrique Erro del IPN luce dos filas enormes de personas de todas las edades, principalmente jóvenes.

En una se forman para ver una proyección relacionada al eclipse  y en la otra para observarlo por los telescopios. Ésta última fila tarda mucho en avanzar, por lo que un voluntario del Planetario da indicaciones para que, mientras llegan al mismo, puedan observar el fenómeno astronómico por un vidrio polarizado y unos lentes de cartón.

Comenta que se pueden salir tantito de la fila, diciéndole al de adelante o al de atrás que les aparte el lugar  para poder observar.

La gente se le “amotina”, exigiéndole  más lentes y vidrios polarizados. Él se los quita de encima diciéndoles: “Acuérdense que la SEP nos da el presupuesto para el IPN, pero si no dan dinero para butacas, menos para comprar unos lentes que les permita ver el eclipse”. El argumento resulta irrefutable y ya nadie se vuelve a quejar. Esperan su turno.

Mientras los ahí formados revisan su celular, platican o bromean entre ellos para hacer más llevadera la espera, de entre la gente sale un estudiante del Politécnico que trae una bolsita negra. Pronto nos enteramos que su contenido son vidrios polarizados del número 14.

“Son seguros para ver el eclipse”, dice. Se le juntan más de quince personas que le imploran que les venda uno. Se ve sobrepasado ante tal demanda. Su rostro denota angustia  y dice que sólo tiene diez y que el costo es de veinte pesos. Los que alcanzaron vidrio, después de un rato, lo prestan a los que están formados cerca de ellos para que no se pierdan aquel momento.

La llegada al telescopio resulta tortuosa. Mucha gente se mete a la fila, provocando el malestar principalmente de los que están a punto de llegar. Los cinco telescopios, que son resguardados por un cordón de terciopelo, resultan insuficientes para la demanda de tanta gente. “Sólo se permite quince segundos por persona”, dice el estudiante que permite el acceso.

Forman tandas de cinco personas para pasar a cada telescopio en uno de esos grupos. Los observadores comentan que se ve mejor con los lentes de cartón o el vidrio polarizado. Salen un poco decepcionados ante la premura con la que se disfrutó aquel eclipse parcial que en la Ciudad de México solo cubrió el 30 por ciento del sol.

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Han pasado veintiséis años y el Partido del Trabajo y el ahora Partido Verde Ecologista de México siguen sangrando las arcas financieras del país. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte ha entrado en una fase de revisión, quizá ahora para de una vez por todas entregar lo poco que le queda al país

Ya no “volvimos” a ganar otro Miss Universo, pero las tasas de feminicidios se extendieron por todo el territorio nacional. Los medios de comunicación todos los días nos recuerdan de las bondades de que el Ejército mexicano esté patrullando las calles. Ahora  las carreteras tienen más de cuatro carriles y algunas de ellas socavones incluidos.

En síntesis, en nuestro país el eclipse no ha terminado.

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