Fidel y El Che: una amistad que cambió el rumbo la historia

(El cerco informativo del régimen de Fulgencio Batista)

Por Rivelino Rueda

“En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.

Con esta frase se resume gran parte de la historia contemporánea en Cuba y, a su vez, en América Latina. Es el cerrojazo del discurso de autodefensa del joven abogado Fidel Castro Ruz, quien meses atrás (23 de Julio de 1953)  comandó el asalto al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, pero también es el inicio de un proceso que dejó y sigue dejando marcadas a las generaciones por venir.

El dictador Fulgencio Batista otorga una amnistía a los rebeldes del Movimiento 26 de julio en la Navidad de 1955. Para festejar su propia reelección y para acallar las voces de protesta en Cuba y en el extranjero, el dictador decide liberar a Fidel Castro y a sus hombres, pero la campaña de desprestigio y los embates de la prensa batistiana continúan golpeando al grupo revolucionario.

Fidel Castro decide exiliarse en México y allí reunirse con sus hombres, algunos en la inevitable diáspora tras los acontecimientos del Moncada y otros recién liberados de las cárceles batistianas. El 7 de julio de 1955, tan sólo a 53 días de haber salido del presidio político, Fidel aborda un avión en el aeropuerto de Rancho Boyeros, en La Habana, en el vuelo 566 de Mexicana de Aviación, que lo conduce a Mérida, Yucatán, con destino final a la Ciudad de México, donde arriba el 8 de julio.

Esta metrópoli es el escenario para que los revolucionarios planearan las bases de la lucha armada y el desembarco en la isla. En México, Fidel Castro conoce a un médico argentino que venía de luchar en Guatemala –más con el corazón que con las armas–, defendiendo la revolución social que emprendió el régimen progresista de Jacobo Arbenz.

Ese aventurero sudamericano, conocido hasta entonces por Ernesto Guevara de la Serna, hace de todo para ganarse la vida en la anárquica metrópoli, pero se puede decir que es en la ciudad de México en donde comienza su trayectoria periodística. Compra una cámara fotográfica Zeiss, de 35 milímetros, y empieza a sacar placas en las plazas públicas, aunque en 1955, durante los Juegos Panamericanos de 1955 que tienen como sede a esta capital, la Agencia Latina –órgano de información del régimen del presidente argentino, Juan Domingo Perón—lo contrata para cubrir ese evento deportivo.

Ernesto Guevara, quien había conocido en su paso por Guatemala (1954) a Ñico López, un cubano disidente que participó en el ataque al Cuartel de Bayamo, el 26 de julio de 1953, que se dio simultáneo al asalto al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, es presentado por éste al líder de la rebelión cubana. (Ver anexo 1.1)

Es así como en una conversación (que se desarrolla en la casa de la también exiliada cubana María Antonia González, en la calle de Emparán 49) que se extiende por diez horas, y en la que repasan sus versiones sobre América Latina, pero sobre todo de revoluciones que liberaran a los pueblos de sus opresores, Fidel Castro invita al joven argentino de 28 años a participar en la guerrilla cubana como médico. Guevara acepta de inmediato. (Ver anexo 1.2)

En tanto, el régimen batistiano, así como todo su aparato de propaganda y espionaje continúan con su embestida de desinformación hacia el Movimiento 26 de julio; también, los servicios de inteligencia cubanos buscan por todos los medios cortar la cabeza de la organización rebelde y planean un atentado contra Fidel Castro. La clandestinidad se vuelve parte fundamental de los próximos guerrilleros cubanos y los voceros oficiosos de Batista, que atacan continuamente a Fidel, aprovechan el silencio del líder revolucionario para orquestar campañas de desprestigio.

En los primeros días de 1956 la prensa en Cuba servía de tribuna para que representantes de la llamada oposición vociferaran en contra de los exiliados cubanos en México. Esto motiva a Fidel Castro a escribir una serie de artículos en los que desenmascara a aquellos que, desde supuestas posiciones opositoras, no hacían más que colaborar con la tiranía.

Estos artículos fueron enviados a la revista Bohemia, semanario de gran circulación en Cuba y que enviaba parte de su edición a países de Centroamérica, Venezuela y Estados Unidos.

En uno de estos artículos se manifiesta la protesta de Fidel Castro a aquellos que utilizan estos medios para avalar la dictadura batistiana. El número 2, de enero de 1956, Bohemia publica un artículo titulado Entre todos, en el que Fidel señala:

 

    “(…) La jauría me ha caído encima. Ya no se ataca a Batista, que está en el poder. Se me ataca a mí, que ni siquiera estoy en el territorio nacional. Esto es lo que ha puesto de moda la oposición politiquera y pedigüeña, asustada de la fuerza creciente de un movimiento revolucionario que amenaza desplazarlos a todos de la vida pública (…)” 

 

El 20 de junio de 1956, el Movimiento 26 de julio sufre un fuerte revés. Fidel Castro es detenido por policías federales mexicanos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS); con él son arrestados varios rebeldes, entre ellos Ernesto Guevara. Les son decomisadas las armas que llevarían al combate en la lucha armada en Cuba. La estación migratoria de la calle de Miguel Schultz, en la colonia San Rafael, se convierte en esos días en un campo propicio para que la prensa cubana arremetiera contra la organización rebelde.

Pero no sólo el periodismo cubano apuntaba su artillería hacia la estación migratoria de Miguel Schultz; también la prensa mexicana colaboró con la campaña difamatoria del régimen de Batista a través de sobornos, canalizados por medio de la Embajada cubana en México.

El 26 de junio, el periódico oficialista Excélsior destacaba en su titular de primera plana la detención de los rebeldes cubanos con un gran cabezal: “México frustra revuelta contra Cuba y detiene a 20 cabecillas”, y al día siguiente el diario publicaba una nota sobre el tema, que citaba a fuentes policiales de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad (DFS) –órgano de inteligencia y persecución de los regímenes priistas contra los disidentes políticos–, la cual fue titulada: “Más detenciones de conspiradores cubanos que se dice tenían ayuda de comunistas”.

En el desarrollo de la nota se asegura que el “cabecilla” de la organización es “el médico argentino Ernesto Guevara Serna (sic), vínculo principal entre los conspiradores cubanos y ciertas organizaciones comunistas de naturaleza internacional”.

