Indigentes en la CDMX, los eternos invisibles

Por Jessica Ivette Calderón Martínez

Fotos: Edgar López (Archivo) y Juan Pueblo

Sus únicas pertenencias son vientos gélidos, temperaturas dementes que un día te dan lluvias extremas o calores infernales, paredes llenas de grafitis, tablas de madera hinchadas y algunas láminas oxidadas, cartones, plásticos agujerados, tubos y palos llenos de astillas, basura, orines, excremento, ratas, cucarachas, ese peculiar olor que brota de las coladeras abiertas junto con los otros penetrantes aromas que todos hemos detectado alguna vez.

Así viven 4 mil 354 personas de las 6 mil 774 en total que no tienen un hogar en la capital del país, según el primer Censo de Poblaciones Callejeras 2017, realizado por la Secretaría de Desarrollo Social de la Ciudad de México.

Diariamente miles de ciudadanos y turistas pasan junto a ellos sin siquiera regalarles una sonrisa o una mirada. Se cubren el rostro con el brazo entero, una bufanda o lo que tengan a la mano para no respirar el mismo aire que ellos, como si estuvieran infectados por un virus rarísimo e incurable que se contagia por el simple hecho de saber de su existencia.

Incluso, hay quienes prefieren saltar ese tramo de la banqueta o cambiar a la otra acera en donde afortunadamente no está arrodillado aquel hombre de la tercera edad con una barba canosa y de aspecto rígido, esa joven que sufre al ver a su pequeño hijo con la cara llena de cansancio y los labios partidos porque tiene sed, o ese esquelético adolescente que se tambalea de un lado a otro gracias a esa maldita bola de retazos de tela, impregnada de algún solvente que sostiene en la mano mientras lo inhala y lo hace perder la cabeza.

La mayoría de la gente tiene este tipo de actitudes porque creen que van a ser agredidos o privados de sus pertenencias por las personas en situación de calle o simplemente por aversión, discriminación y falta de empatía.

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“Nel (truena la boca). Nosotros no somos malos, la mayoría no somos malos. Los malos son ellos, los que pasan y nos ningunean. Se siente bien feo cuando les hablas y te ignoran o te hacen caras por lo que es tu ropa o porque nosotros no andamos bañados de a diario. A veces dicen, así como bajita la baisa: ‘¡Ayyy que asco!, ¡Guácala, huele horrible!’, o cosas así que nos hacen sentir menos.

“Aquí siempre todo es con respeto por nuestra parte. Nosotros no rateamos, parece que no pero nosotros le chambeamos… Ahí de lo que se pueda verdá, pero siempre nos vamos por la derecha pa’ ganarnos aunque se un taquito o algo pa’ pasarla un rato”, mencionó “El Mazorcas”, que hace alusión a su apodo debido a sus grandes dientes.

Es un joven de 19 años que vive en las calles de la ciudad, pues él no tiene un lugar fijo en donde quedarse, ya que duerme “donde le pegue el sueño”.

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Solamente 2 mil 400 personas en esta situación, de los cuales el 87.27 por ciento son hombres y el 12.73 por ciento mujeres, conocen los albergues públicos y privados en donde les brindan servicios sociales como comedor, educación, asistencia médica y dormitorios.

Aunque en algunos de estos, solamente se les permite la estancia a los beneficiados del Instituto de Asistencia e Integración Social, únicamente de tres a seis meses y pagando una cuota de “recuperación” de aproximadamente 300 pesos mensuales, como se ha manejado desde febrero de 2017, con la inauguración del albergue “Hogar CDMX”.

Por esta razón, algunos prefieren seguir durmiendo en colchones viejos, sillones roídos y hasta en el duro suelo.

Debido a la operación que llevaron a cabo los Centros de Asistencia e Integración Social, se otorgó un presupuesto de 145 millones 772 mil 151 pesos durante 2016, mientras que en este año se han entregado únicamente 27 millones 445 mil 271 pesos, exclusivamente hasta el 30 de junio… Ahora estamos casi por comenzar el 2018 y no se ha hecho ni otorgado nada más.

