La fugaz aventurilla del abuelo

Por Karla Mariel García Serrano

Hace cuatro años, un 17 de marzo, faltando unas pocas de horas para el día 18, se apagaba una luz que, al menos en las imágenes, completaba este maravilloso recuerdo consagrado por dos jóvenes

Héctor no logró llegar a ese glorioso 18 de marzo que, años atrás, le había dado vida. Ese 18 de marzo, pero de 1960, Héctor se sintió marcado hasta sus últimos días, pues era la fecha en que había contraído matrimonio con Soledad.

Soledad reflejaba un rostro de dicha en el que no perdía la pose de señorita bien.

Una sonrisa discreta y coqueta hacían que sus ojos contrastaran con su gesto de novia enamorada. Los aretes y el collar armonizaban. Se notaba que su abuela materna tenía muy buen gusto.

Su cabello corto, rubio y brilloso, era el juego perfecto para esa corona que le daba el nuevo estatus de reina. También su complexión delgada resaltaba con su largo vestido blanco, al igual que sus brazos flacos, y lo hacían con el ramo de novia que sujetaba.

Héctor con su cara afilada, cejas largas, orejas un poco grandes, con gesto de hombre serio, era opacado por sus pequeñas pupilas dilatadas. Sus mejillas relajadas y sus labios suaves alargados, ya que en éstos últimos se resaltaba la felicidad de sus nupcias con Soledad.

Su traje de cadete oscuro, con botones plateados por la parte media, que cubrían en línea el pecho hasta llegar a la cadera, eran llamativos en el saco de militar que vestía, pero que a la vez le acortaban las piernas en el pantalón de militar con franjas de color beige a los costados, acompañados de unos zapatos negros recién comprados por él. Y no podía faltar la espada que hiciera sobresalir su postura erguida.

Es así como posarían para las memorias de su boda, justo enfrente de una cortina en buen estado color perla, en el estudio fotográfico “Tu imagen vigente”, en el pequeño pueblo de Jojutla, Morelos.

Transcurrirían 46 años de esa memorable captura perfecta, cuando Soledad por motivos de salud dejó desamparado a aquél muchacho joven, que ahora era un señor.

Pero sólo pasaron 30 días de luto por su exfiel compañera. Héctor reemplazó ese amor que siempre le había sido grato.

Una muchachita, tres veces más joven que él, había llenado el vacío que Soledad dejó en Héctor, pero sólo por corto tiempo, porque ésta lo engaño con un chico de su misma edad, 23 años.

Se supo que había pasado un mes del cambio, porque justo el día 30, una sobrina de Soledad, muy querida por los dos, festejaba su boda.

A la fiesta Héctor llegó acompañado de una joven que parecía su nieta y que rápidamente generó reacciones de enojo de sus hijos, nietos y demás familia.

No hizo falta que le corrieran. Él mismo, al ver el escenario que ocasionó, decidió retirarse y perderse por más de un año con aquélla aventurilla momentánea.

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