Y la diatriba periodística remata: “El doctor Guevara, que también ha figurado en otros movimientos políticos de naturaleza internacional en la República Dominicana y Panamá, fue identificado por la DFS como miembro activo del Instituto de Intercambio Cultural Mexicano-Ruso”.

También aparece una foto de los rebeldes detenidos, y debajo de la placa se destaca que “el doctor Guevara, junto a Fidel Castro, son hombres cuyas vinculaciones íntimas con el comunismo han provocado sospechas de que el movimiento contra Fulgencio Batista fue coauspiciado por organizaciones rojas (sic)”.

El día 9 de julio, desde el encierro en la estación migratoria, Fidel Castro denuncia cómo su detención obedecía a un plan fraguado y financiado por la dictadura batistiana, en contubernio con determinados funcionarios mexicanos:

 

La Embajada cubana en México puso en evidencia su conocimiento previo de lo que había de suceder cuando, inmediatamente después de producirse la detención, sus agentes utilizaron a sus sectores más reaccionarios de la prensa mexicana para orquestar una campaña hostil a cualquier solución que beneficiara a los detenidos cubanos, a la vez que lanzaban injurias contra el líder del Movimiento 26 de julio y sus compañeros. 

 

En un documento firmado por tres miembros del 26 de Julio que no fueron detenidos (Juan Manuel Márquez, Raúl Castro y Héctor Aldama) la organización revolucionaria da una respuesta formal a la campaña difamatoria. El texto fue publicado en el diario mexicano Excélsior.

Gracias a la intervención del expresidente mexicano Lázaro Cárdenas del Río, el grupo cubano sale de su encierro a lo largo del mes de julio de 1956 y decide adelantar sus planes para zarpar lo más pronto posible a la isla, pero los meses siguientes fueron precedidos de campañas hostiles orquestadas por la dictadura batistiana.

La edición del 19 de agosto de 1956 de la revista Bohemia publica un extracto de la denuncia de Rafael Salas Cañizares, jefe de la policía batistiana, contra Fidel Castro, en la que lo acusaba de aceptar dinero y armas del sanguinario dictador dominicano Leónidas Trujillo.

 

    Los voceros de Batista, aprovechando la enemistad entre éste y Trujillo, propagaban toda clase de informaciones acerca de una supuesta invasión militar dominicana contra Cuba, con la que pretendían crear toda una atmósfera de temor y confusión en el pueblo, acusar de trujillista el estallido revolucionario que se avecinaba y frenar, así, el apoyo de la población a los rebeldes.  

 

Fidel Castro envía una misiva desde la ciudad de México a la revista Bohemia, la cual ponía de manifiesto la falsedad de las declaraciones hechas por Salas Cañizares y esclarecía los verdaderos propósitos que la habían motivado:

 

“No cambiamos ni uno solo de nuestros principios por las armas que puedan tener todos los dictadores juntos. Esta actitud de los hombres que estamos dispuestos a combatir y a morir con fuerzas incomparablemente superiores en recursos, sin aceptar ayuda extraña, es la respuesta más digna que podemos darle a los voceros de la tiranía.

 

El 25 de noviembre de 1956, a las dos de la madrugada, el yate Granma zarpa de Tuxpan, Veracruz, con 82 hombres a bordo, entre ellos Ernesto Guevara, quien desde las primeras horas de navegación prácticamente es fulminado por un ataque de asma.

Por otro lado, desde el 5 de noviembre, el estado mayor del ejército batistiano había enviado a todos sus mandos una relación de embarcaciones sospechosas para que se procediera a su localización. La lista incluía los yates Magdalena, Corinthya y Granma.

La pequeña embarcación apenas puede con sus tripulantes, “pero ahí va bailando sobre las olas del Golfo de México; a éstos 82 hombres los esperan alertados por soplones y traidores más de 35 mil hombres armados, incluyendo a la policía; un ejército dotado con tanques; diez navíos de guerra; 15 guardacostas;  78 aviones de combate y transporte” (Paco Ignacio Taibo II) y, sobre todo, un cerco informativo que se extendería hasta el final de la guerra.

El grupo rebelde llega a Cuba el domingo 2 de diciembre de 1956. El desembarco se produce dos días después de lo planeado; éste debió coincidir con la huelga general del 30 de noviembre, pero los inexpertos marineros que pronto serán náufragos sólo se enteraron del desarrollo del paro nacional por medio de la radio, que comenzaba a ofrecerles noticias alarmantes.

 

  “Ha estallado una insurrección en Santiago, se combate en las calles. Hay tiroteos y actos de sabotaje esporádicos en otras ciudades de Cuba, pero es en Santiago donde parece que las dimensiones del alzamiento son mayores. Se habla de combates en la estación de policía y en la policía marítima, de francotiradores en las azoteas de la ciudad”. 

 

La zona pantanosa de Belic, en la región de Níquero, al oriente de la Isla, es escenario del arribo de los expedicionarios del Granma que, después de siete días en altamar, presentan síntomas de desnutrición, mareo y cansancio; asimismo, parte de las armas,  equipo de campaña, medicinas y alimentos se pierden en los manglares durante el desembarco. Es cierto que están en tierra firme, es cierto que están en Cuba, pero la cuota de su arribo ha tenido un costo muy alto.

Ernesto Guevara narra lo que años más tarde consideró, más que un desembarco, un naufragio del Granma tras su penoso arribo a la isla.

 

Un barco de cabotaje nos vio, comunicando telegráficamente el hallazgo al ejército de Batista. Apenas bajamos, con toda premura y llevando lo imprescindible, nos introducimos en la ciénaga, cuando fuimos atacados por la aviación enemiga. Naturalmente, caminando por los pantanos cubiertos de manglares, no éramos vistos ni hostilizados por la aviación, pero ya el ejército de la dictadura andaba sobre nuestros pasos.

 

Tardamos varias horas en salir de la ciénaga, a donde la impericia e irresponsabilidad de un compañero que se dijo conocedor, nos arrojara. Quedamos en tierra firme, a la deriva, dando traspiés, constituyendo un ejército de sombras, de fantasmas que caminaban como siguiendo el impulso de algún oscuro mecanismo psíquico.