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“El Richar”, un hombre de aproximadamente 34 años, con las manos huesudas y amarillas, se siente más libre y cómodo en su casa construida por dos viejas lonas, la mitad de un palo de escoba, una colchoneta con baches, una desmembrada cobija de lana y una almohada que él mismo realizó con una camiseta y pedazos de cartón, bajo la cual dice que guarda la estampita de su niña, “La Santa Muerte”, para que lo proteja y le dé trabajo.

Prefiere gastar lo poco que gana vendiendo gomitas, en “chemo”,  para “relajar a la Chabela” (calmar el hambre), en comida (cuando le alcanza) y, sobre todo, en veladoras blancas  para hacerle peticiones a su milagrosa niña, que pagar por un lugar en donde pueda quedarse a “jetear”.

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La “mona”, el “chemo”, el pegamento, son algunas formas de llamar a los solventes químicos con los que comúnmente se drogan, debido a que es muy barata y de fácil acceso, pues pueden prepararla con thiner, pegamentos de uso rudo, aerosoles y pinturas, colocándolas sobre estopas, algodones, papel periódico y cualquier tipo de tela para comenzar a inhalarlos por la nariz o la boca el tiempo que sea necesario hasta que los haga olvidarse de que tiene hambre, sueño y hasta frío.

Este estupefaciente tiene un efecto de entre 45 y 50 minutos. Algunos lo inhalan las 24 horas del día para así olvidarse totalmente de quiénes son, de sus vidas.

Algunos de los  efectos a corto y largo plazo son la incapacidad de coordinar el movimiento, alucinaciones, delirios, apatía, pérdida del conocimiento, debilidad muscular, desorientación, depresión, deterioro de la memoria, daños irreversibles en órganos como el corazón, hígado, riñones y pulmones, y lamentablemente puede provocar la muerte por insuficiencia cardíaca o asfixia, según información del Centro Toxológico de la Ciudad de México.

Afortunadamente, gracias a esta previa del censo, se descubrió que el 100 por ciento de esta población vulnerable, consume algún tipo de droga, como “el activo”, con un total del 34 por ciento, seguida de la mariguana, con un 27 por ciento. La “piedra”, con el 8 por ciento, y la cocaína con el 7 por ciento. Pero no se tiene un censo en el que se contabilice a cuánta de esta población se le ha brindado ayuda para controlar sus adicciones, cuántos han seguido un tratamiento, cuántos lo han dejado inconcluso o cuántos han recaído después de dejar los narcóticos atrás.

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Muchas de estas adicciones las han desarrollado debido a la depresión que cargan gracias al mal entorno familiar en el que algunas veces vivieron, como es el caso de “Rosarito”, quien lleva fuera de casa desde los ocho años de edad. Hoy tiene 27 años, una mascota llamada “Pelusa” y una profunda tristeza.

“Mi jefa me pegaba, me insultaba, me decía que estaba prieta, que estaba gorda, que no servía para la escuela, que era un estorbo para ella y para su ruco, que me caía bien gordo el infeliz. Pa’ pronto, esa señora que no merece que la llame madre, le dio más atención a mi padrastro, a mis medios hermanos que eran los hijos de ese güey y que también me echaban bien harta carrilla de la pesada para que yo me defendiera, y al ver eso la doña me metiera una buena zurra sin preguntarme nunca el porqué de lo que me pasaba.

“Nunca me comprendió… ni me quiso, seguro ni me buscó cuando me largué de su cantón. Por eso terminé aquí, pero yo pienso que no fue mi culpa, ¿o sí?”, mencionó con un nudo en la garganta que hacía que su boca temblara al hablar.

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La violencia familiar hace que las personas huyan de sus casas y se refugien en las calles y las drogas, pues la Secretaría de Desarrollo Social determinó en el pasado censo que este es el principal motivo por el cual el 39 por ciento abandonó su hogar, seguido por expulsión del núcleo familiar, con el 34 por ciento, otros tipos de violencia, con el 33 por ciento, y finalmente por problemas económicos, con un 28 por ciento.

