La bruja de La Castañeda y de los Hermanos Casasola

Por Bruja

(Narrativa de ficción)

“¡Ay dígame usted! ¿Cuántas criaturitas se ha chupado usted?…”

La bruja. Son Jarocho.

¿Quién vive realmente cuerdo? ¿Cómo determinamos la verdadera realidad? ¿Quién puede afirmarnos que la manera en cómo nos conducimos es la apta para ser personas de bien y funcionales a la sociedad? Preguntas van, preguntas vienen. Lo cierto es que el Hospital Psiquiátrico “La Castañeda” destruyó muchos de sus secretos cuando fue demolido en 1968 por órdenes de Gustavo Díaz Ordaz, cerrando abruptamente al pasaje más negro de la medicina psiquiátrica en México.

La Castañeda representaba un orgullo para el gobierno de Porfirio Díaz, quien inauguró este centro el primero de septiembre de 1910 como parte de los festejos por el centenario de la Independencia. Díaz ostentaba su apertura como un gran avance en la salud de sus gobernados y una amplia posibilidad de generar un cambio en la sociedad mediante “el tratamiento de quienes padecían enfermedades que mermaban la sana convivencia y el progreso del país”.

Ella miraba fijamente la cámara. La seguía como un centinela que aguardaba el momento para atacar con una mirada al que aguardaba detrás del lente. Un vestido negro arropaba su visible delgadez. El cabello suelto a la altura de los senos terminaba de darle un aspecto tenebroso para los “normales”. La mirada perdida termina de colgarle el letrero imaginario de “DEMENTE” en el torso.

La gente diferente siempre tiene aspecto perturbador para algunos, inusual para otros, pero siempre genera sobrenombres en el ideario colectivo…Ella era “la bruja”.

Los hermanos Casasola ingresaron distintas veces al manicomio con la finalidad de documentar la vida diaria del nosocomio. Diversas fotografías se desprendieron de estas visitas. Rostros perturbados, algunos con claros signos de demencia y otros con incertidumbre y poco entendimiento del motivo de su estadía fueron protagonistas de dichos retratos.

El acervo fotográfico hacía énfasis en la estancia de los enfermos en los patios principales y, por ello, existen muy pocos que dieran a conocer a ciencia cierta los diversos tratamientos implantados en este lugar.

“La bruja” tenía 18 años, o menos. Cuentan que fue recluida por un “grave” caso de esquizofrenia, histeria y, además, se trataba de lo que aquellos tiempos llamaban una “pecadora”. La mujer disfrutaba del sexo y los placeres relacionados a ello. Masturbación o conocimiento del cuerpo, daba igual cómo llamarle. El punto importante para sus familiares era lo repugnante que resultaba conocer que una mujer pudiera tener autocontrol de sus necesidades sexuales y esa fue la razón principal por la que su reclusión fue aceptada.

Casasola caminaba por los diversos pabellones que formaban la ex Hacienda pulquera, que ahora representaba la mancha en los expedientes de medicina psiquiátrica. La mayoría de la gente temía ser encerrada en La Castañeda porque era de dominio popular el conocimiento de las atrocidades que se sufrían tras de las grandes rejas que la circundaban, y los fotógrafos que ingresaban capturaban la imagen de un hacinamiento “relajado” y que prosperaba en las recuperaciones.

Está vez, con cámara en mano, encontró a la joven que no comía niños pero sí masticaba sus ansías por tocarse o gritarle al mundo lo devastada que se encontraba por dentro.

Casasola la miró. Atinó a levantar su cámara y apuntarla como un cazador lo hace con su presa. Ella sólo pudo levantar las manos en señal de redención con una ligera inclinación que aparentaba curiosidad por el arma que la estaba apuntando.

Casasola no se detuvo a explicar, precisamente quería captar la esencia de “La bruja”, esa que no volaba en escobas pero pasaba largos ratos en un vuelo interminable gracias a las drogas que le eran suministradas y las violaciones correctivas a las que era sometida para tratar su “penosa” enfermedad.

Su vestido negro brillaba bajo el sol, tanto que se reflejó en la platina donde fue impresa dicha fotografía. Curiosamente, detrás de ella se encontraba un grupo de cuatro niños, probablemente familiares de algún paciente.

Tras la salida de Porfirio Díaz el hospital fue un centro que recibía personas sin patentar enfermedad. Bastaba ser indigente, alcohólico o pobre para caer en las manos de quienes aprovechaban para realizar experimentos en aras de impulsar y demostrar la eficacia de los tratamientos.

Un caballero detrás de ella observa la escena. La mujer cubre el rostro de su espectador con sus manos, pero la postura en que se encuentra de pie demuestra que la observaba mientras tomaban la fotografía. Quizá riéndose, quizá preguntándose el motivo de su reacción o simplemente esperando a que el fotógrafo terminará con su labor para cambiarse de lugar.

La Castañeda huele a muerte y dolor, está impregnada de sufrimientos y castigos imperdonables, supura injusticia por cada pared que ha sido testigo de las atrocidades y los beneplácitos de los verdugos, tal como una herida que se niega a ser sanada.

“La bruja” observa atenta al fotógrafo, espera una reacción que pueda permitirle seguir su camino errante o que cese el dolor que le provoca deambular por esos pasillos y dormir bajo el cuidado de quienes la lastiman.

Su mirada es fija en el objeto pero vaga en pensamientos. ¿Dónde está el dios que la castiga moralmente mientras ella sufre en carne propia la verdadera locura de quienes notablemente desvarían, pero se visten de blanco?

¿Quién está más loco o dañado mentalmente? ¿Aquel que decide vivir una realidad alterna a la habitualmente conocida o quien justifica prácticas inhumanas con el pretexto de descubrir avances en la medicina?

La bruja se preguntará a diario qué hace su delgado cuerpo en medio del mundanal de pesadumbre e incoherencia. Tal vez un día se decida a evaporarse, transformarse en un animal y escapar, o simplemente tolerar los dolores que su estancia le genera. Al final, las brujas han vivido tantas vidas que ya no existe nada que les duela o las asuste.

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