Habían sido siete días de hambre y mareos continuos durante la travesía, sumados a tres días más, terribles en la tierra. A los diez exactos de la salida de México, el 5 de diciembre de madrugada, después de una marcha nocturna interrumpida por los desmayos y las fatigas y los descansos de la tropa, alcanzamos un punto conocido paradójicamente por el nombre de Alegría de Pío.

 

Por su parte, el ejército batistiano se mantiene en alerta máxima. La zona del desembarco es asediada por cientos de militares; los aviones realizan maniobras desesperadas en la búsqueda del grupo rebelde. La consigna del régimen de Batista es no permitir que los expedicionarios penetren en la Sierra Maestra. En La Habana, la prensa ataca sin misericordia a la organización encabezada por Fidel Castro.

El martes 4 de diciembre de 1956 el periódico habanero Ataja, Diario cubano, publica en su primera plana un encabezado que trata de confundir a la opinión pública: “Desembarcan Fuerzas Navales en Cabo Cruz para atrapar a los pocos rebeldes que huyen. Orden en Santiago; aniquilada la banda de mercenarios. Muerto Fidel Castro, ratifica la Prensa Unida”.

También, el 5 de diciembre del mismo año, el diario Alerta publica un editorial en su primera plana firmado por su director, Ramón Vasconcelos, una de las pocas voces con cordura durante esos momentos de incertidumbre. El texto se titula ¡Dios los ilumine!, y sus dos primeros párrafos apuntan:

 

“Los sangrientos sucesos de Oriente, lamentables de todos modos para el buen cubano, para el hombre de conciencia, para el propio general Batista y el gobierno que han hecho grandes esfuerzos para evitarlos, y que ahora mismo lo hacen para reducir la tragedia a sus justas aunque irremediables proporciones, demuestra hasta que punto ha llegado la insensatez de los que se dejaron deslumbrar por un espejismo y empujar al precipicio por la ambición propia y el resentimiento ajeno.

“Porque todo es banal en los ilusos que han querido pasar a la Historia en postura heroica, y miseria moral en los que inmolan a un puñado de incautos en la estúpida aventura de una conquista imposible del poder por la violencia, después de haber acumulado millones a costa del erario público; millones que no alivian las estrecheces de nadie, que no enjuagan una lágrima, que no socorren a un enfermo, que no contribuyen en ninguna forma al progreso de la patria, sino que se emplean en agitarla, ensangrentarla, cubrirla de ignominia. Con engaños burdos pretenden desatar una guerra civil”.

 

Ese día –5 de diciembre de 1956– la columna guerrillera acampa en una zona de escasa vegetación, que no es lo suficientemente densa para ocultar por completo la presencia de los expedicionarios. Se encuentran en el batey (espacio que ocupan las fábricas, viviendas y almacenes en los ingenios azucareros en Cuba) de Alegría de Pío.

Alrededor de las 4,30 de la mañana, los expedicionarios exhaustos por las jornadas anteriores son sorprendidos por el ejército batistiano, y a pesar de la desigualdad numérica y de capacidad de fuego, mantienen un feroz combate, pero el saldo es negro para la guerrilla.

En la confusión el grupo se divide; algunos son hechos prisioneros, torturados y asesinados, otros buscan desesperadamente algún camino hacia la Sierra Maestra. El grupo original de 82 expedicionarios es reducido a 18 hombres; pero la ayuda del campesino Cresencio Pérez resulta fundamental para que los hombres del 26 de julio se reagrupen en las estribaciones de la Sierra Maestra.

Ernesto Guevara es herido en el cuello durante el combate de Alegría de Pío, y su grupo logra reunirse a mediados de diciembre con los otros sobrevivientes de la expedición original.

La noticia de la emboscada a los expedicionarios del Granma en Alegría de Pío es titular de primera plana en diversos diarios de América Latina, incluido en Argentina y México. Sin consultar otras fuentes, los periódicos toman el despacho del corresponsal en La Habana de la agencia estadounidense United Press International (UPI), Francis McCarthy, quien se va por la versión simplista del régimen de Batista, en el sentido de que sus tropas habían “obtenido una victoria total” contra los guerrilleros.

No sólo eso, el periodista estadounidense reproduce la falacia de la tiranía batistiana y lo lanza como primicia: “En la lista de muertos aparece, además de Fidel y Raúl Castro, Ernesto Guevara”.

El médico argentino sufre constantes ataques de asma en esos días de reorganización de la guerrilla y los embates en los medios de comunicación no cesan su escalada falaz; a su vez, la censura de la dictadura batistiana no permite conocer la situación que se vive en la Sierra Maestra. Guevara de la Serna apunta en su diario de campaña, el día 24 de diciembre, su primera impresión ante la desinformación que prevalecía en Cuba:

 

“Apareció en un periódico la noticia de que viene en la expedición un argentino comunista de pésimos antecedentes, expulsado de su país. El apellido, por su puesto, Guevara”.

 

Es así como la organización rebelde, ya en contacto con la red urbana, encabezada por el joven Frank País, decide sostener una acción militar exitosa que diera testimonio de la supervivencia de la guerrilla. Al conseguirse esto, el campesinado y la población de las ciudades se darían cuenta de la desinformación de la dictadura, que afirmaba que Fidel y sus hombres estaban muertos o dispersos por la Sierra.

El ataque sorpresa al cuartel de La Plata el jueves 17 de enero de 1957 da nuevos bríos y esperanzas al puñado de rebeldes, pero también sirve de pretexto al régimen de Batista para centrar su furia contra núcleo rebelde y, sobre todo, a los guajiros (campesinos de la Sierra) de la zona, que son acusados de proteger al grupo insurgente.

Ya para esos días, bautizado por los guajiros de la Sierra con el seudónimo de tres letras que lo volvería inmortal, el Che anota en su diario los acontecimientos que sucedieron después del ataque al cuartel de La Plata:

 

“Caminamos a buen paso subiendo el río Palma Mocha donde nos encontramos con un espectáculo lastimoso, todas las familias de la zona en éxodo hacia la costa debido a las amenazas que un cabo y un mayoral les había hecho referentes a un supuesto bombardeo de la aviación contra los rebeldes. La maniobra era clara, desalojar a todos los campesinos y luego toda la compañía se apoderaría de toda la tierra abandonada. Desgraciadamente la mentira de ellos coincidió con nuestro ataque de modo que los campesinos respondían a nuestras exhortaciones con tímidas evasivas y la mayoría dejó sus hogares pese a todo”.