Una cantidad  considerable se concentra en las delegaciones Gustavo A. Madero, Venustiano Carranza, y principalmente en la delegación Cuauhtémoc.

Dentro de estas tres demarcaciones se encuentra más del 50 por ciento de población callejera habitando en espacios públicos, aunque no todos son capitalinos, pues se determinó que el 38.6 por cierto son migrantes que provienen de otros estados de la República, como Estado de México, Veracruz y Puebla, o también provienen de otros países como El Salvador y Honduras, que ocupan solamente el 2.8 por ciento de la población total.

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“Guillermo”, “Aide” y sus dos hijos de 6 meses y 2 años,  vinieron a la Ciudad de México desde Huehuetla, municipio del estado de Puebla, para “encontrar trabajo y vivir una vida mejor”, pero lastimosamente no han encontrado un empleo estable, así que desde hace 7 meses se han dedicado a comprar palanquetas y pepitorias en el famoso mercado de la Merced, para revenderlas aproximadamente tres o cinco pesos más de su costo original, “dependiendo del lugar a donde se vayan a trabajar”.

Ellos están sumamente preocupados y tienen la esperanza de que sus hijos decidan estudiar más allá de la primaria, hasta obtener un título que les pueda ofrecer estabilidad económica para que “no sufran”, como ambos lo hacen ahora.

El 39.2 por ciento de las personas que habitan en la calle trabajan. El 67 por ciento recibe un pago monetario, mientras que el 16 por ciento obtiene ganancias en especie para así poder subsistir. El 42 por ciento se mantiene gracias a la asistencia social pública o privada, y el 31 por ciento pide limosnas.

En el tema de la educación, la mayoría concluyó sus estudios hasta la primaria, exactamente el 29 por ciento de los habitantes. El 23 por ciento hasta la secundaria, el 10 por ciento llegó a la educación media superior y tan solo el 3 por ciento cursó hasta los estudios superiores.

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El jefe de Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera, se “encargó” de establecer cuatro escuelas –de las que poco se sabe–, dentro de los Centros de Asistencia e Integración Social de la Secretaría de Desarrollo Social, para que los individuos en condición de vulnerabilidad y desventaja social puedan cursar sus estudios de educación básica (alfabetización, primaria y secundaria) durante seis meses cada uno, para que así el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos Mayores, el Centro de Educación Extraescolar y la Secretaría de Educación Pública les entreguen un certificado oficial por concluir con su aprendizaje.

El gobierno de la Ciudad de México no le ha puesto la atención debida a esta gran parte de la población y no existen brigadas constantes de las cuales se pueda obtener un censo por estado, municipio, o colonia.

No se sabe cuántos de ellos mueren al día, al mes o al año, ni mucho menos las causas. No se sabe por qué se establecen exactamente en ciertos puntos de la ciudad. No se les brinda atención ni ayuda constante, ni se tiene determinado cada cuánto tiempo se realizarán. El anterior censo se realizó del 2008 al 2012, hace cinco años.

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Nadie habla de ellos. Los olvidan hasta que en su entorno suceden desgracias llenas de morbo, como por ejemplo cuando el pasado 11 de noviembre dos indigentes de la calle Artículo 123 pelearon hasta que uno de ellos le sacó el ojo a su contrincante con una botella de vidrio.

Ni siquiera se le dio tanta importancia…  Seguramente pocos conocían este triste y lamentable hecho. Es una pena que se le tenga más consideración a temas irrelevantes que a nuestra propia gente. ¿Será acaso que poco a poco se han ido y se van  convirtiendo en los eternos invisibles?

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2 Thoughts to “Indigentes en la CDMX, los eternos invisibles”

  1. Adrián

    Me gustó el artículo, me hubieran invitado a colaborar. Estas personas son el reflejo de la falta de políticas públicas en concientización del creciento poblacional. La mayoría vive en calle porque carecieron de ambos o alguno de los padres que no contemplaron los costos de engendrar un hijo a largo plazo.

    1. Reversos El Otro Lado

      Gracias por tus comentarios. Bienvenidas tus colaboraciones 🙂

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