A la llamada de Gregorio S… entre la justicia y la venganza

Por: Armando Martínez Leal

@armandoleal71

 

 

El no está seguro de su partida,

no hay tiempo para pensar,

el se va…

no hay tiempo para pensar

sobre lo que ha hecho.

¿Y él era?…

las cosas se van como las personas.

 

 

Julio H. había conocido muy pocos Gregorios en su vida, a lo sumo dos; el primero de ellos fue en la adolescencia, se trataba de un individuo bastante despierto, impetuoso, le decían Goyo, como el volcán. Hace unos  meses se reencontró con el otro Goyo de su existencia. Gregorio R. quien tenía cuarenta años. Acordaron ir al cine y empezarse a tratar, tras días accidentados finalmente lograron verse, a la salida del cine, Gregorio R.  le platicó sobre una experiencia que había vivido meses atrás y que le daba vueltas en su cabeza. En una fiesta conoció a un ser, del que estuvo repentina y vorazmente enamorado, la experiencia terminó mal, el tipo resultó ser un taimado. Terminó mal, como un árbol que se quiebra.

Gregorio R. se despertó una mañana en el cuarto de un hospital, su habitación estaba profusamente iluminada, el sol se filtraba entre las rendijas de las persianas, con el blanco de la misma resultó ser aún más fuerte su despertar. Gregorio R. amaneció adolorido, su rostro estaba amoratado, su ojo izquierdo hinchado, su mano derecha desecha, los calmantes y lo que quedaba en su cuerpo de anestesia no inhibían su sufrimiento. ¿Qué hacer, mientras tanto, si no le veo? Sus ojos clavados en la sala de operaciones, sus ojos clavados en la enorme lámpara… sus ojos. Su dolor que ofrecía sacrificio a la bestia hambrienta.

Gregorio R. observó detenidamente la habitación, como intentando fugarse del dolor, pero sobre todo de la experiencia; sin embargo sus recuerdos fueron más poderosos, de repente empezó a recrear el porqué de su estadía en ese hospital de lujo. La noche anterior se había encontrado con aquel sujeto amoroso, éste le había propinado una golpiza, hasta dejarlo tirado en el suelo. A los minutos del evento se apareció una patrulla que lo trasladó al ministerio público de la Cuauhtémoc, ahí su martirio se incrementó, la adrenalina que aún corría profusamente en su cuerpo le impedía sentir el malestar, intentaba tener control sobre la situación. ¿Y si no volviera a verte jamás? Tus ojos de soledad… tus ojos de golpes, tus ojos y la muerte.

El ministerio público no quiso levantar el acta correspondiente, finalmente lo acabó extorsionando. Gregorio R. en ese instante tomó una decisión, una costosa y terrible disposición, usar su seguro de gastos médicos mayores y resolver lo que a todas luces se veía como el gran daño en su mano derecha. Extorsionado, decidió trasladarse al hospital, al llegar le preguntaron —¿qué le sucedió?, pensativo por un instante, respondió —me caí y estás son las consecuencias. Aquella noche lo operaron, clavos y puntadas para restaurar su mano desecha. ¿Qué ha sucedido? Estás atado, roto… con tus ojos recreando la golpiza.

Amos Oz señala que los inicios de un texto son clave, en principio son la ofrenda que el autor le hace a su lector. La promesa excelsa por excelencia es la de Franz Kafka en La MetamorfosisCuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un seño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso. Estaba echado sobre el quintinoso caparazón de su espalda, y al levantar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas durezas, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, visiblemente a punto de escurrirse en hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia. —¿Qué ha sucedido?

Este enigmático y profundo inició no sólo marca la historia de la literatura moderna, sino que modifica las promesas que los autores deben hacerle a sus lectores. La Metamorfosis es un texto de una gravidez absoluta. Gregorio Samsa una mañana despierta siendo un enorme y pestilente insecto. ¿Por qué Kafka elige a este ser para animalizar lo humano? Un insecto es un animal despreciable, en la pirámide de las fobias, los insectos —cucarachas, escarabajos, moscas, grillos, alacranes…— ocupan el lugar predominante en nuestra cultura. Despreciamos profundamente a la naturaleza, pero nadie desea que el animal que lo represente sea un insecto. ¿Estuvo alguna vez satisfecho?

La mañana del domingo, 17 de noviembre de 1912, Kafka, contra su costumbre rigurosa, decidió no salir de la cama, no tenía ánimo de confrontar el mundo, una certeza lo inundaba entonces; Felice Bauer, acababa de terminar con él. Se trataba de la conciencia de la imposibilidad amorosa, la renuncia que le permitía sublimar su existencia e iniciar sus períodos creativos. ¿Qué ha sucedido?

Kafka yacía de espaldas y dejaba correr la vista por las paredes y el techo de la habitación. Hacía frío, y desde fuera se colaba, como hacia días, la luz tibia y gris de noviembre. En ese instante meditabundo, tumbado en la cama, ahondado en sus pensamientos, Kafka resolvió una imagen, que venía trabajando con anterioridad, pero que sólo el desprecio de Felice pudo develar; es así como surge la imagen de volverse un escarabajo. ¿Puedes creerlo?