 

A finales de enero de 1957, el tiempo transcurrido –el costoso desembarco, la emboscada en Alegría de Pío, el reagrupamiento de los sobrevivientes, el ataque al cuartel de La Plata, el éxodo campesino, el avance guerrillero y el cerco informativo– hace apremiante la necesidad de poner fin a las especulaciones, a la campaña difamatoria, a la desinformación y a las mentiras relacionadas con la presencia del grupo insurgente en la Sierra Maestra. Por eso urgía reactivar las gestiones para conseguir un periodista.

Es el 1 de febrero de 1957 cuando René Rodríguez, un enviado de Fidel Castro, llega a la ciudad de Manzanillo y hace contacto con Celia Sánchez, encargada de la organización clandestina del M-26 en esta ciudad. El mensajero expone a Celia la misión que le ha encargado el líder del movimiento: Poner en antecedentes a Faustino Pérez, miembro del M-26 en La Habana, de la situación real de la guerrilla y rectificarle la orientación de que busque un periodista dispuesto a subir a la Sierra Maestra a fin de divulgar internacionalmente la lucha que se desarrolla en Cuba.

Faustino Pérez ya había establecido contacto en La Habana con los directores de Prensa Libre y Bohemia, pero sus gestiones no habían tenido éxito. Lo cierto es que la cautela y el temor ante la represalia de la tiranía batistiana habían podido más que el instinto periodístico en esos dos pilares fundamentales del periodismo cubano, que no tenía vínculos con la dictadura. Es así que se llegó a una conclusión: el periodista que tenía que subir a la Sierra debía de ser extranjero.

René Rodríguez hace contacto con Faustino Pérez y le transmite las instrucciones que trae de Fidel. El 4 de febrero, Faustino y René se entrevistan con la corresponsal en La Habana del periódico The New York Times, la reportera Ruby Hart Phillips. Interesada en la propuesta de los jóvenes del M-26, la periodista se comunica de inmediato con el editor internacional del The New York Times, Emanuel R. Freedman, y sugiere que el periodista Herbert L. Matthews viaje urgentemente a La Habana para un asunto importante. Al siguiente día, se le avisa a la corresponsal del New York Times en La Habana que su petición ha sido aceptada.

Herbert L. Matthews tiene a la sazón 57 años de edad. En su carrera como periodista le ha tocado participar como testigo de algunos de los acontecimientos más trascendentales del siglo. Ocupa en 1957 la posición de jefe de la planta editorial del poderoso diario norteamericano The New York Times, para el que redacta editoriales y reportajes especiales sobre América Latina. Es, en suma, uno de los periodistas más prestigiosos e influyentes en Estados Unidos, y es considerado un individuo de posición liberal dentro de la gran prensa norteamericana.

Antes de salir de Santiago de Cuba hacía la Sierra Maestra, el líder del Movimiento en las ciudades, Frank País, pide le compraran unos rollos fotográficos para una cámara que lleva a la entrevista, así como el último ejemplar de la revista estadounidense Time, esto para que aparezca en alguna foto como forma de corroborar la fecha en que se toma.

Tras burlar el cerco militar, Herbert L. Matthews arriba al campamento guerrillero en la Sierra Maestra el día señalado: 17 de febrero de 1957, en donde se desarrolla la histórica entrevista con Fidel Castro Ruz. Fidel relata a Matthews las peripecias de la guerrilla desde su desembarco el 2 de diciembre y, a su vez, el líder del Movimiento Revolucionario 26 de Julio  da una visión general de la situación en Cuba y del cerco informativo de la dictadura batistiana:

 

“El pueblo cubano escucha por la radio todo lo relacionado con Argelia, pero no oye ni lee una sola palabra acerca de nosotros, gracias a la censura. Usted será el primero en hablarle de nosotros. Tenemos seguidores en toda la isla. Los mejores elementos, especialmente los jóvenes están con nosotros. El pueblo cubano es capaz de soportar cualquier cosa menos la opresión”.

 

La conversación se extiende por tres horas. Matthews toma abundantes notas en una libretita negra, mientras René Rodríguez tira algunas fotos. Una de esas placas se hará famosa en todo el mundo. El Che apuntaría años más tarde –en uno de sus relatos del libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria– la famosa entrevista de esta forma:

 

Por primera vez nos iba a visitar un periodista y ese periodista era extranjero; se trataba del famoso Matthews que solamente llevó a la conversación una pequeña camarita de cajón, con la que sacó las fotos tan difundidas luego y controvertidas por las manifestaciones estúpidas de un Ministro de Batista.

Matthews, según me contara Fidel, porque yo no fui testigo presencial de aquella entrevista, hizo preguntas concretas y ninguna capciosa, se mostró como un simpatizante de la Revolución. Recuerdo los comentarios de Fidel, cómo él le había contestado afirmativamente la pregunta de si era antiimperialista y cómo había objetado la entrega de armas a Batista demostrándole que esas armas no serían para la defensa intercontinental, sino solamente para oprimir al pueblo.

 

La publicación del artículo (de una serie de tres) escrito por Herbert Matthews sobre la guerrilla cubana, que aparece en la primera plana de la edición del domingo 24 de febrero de 1957 en The New York Times, causa una verdadera conmoción, sobre todo en Cuba, donde la censura batistiana mutila los ejemplares del periódico estadounidense. La noticia  de la existencia del grupo rebelde en la Sierra Maestra, y sobre todo, del liderazgo de Fidel Castro, a quien muchos cubanos ya daban por muerto, no tarda en regarse como pólvora.

De esta forma, la más férrea censura de la dictadura de Fulgencio Batista, establecida desde el 15 de enero de 1957, fue puesta al descubierto por el periodista estadounidense. Con el título de Rebelde Cubano es Visitado en su Escondite, sobre una foto del jefe guerrillero con su fusil de mira telescópica y la copia fotostática de un autógrafo entregado al periodista. El extenso reportaje comenzaba con estas palabras:

 

“Fidel Castro, el jefe rebelde de la juventud cubana está vivo y peleando exitosamente en los inhóspitos y casi impenetrables montes de la Sierra Maestra, al extremo sur de la isla (…)

“Esta es la primera noticia de que Fidel Castro está todavía vivo y todavía en Cuba. Nadie relacionado con el mundo exterior, y mucho menos con la prensa, ha visto al señor Castro, excepto este periodista. Nadie en La Habana, inclusive en la Embajada de los Estados Unidos, con todos sus recursos para la recopilación de información sabrá hasta que se publique este informe que Fidel Castro está realmente en la Sierra Maestra”.

