Por Carlos Alonso Chimal Ortiz
Foto: Eréndira Negrete
Mi nombre es Luciano Salazar Anguiano y, para los cuates, soy Lucy. Un amigo me acaba de conseguir una plaza de trabajo en el gobierno, en donde voy a pasar el resto de mi vida ganado una miseria y nunca creceré laboralmente.
Estoy feliz y creo que esto se debe a todo lo que he cosechado. Los numerosos puestos que tuve anteriormente me han hecho lo que ahora seré. Déjenme platicarles un poco sobre mi experiencia laboral.
En el trabajo de mi papá diseñaban e imprimían calcomanías con dibujos de animalitos muy llamativas, que usaban después para diversos artículos, como estuches, cuadernos, libretas etc. Pero no todas salían bien. Algunas estaban movidas y esas las tiraban a la basura. Yo las rescataba de la basura y me las llevaba a la primaria para venderlas. Se vendían como pan caliente.
Ahora me doy cuenta que cuando eres niño compras cualquier babosada. Se me juntaban tanto los niños que tenía que aventar algunas calcomanías para poder salirme de la multitud de muchachitos hambrientos por estampas mal impresas.
Para la cooperativa de la primaria ese no era negocio, porque los alumnos preferían comprar calcomanías mal impresas que productos engordantes, negocio de la escuela, y el ojete del director del traje gris (así le decíamos porque creemos que sólo tenía un traje gris que usaba diario) me prohibió seguir con mi venta de estampas mal impresas.
Tenía en ese entonces siete años y fue un poco frustrante que hayan cuartado así de tajo mi espíritu emprendedor que sólo un niño de esa edad puede tener. Mis papás hablaron conmigo y nunca perdí las esperanzas.
En la secundaria, mi mamá me hacía frituras, de esas que se meten en aceite hirviendo y se inflan y saben muy ricas, esas de llanta de carreta, gotita, chicharroncitos, o sepa la madre cómo se llamen. Las metíamos en bolsitas de plástico de 15 por 10 centímetros y con una grapa estaban listas para venderlas a la hora del recreo.
En una bolsa llevaba limones partidos y un frasquito de salsa y también se me juntaban todos los escuincles. A Nancy, Rebeca y Laura no les cobraba, esperando recibir algo a cambio. Sigo esperando. Las botanas caseras fueron un éxito la semana que duró, ya que la decrépita de la directora, al ver la demanda que tenían, me prohibió vender más chicharrones a la hora del recreo.
Una vez en vacaciones trabajé en un tianguis en un puesto de comics, juguetes y dulces. Me levanté a las seis de la mañana y fui al camión con mi diablito para que me dieran mis cajas y tubos, armar el puesto, y así acomodar toda la mercancía.
A las nueve de la mañana ya me moría de hambre y pedí adelantado un poco de mi sueldo para comprar una torta y un jugo. Pasó muy lento el día y a las once pedí para un tentempié. A las dos ya estaba comiendo unos deliciosos tacos de guisado. A las cuatro ya estaba recogiendo el puesto y quitando todos los tubos y demás, no sin antes echarme unos cacahuates japoneses y una Coca Cola bien fría. Así transcurrió toda la semana. Estaba desesperado porque no veía la hora en que me pagaran mi sueldo.
—Mira Lucy, sólo porque soy buena onda y no te sientas mal, pero la verdad hasta me quedaste a deber ¡Te la pasaste tragando toda la semana!
Recibí 19 pesos con 50 centavos. ¡Qué poca madre! Me compré unos Rancheritos y una Chaparrita de uva. Le dejé todo el puesto armado y me fui a mi casa a dormir.
O aquella vez que fui a cobrar una factura de un trabajo de diseño al Campo Marte. La culpa la tuvo el güey del soldado de la entrada. Amablemente le pregunté que en dónde podía cobrar una factura. El de verde, con el ceño fruncido, me dio las instrucciones, como si yo conociera el lugar tan bien como él. Además era la primera vez que iba a ese lugar.
—Le das aquí derecho y pasas dos puertas. En el pasillo que sigue, al fondo, hay una puerta, y sales por ahí. Cruzas, y a la derecha está la oficina donde te reciben tu factura.
–Gracias, con permiso.
Seguí las instrucciones así como me dijo o como me acordaba. ¿Qué podría ser más difícil que irme derecho, pasar dos puertas e irme hasta el fondo del pasillo que seguía?
Pues en ese pasillo al fondo abrí la puerta y salí a una explanada. Parecía que me estaban recibiendo porque en cuanto salí a la luz del sol que, por cierto, me deslumbró después de andar por esos pasillos oscuros, entró un redoble de tambor y empezaron a sonar unas trompetas. Yo sólo veía una luz blanca porque mis ojos todavía no se acostumbraban a la luz del exterior.
Mi visión se fue recuperando y vi muchas cámaras, mucha gente. Estaba atrás de la bandera y todas las cámaras me filmaban a mí. La gente detrás de las cámaras me hacía señas de que me saliera, pero yo estaba muy confundido. Me tallaba mis ojos y sentí que me jalaron del hombro y me metieron por la misma puerta de la cual había salido escasos 20 segundos antes.
¡Apenas había recuperado la visión y me meten de sopetón a la oscuridad otra vez¡ ¡Chingada madre! Pues ahora veía todo anaranjado. Un soldado me jaloneó y yo apenas lo distinguía.
–¿Estas pendejo? ¿Qué crees que estás haciendo?
–Vine a cobrar una factura
–Mejor vete de aquí
Entonces llegué a mi trabajo sin dinero y sin factura, porque en todo el relajo que se armó no sé dónde la dejé. Mi jefe me regañó.
–¡No es posible que sólo a ti se te ocurran ese tipo de pendejadas Lucy! ¡Y date de santos que nadie ve las noticias, y menos donde haya una bandera involucrada!
En la noche, cuando llegué a mi casa, mi hermano mayor estaba desparramado en el sillón y me volteó a ver mientras aplaudía.
–¡Felicidades pinche animal ¡Saliste en las noticias con tu cara de baboso que tienes!
Lo bueno que nadie ve las noticias, sólo el imbécil de mi hermano y no sé cuántos millones más.
Nunca regresé a ese trabajo.
Sólo espero que algunas de estas experiencias me permitan, ahora sí, mantenerme en mi nuevo trabajo, ya que lo mío son los negocios.