La animalidad como una forma de ejercicio de poder no le era en absoluto extraña a Kafka, su padre en su infancia recurría a ella para anularlo, lo llamaba cerdo, mula, invalidándolo del mundo, sustrayéndolo de la existencia; esa imagen fue extrapolada y llevada a su última dimensión en La Metamorfosis. El humano vuelto una no—persona. Ese ejercicio de aniquilación del ser, de extrañeza, de insignificancia, exclusión, de mudez, es la pura expresión del ejercicio de poder; yaces en una cama maquinando una posibilidad se subsistir en el mundo, cuando has sido aniquilado. Querían atraparte… te han roto la mano, te han robado, estás roto.

Al salir del cine Gregorio R. cuestionó a Julio H., —¿qué harías si estuvieras en mi lugar?, si alguna noche conoces a un individuo que te gusta de forma desbordada, al grado de perder el control de todo ¿qué harías si ese individuo una tarde te mete una golpiza y te manda al hospital?, y no puedes denunciarlo, porque la justicia en México no sirve. ¿qué harías si tuvieras mucho dinero? ¿te vengarías?, ¿lo mandarías golpear… o tal vez aniquilar?, sí, piénsalo, contratas algunos pobres en la calle y por unos miles de pesos lo mandas golpear; o tal vez inviertes un poco más y contratas a alguien que lo elimine. Habría, pues, merecido no saber más.

Julio H. se quedó pensando, estaba horrorizado ante el relato. Que Gregorio hubiera acabado hospitalizado, pero sobre todo que pensará en la venganza. No pudo dar una respuesta inmediata, balbuceaba. Gregorio R. insistió, sí ponte en mis zapatos, piensa que algún vecino, que sabe donde vives, entra a tu casa te golpea y además te roba ¿qué harías si no hay justicia?, lo mandarías golpear, pero sabes, igual, si lo mandas golpear, él puede sospechar que fuiste tú y va a regresar ¿qué harías?, es mejor eliminarlo.

Julio H. seguía pensando, no alcanzaba a hilar una posible respuesta, por su cabeza cruzaba aquella idea de la tolerancia, de ponerse en los zapatos del otro, de escucharlo y de tratar de coincidir con su idea. Pero esa imagen: eliminar a otro, le parecía intolerable. Sí, tal vez era muy pijo, probablemente naif, pero su concepción del mundo era diametralmente distinta. Para él, lo que Gregorio R. proponía era la ley de la selva. ¿Qué ha sucedido?

Esa fue la respuesta que finalmente logró estructurar, —Lo que tu propones es la ley de la selva, en ella ganará siempre el más fuerte. —Por eso, respondió Gregorio R. imagínate que tienes mucho dinero. —Prefiero seguir siendo pobre, para no tener que eliminar a nadie, señaló Julio H. —Los mexicanos, dijo Gregorio R. somos muy dejados, por eso nos va cómo nos va. ¿Qué hacer, mientras tanto, si no le veo?

Es cómo si aquella mañana Gregorio R. hubiera elaborado la imagen, ahorrar lo suficiente para eliminar a ese hombre que lo había mandado al hospital, ese hombre que le develaba el verdadero carácter de la justicia mexicana, ese hombre que abusa de más hombres como él. Por eso habría que eliminarlo. Habría, pues, merecido no saber más.

Julio H. llegó a su casa pensando éste ya lo tiene resuelto, sólo quería que le diera la razón, quería un aliado en su venganza. Pensó, ¿cuántos casos habría en México como el de Gregorio R.? ¿cuántos vecinos habrán hecho lo mismo, novios… cuántos? La guerra contra el narcotráfico sólo nos ha dado una fantasmagórica cifra, más de 170 mil mexicanos muertos en diez años. Pero cuántos de esos están realmente metidos en el crimen organizado. Cuántos han sido eliminados por las fuerzas armadas, por el ejército, la marina, por la policía federal, estatal o local… ¿cuántos?… cuántos han sido asesinados por algún sicario, que un vecino indefenso ha decidido tomar la justicia por su propia mano, es decir vengarse. Y esto no volvería a encontrarse nunca.

Los mexicanos hemos sido reducidos a nuestra condición animal. Una mañana nos despertamos como insectos, somos sacrificables. Debemos ser eliminados, hemos perdido nuestra condición humana, para sólo habitar como insectos. México es una habitación pestilente, donde de vez en vez se abre una puerta y alguien echa los trebejos que ya no le sirven. Hay que callarlo al instante… silencio.

La mañana del domingo, 17 de noviembre de 1912, Kafka llegó a una imagen, elaborar La Metamorfosis, ese relato que refleja nuestra condición actual. ¿qué hemos elaborado los mexicanos?… sigo pensando en la llamada de Gregorio R. y en sus deseos de venganza.

¿Qué hacer, mientras tanto, si no le veo? ¿y si no volviera a verle jamás? No sabría nada más. Habría, pues, merecido no saber más. Entonces es mejor escribir. Y ésto no volvería a encontrarle nunca. Puede haber ahí esas falsas anunciaciones, esas gracias de un día, verdaderos precipicios del alma, abismo, abismo donde se ha arrojada el pájaro espléndidamente triste de la adivinación. Entonces es mejor escribir.

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