 

Los últimos artículos aparecieron los días 25 y 26 de febrero, dedicados a la situación general en Cuba.

El mismo día en que se publica el último artículo de Matthews (26 de febrero), el gobierno de Batista decide levantar la censura de prensa. La medida había sido anunciada de antemano, y Fulgencio Batista determina que una reconsideración, a raíz de la aparición de los artículos de Matthews, podría ser aprovechada por la prensa internacional para abrirle la puerta a un escándalo de proporciones incalculables y poner en ridículo a su gobierno.

 

Al día siguiente del levantamiento de la censura, los principales diarios de Cuba reproducen íntegramente el primer artículo de Matthews, lo que origina que el ministro de Defensa, Santiago Verdeja, emita unas declaraciones en las que afirma que “la ya famosa entrevista puede ser considerada como el capítulo de una novela fantástica. El señor Matthews no se ha entrevistado con el referido insurgente”.

 

Verdeja, también vocero de la dictadura en aquellos días, impugna la autenticidad de la foto de Fidel, y fundamenta la duda con estas palabras: “Parece ingenuo que, habiendo tenido la oportunidad de penetrar en aquellas montañas y haber sostenido la entrevista, no se hubiera retratado con él para confirmar sus dichos”.

 

Sin embargo, José Suárez Núñez, uno de los principales voceros del régimen y enlace de Fulgencio Batista con los propietarios de los periódicos, revistas, emisoras de radio y televisión que integraban el bloque cubano de prensa, acepta en 1989, en una entrevista con el periodista cubano, Luis Báez, que “cuando el New York Times publica la entrevista de Herbert Matthews a Fidel Castro, en la Sierra Maestra, esto provocó un revuelo que tú no eres capaz de imaginar. Nadie en el gobierno lo quería creer y Batista mucho menos. Inmediatamente (Batista) convocó a una reunión en Palacio”.

 

El entrevistado señala que en dicha reunión “todos los presentes examinaron la foto publicada por el Times en la que se veía a Matthews y al jefe guerrillero conversando plácidamente, y bastó que alguien dijera que no se le parecía a Fidel Castro para que Batista, acto seguido, diera por sentado que se trataba de un montaje fotográfico y dictara una declaración en la que calificaba la entrevista de apócrifa y de mentiroso a su autor”.

 

A la mañana siguiente, continúa Suárez Núñez, “todos los periódicos habaneros reproducían en primera plana las acusaciones de Batista, pero no estaban firmadas por este, sino por Verdeja, quien se sorprendió al ver esas declaraciones suyas en los diarios y no pudo evadir el inmenso ridículo que cayó sobre él cuando, al otro día, el New York Times respondía con la publicación de varias fotos en las que aparecía Fidel Castro en distintas posiciones que no dejaban lugar a duda de la veracidad de la información”.

 

Por otro lado, en la Sierra Maestra, el grupo rebelde se encuentra a la espera de armamento y hombres; la guerrilla camina sin rumbo fijo, esperando la ayuda del movimiento urbano. La noticia del levantamiento del cerco y de la publicación del artículo de Matthews en los periódicos de Cuba se recibe con cautela. Ernesto Che Guevara anota sobre este acontecimiento:

 

(…) El 27 o 28 de febrero, se había levantado la censura en el país y la radio daba continuamente noticias de todo lo ocurrido durante los meses transcurridos. Se hablaba de los actos terroristas y de la entrevista de Matthews con Fidel: en aquel momento el Ministro de Defensa hizo su famosa afirmación de que la entrevista de Matthews era una patraña y el reto a que se publicara la foto.

 

Ése mismo día (27 de febrero) el jefe militar de Oriente, general Martín Díaz Tamayo, declara a la prensa: “Es totalmente imposible cruzar las líneas donde hay tropas (…) La entrevista es un cuento”.

En su libro Pasajes de la guerra revolucionaria, el Che apunta al respecto:

 

Las noticias de aquél día fueron que Matthews había hablado por teléfono y había anunciado que se publicarían las famosas fotos. Díaz Tamayo había anunciado que no podía ser, que nadie podía cruzar el cerco de tropas.

 

Era el 28 de febrero de 1957 y la respuesta de Matthews no podía ser más contundente: El New York Times publica la foto del periodista con el jefe de la Revolución Cubana que reclama el ministro Verdeja. En pocos días esa fotografía da la vuelta al mundo y graba en millones de personas la primera imagen de la guerrilla en Cuba.

Años más tarde, en un libro publicado en México (1960), el propio Batista reconoce el impacto que tuvo la presentación de las fotografías de Matthews con Fidel Castro: “La entrevista, en efecto, había tenido lugar y su publicación trajo considerable propaganda y apoyo para el grupo rebelde. Castro comenzaría a convertirse en un personaje de leyenda”.

Después de la famosa entrevista, el régimen batistiano no ceja en su intento por censurar a la guerrilla y descalificarla. Varios voceros de la dictadura se dedican a despedazar con calumnias al movimiento, creando un vacío en la información en la isla. Ernesto Guevara, describe de este modo la situación que se vivía en aquellos meses (marzo-abril 1957) en la Sierra Maestra:

 

La situación política por aquellos momentos estaba llena de matices de oportunismo. Los conocidos vozarrones de Pardo Landa, Conte Agüero (Ver anexo 1.3)  y otras auras de la misma calaña, abundaban en exabruptos demagógicos, llamando a la concordia y a la paz y, tímidamente, criticando al gobierno. Había hablado el gobierno de paz; el nuevo Primer Ministro, Rivero Agüero, manifestaba que iría, si fuera necesario, a la Sierra Maestra para lograr pacificar al país. Sin embargo, pocos días después, Batista manifestó que no era necesario hablar con Fidel o con los alzados; que Fidel Castro no estaba en la Sierra, decía, y que allí no había nadie; por lo tanto, no había por qué hablar con un grupo de forajidos”.

 

A lo largo de 1957, varios periodistas intentan subir a la Sierra Maestra para tener una exclusiva con el líder del Movimiento 26 de julio, la mayoría de ellos no logra su cometido debido al cerco militar que se cierra en torno a la guerrilla; otros, muy pocos, burlan al ejército batistiano para conocer de cerca la lucha revolucionaria que se gesta en Cuba y para dar testimonio al mundo de su experiencia.

Los periodistas que llegan a la Sierra Maestra durante el año de 1957, impulsados por la entrevista realizada por Herbert L. Matthews, son: Bob Taber de la empresa televisiva estadounidense CBS; el 7 de junio de 1957 la revista Visión, de Nueva York, publica un reportaje de Taber titulado En la Cumbre; el 5 de mayo sube a la Sierra el también periodista húngaro-norteamericano Andrew Saint George, de la revista Cavalier.

Asimismo, Don Hogan, del Herald Tribune, realiza un reportaje que titula Ocho días con las fuerzas rebeldes de Fidel Castro. Pero lo cierto es que los periodistas cubanos no habían logrado escalar la montaña más alta de Cuba –el Pico Truquino– para entrevistar al líder guerrillero.

Diversos factores se conjugan en esta iniciativa: la férrea censura de la prensa, el cerco del ejército, la peligrosidad que entraña ser cubano y además periodista, pero sobre todo la mordaza que, de antemano, imponen las grandes empresas periodísticas en la isla, que no cejan de restar importancia al movimiento que se esta gestando en Cuba, sólo para estar en buenas relaciones con el gobierno batistiano.

A pesar de los riesgos que encarna tener un acercamiento con los líderes rebeldes, los periodistas cubanos Agustín Alles Soberón y Eduardo Hernández (Guayo) logran llegar a la Sierra y entrevistar a Fidel. Así, publican en Bohemia, el 22 de febrero de 1959 (después del triunfo de la Revolución): Un reportaje sensacional que la censura impidió publicar. Los primeros periodistas cubanos en la Sierra Maestra: Plan de Gobierno de Fidel Castro.

El trabajo periodístico de estos dos reporteros cubanos coincide con la del periodista uruguayo Carlos María Gutiérrez, del diario La Mañana, de Montevideo, quien es acompañado del periodista estadounidense Homer Bigart, del The New York Times.

Pero la tiranía batistiana continúa con su firme propósito de impedir que los periodistas suban a la Sierra Maestra y, así, evitar una burla como la sufrida con Matthews. La campaña de desinformación contra la organización rebelde hace que la dictadura se valga de innumerables artimañas para demostrar a la prensa extranjera que el núcleo guerrillero sólo es una fantasía.

Los vuelos rasantes de los aviones militares distan mucho de los paseos que ofrece el gobierno de Batista a los periodistas para demostrarles que “no había tal alzamiento en la Sierra” y, a su vez, las aeronaves utilizadas para estas empresas vuelan a cientos de kilómetros de altura. El Che Guevara muestra un tono irónico sobre esta estrategia de la tiranía:

 

En aquellos mismos días, el gobierno paseó, en un avión del Ejército, a varios miles de metros de altura, a los periodistas, demostrándoles que no había nadie en la Sierra Maestra. Fue una curiosa operación que no convenció a nadie y una demostración de la forma que utilizaba el gobierno batistiano para engañar a la opinión pública con la ayuda de todos los Conte Agüero disfrazados de revolucionarios que hablaban cotidianamente, engañando al pueblo.

 

El Movimiento 26 de Julio llega así a su primer año de lucha en enero de 1958. Los frecuentes triunfos en el campo de batalla y la esperanza de la victoria se encuentran cada vez más cerca. La guerrilla ha logrado mantener su control en extensas zonas de la Sierra Maestra. La presencia del grupo rebelde ya es una realidad en Cuba y en el mundo, pero eso no significa que las campañas del régimen continúen. El Che resume así el año de lucha armada en su aspecto informativo:

 

En cuanto a la lucha política, era muy complicada y contradictoria. La dictadura de Batista se desenvolvía con la ayuda de un congreso elegido mediante fraudes de tal tipo que aseguraban una cómoda superioridad al gobierno.

Se podían expresar, cuando no había censura, algunas opiniones disidentes, pero voceros oficiosos u oficiales del régimen llamaban a la concordia nacional con sus voces potentes, transmitidas en cadena para todo el territorio nacional. Con la histérica voz de Otto Meruelo se alteraban las engoladas de los payasos Pardo Llada y Conte Agüero y, este último, en la palabra escrita repetía los conceptos de la radio, llamando al “hermano Fidel”, a la coexistencia con el régimen batistiano.

 

En el año de 1958 la guerrilla se fortalece, pero su campo de acción se limita a la Sierra. El movimiento urbano se encuentra asediado por los servicios de inteligencia de la dictadura y los enlaces con el grupo rebelde se dificultan debido el cerco castrense. Es así como la tiranía emprende una nueva estrategia contra la organización insurgente; las partes del ejército enviadas a los medios de comunicación hablan de una guerrilla mermada y desorganizada. Ernesto Guevara descubre la farsa y anota:

 

Al iniciarse el año de 1958 se había producido cierta tregua en nuestras fuerzas y las tropas batistianas. Se sucedían, sin embargo, los partes del ejército en los cuales se hablaba un día de 8, otro de 23 rebeldes, por supuesto, sin sufrir ellos ninguna; esta era precisamente la técnica que dominaba, sobre todo en la zona en la que operaba mi columna, donde Sánchez Mosquera se dedicaba a imaginarias batallas contra las fuerzas rebeldes, asesinando campesinos cuyos cadáveres nutría su hoja de servicios.

 

La censura periodística se recrudece en esos días, pero gracias a los enlaces con el movimiento en las ciudades, algunos periodistas logran subir a la Sierra Maestra a conocer la gesta revolucionaria del grupo guerrillero. Es así como en el mes de marzo el camarógrafo José Guerra Alemán arriba a la Sierra y filma una película de Fidel Castro y el Che Guevara que titula El gran recuento.

Otro reportero que hace presencia en la Sierra Maestra es el cubano José Ramón González Regueral, quien llega a publicar en la revista Carteles, el 15 de marzo de 1959 un reportaje que llama: Episodios revolucionarios. El primer ataque a Manzanillo, donde especifica que no pudo publicarlo antes por la censura.

Por esos mismos días también está en la Sierra el periodista cubano Raúl Quintana, de Avance. Otros corresponsales extranjeros que visitan la Sierra son Charles Schumann y Ross, de la United Press, así como la corresponsal de Selecciones del Readers Digest, Dickey Chapelle.

El periodista mexicano Manuel Camín, del periódico progubernamental Excélsior, hace acto de presencia en la Sierra Maestra en marzo de 1958, quien publica una serie de reportajes sobre Fidel Castro, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdés y otros comandantes de la guerrilla. En ese mismo mes, el periodista hispano-francés Enrique Meneses, corresponsal del París-Macht, sube a la Sierra Maestra. Ernesto Che Guevara recuerda la llegada de Enrique Meneses al campamento guerrillero de esta forma:

 

En los últimos días de enero se levantaba la censura y los periódicos, por última vez hasta que acabó la guerra, publicaban algunas noticias. El ambiente gubernamental respiraba aires de tregua. Ramírez León, legislador batistiano, hacía un viaje más o menos espontáneo acompañado de un concejal de Manzanillo, Lalo Roca y de un periodista español del París-Macht, Meneses, que hiciera una serie de entrevistas en la Sierra.

 

El reportaje de Enrique Meneses aparece en la revista francesa París-Macht el 8 de marzo de 1958 bajo el título: Chez les rebelles qui ont en leve Fangio, y Bohemia del 9 de marzo de 1958 daba a conocer otro reportaje suyo titulado: Misión: Sierra Maestra. El Che apunta cuál fue la reacción de esos reportajes en días de censura:

 

Las entrevistas con Meneses, que se publicaron en la revista Bohemia, tuvieron su repercusión también en el mundo entero, pero internamente fue interesante la polémica sostenida entre Masferrer y Ramírez León, en esos fugaces días en que la prensa habanera publicaba algunas noticias.

 

Enrique Meneses recuerda la publicación de su reportaje en París-Macht y un día después en la revista Bohemia- de esta forma:

 

“(…) La inmediata consecuencia fue que, tras deliberar en la rue Pierre-Charon sobre los peligros que podía correr yo en Cuba si se publicaba mi reportaje antes de que saliese de la isla, prevaleció el criterio (de los editores de la revista francesa) de que la información es antes que el periodista (…)

“El éxito de mi trabajo me llegó, como todas las informaciones del exterior, por radio. Mi nombre empezó a sonar mucho en Cuba y la revista Bohemia adquirió del París-Macht mi material, texto y fotos, en mayor cantidad de la utilizada por las publicaciones internacionales. Miguel Ángel Quevedo, propietario de Bohemia, decidió hacer un número especial y sacar a la calle 500 000 ejemplares. Según decía la radio, había quioscos de periódicos en Cuba que fueron asaltados por familias ansiosas de ver, quizá, a los suyos en la Sierra. Los boletines de noticias de la radio daban constantemente información sobre aquel número especial que provocaba colas enormes en los puestos de venta de La Habana, Santiago, Camagüey, Santa Clara, Pinar del Río y toda la isla.

“Batista impuso la ley marcial y estableció la censura”.

 

El periodista Enrique Meneses vive en carne propia el cerco informativo del régimen batistiano y la obsesión del ejército de no permitir el paso a ningún corresponsal nacional y extranjero a la Sierra Maestra: “El problema podía resumirse del siguiente modo –apunta Meneses– los periodistas llegaban al aeropuerto de Santiago y allí eran abordados por los hombres de Chaviano, que los invitaban a ser huéspedes del general durante toda su estancia. Era tal el marcaje, que resultaba imposible a los informadores extranjeros ponerse en contacto con aquellas gentes desafectas al gobierno y cuyos nombres y direcciones habían aprendido previamente de memoria. Tras hartarse de juergas y visitas turísticas ‘para demostrar que todo estaba bajo control en la zona’, el periodista regresaba a La Habana”.

También Meneses publica reportajes en la revista Le Fígaro, de París, y otro en París-Macht que titula A l’assant de Cuba les barbas de Fidel, el 12 de abril de 1958. Durante su estancia en el campamento guerrillero, el periodista español conoce de cerca la campaña hostil de la dictadura en contra de los rebeldes, no sólo en prensa, también en radio:

 

“(…) Caminábamos en silencio para escuchar el diario comentario del batistiano Rafael Díaz Balart, cuñado de Fidel Castro: ‘En estos momentos, el carnicero de la Sierra ya no puede controlar a sus hombres. Si estos no huyen es porque están aterrorizados por Castro, su hermano Raúl, Che Guevara y otros criminales de la misma índole. La lucha toca a su fin. Batista es victorioso sobre todos los frentes’”.

 

Enrique Meneses regresa a La Habana tras una petición del movimiento urbano, éstos quieren que el periodista español realice una serie de reportajes sobre las actividades de la organización en las ciudades; a su vez, el movimiento en el llano se siente relegado por la guerrilla y su actuación dentro de la Revolución es fundamental para la lucha armada. Meneses se encuentra en la capital cubana durante la huelga general del 8 de abril, días más tarde es detenido por los servicios de inteligencia de Batista.

En  esos días, el periodista ecuatoriano Carlos Bastida Argüello de El Telégrafo, de Güayaquil, logra entrevistar a Fidel Castro, también es detenido en La Habana. Bastida es objeto de una coartada en un céntrico bar habanero. Durante su encarcelamiento, Enrique Meneses recuerda el terror de los aparatos de represión de Fulgencio Batista, pero también descubre el desprecio que tenía la dictadura hacia el periodismo independiente:

 

“Una noche estaba adormilado cuando oí mencionar mi nombre en una discusión entre el guardia que estaba sentado en su mesa al final del pasillo y otra persona que resultó ser el senador batistiano Rolando Masferrer.

–Oye tú, chico –decía Masferrer. Tú te vas a tomar un cafetín después de decirme cuál es la celda del gallego Meneses y cuando vuelvas yo te lo he liquidado.

“(…) Una semana antes, otro prisionero, también periodista –Bastida, ecuatoriano- había sido salvajemente castrado en su celda. Los gritos, según parece, se habían escuchado toda la noche”.

 

A principios de abril de 1958 la dirección del movimiento revolucionario centra su estrategia en la convocatoria a una huelga general, programada para el 9 de abril, en un intento por desarrollar un acto político de masas que precipitara la caída de la dictadura batistiana, pero la desorganización entre las centrales obreras de la isla, la desconfianza imperante al interior de las organizaciones opositoras a la tiranía, así como el caos y la anarquía imperante en la jornada del paro nacional, provoca un revés para el grupo guerrillero.

Por aquellos días el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, de la cadena LRI, Radio El Mundo, de Buenos Aires, llega a las montañas cubanas de oriente para entrevistar a los líderes del movimiento armado, pero a partir de las conversaciones con Fidel Castro y el Che Guevara en el corazón de la Sierra Maestra, el reportero bonaerense traba una amistad con los dirigentes guerrilleros y, al triunfo de la Revolución, se convierte en un personaje clave para la creación de la agencia informativa cubana Prensa Latina para, después, ser el primero en poner en práctica la teoría “foquista” del Che en la provincia de Salta, Argentina, y además dar paso a la concepción de la “guerrilla continental” de Ernesto Guevara.

El periodista argentino narra en su libro Los que luchan y los que lloran, el motivo de su interés por entrevistar a los líderes guerrilleros cubanos, y además la percepción errónea que se tiene del movimiento revolucionario que se desarrolla en la Isla, auspiciado fundamentalmente por la interpretación de las agencias informativas y por los grandes diarios, que nutren sus noticias con información que proporciona la dictadura de Batista para desprestigiar a los rebeldes.

Antes de entrevistar a Fidel Castro, un grupo de rebeldes de la columna del Comandante en Jefe cuestiona a Masetti: “¿Cómo se le ocurre ir a la Sierra Maestra a reportear (al líder del Movimiento 26 de Julio)?”. El reportero argentino responde:

 

“Existe, con respecto a la Revolución cubana, un gran misterio que aún no ha sido develado. Un gran misterio guardado celosamente por las agencias informativas y por los grandes diarios que se nutren con sus noticias. Y así, mientras toda Latinoamérica odia a Batista, no se decide a apoyar a Fidel Castro, porque no saben quién es, qué quiere, ni quién lo apoya.

“Algunos consideran a la Revolución cubana instrumento de Estados Unidos y al ejército de Fidel Castro, integrado por jóvenes pudientes que jugaban a la guerra. Les dije (a los rebeldes) que era habitual leer en los diarios la noticia de que “los rebeldes cubanos volaron un tren de pasajeros” sin aclarar si el tren de pasajeros estaba ocupado o no, o si ese “tren de pasajeros” era ocupado para el transporte de tropas. Noticias de ese tipo daban la impresión de que Fidel Castro era no otra cosa que un asesino terrorista.

“Se quedaron un poco apagados por el relato. Sus barbas y melenas me hicieron recordar que muchas de las notas que había leído sobre los rebeldes de la Sierra Maestra, sólo aludían a los atributos capilares de los soldados de Fidel Castro y a todo detalle pintoresco utilizable para despertar el interés del lector, de idéntica forma en que aludían a las caras pintadas de los pieles rojas o el mate y al ombú cuando hablaban de Argentina”.

 

El sonado fracaso de la huelga general de abril provoca que la guerrilla se reorganice y plantee una nueva estrategia para la lucha. El gobierno aprovecha la situación para lanzar una contraofensiva sobre el movimiento insurgente en la Sierra, pero su poder va decreciendo debido al gran auge de la ola revolucionaria en toda la Isla. La moral del ejército batistiano está en su peor momento desde el inicio de la lucha armada. Como explica el Che, las fuerzas castrenses buscan desesperadamente acciones que trataran de disuadir al pueblo de apoyar a la guerrilla:

 

La moral cayó tanto que el ejército consideró oportuno ejercer la gracia y preparó unos volantes que distribuía desde el aire en las zonas de alzados. El volante decía así:

“Compatriotas: Si con motivo de habérsete complicado en complots insurreccionales te encuentras todavía en el campo o en el monte, tienes oportunidad de rectificar y volver al seno de tu familia.

“El Gobierno ha ordenado ofrecer respeto para tu vida y enviarte a tu hogar si depones las armas y te acoges a la Ley.

“Preséntate al Gobernador de la Provincia, al Alcalde de tu Municipio, al Congresista amigo, al Puesto Militar, Naval o Policiaco más cercano o a cualquier autoridad eclesiástica.

“Si estuvieres en despoblado, trae contigo tu arma colocada sobre uno de tus hombros y con las manos en alto.

“Si hicieras tu presentación en zona urbana, deja escondido en lugar seguro tu armamento para que lo comuniques y sea recogido inmediatamente.

“Hazlo sin pérdida de tiempo, porque las operaciones para la pacificación total continuarán con mayor intensidad en la zona donde te encuentres”.

Después publicaban fotos de presentados, algunos reales y otros no. Lo evidente es que la ola contrarrevolucionaria aumentaba.

 

Para finales de agosto de 1958, la guerrilla decide bajar al Llano (zonas urbanas, como fue denominada por el M-26-7). La columna 2, encabezada por Camilo Cienfuegos y la columna 4, dirigida por el Che Guevara, avanzan hacia el centro de la isla para intentar partirla en dos y conseguir el dominio total en la región de Oriente.

En la esquina de enfrente, la ofensiva de desinformación orquestada por la dictadura se encuentra en su clímax por el avance guerrillero. Días antes de llegar a la región de Las Villas, en el centro de Cuba, la columna del Che escucha por la radio una de las tantas falacias del gobierno batistiano en voz del general Francisco Tabernilla Dolz, jefe del Estado Mayor Conjunto:

 

Una tarde –apunta el Che– escuchábamos por nuestro radio de campaña un parte dado por el general Francisco Tabernilla Dolz, por esa época, con toda su prepotencia de matón, anunciando la destrucción de las hordas dirigidas por Che Guevara y dando una serie de datos de muertos, de heridos, de nombres de todas clases, que eran el producto del botín recogido en nuestras mochilas al sostener ese encuentro desastroso con el enemigo unos días antes, todo eso mezclado con datos falsos de la cosecha del Estado Mayor del ejército.

 

El avance rebelde crece por toda la isla y, a su vez, la guerrilla cubana da la vuelta al mundo debido a los continuos reportajes que los corresponsales extranjeros realizan sobre el movimiento. La batalla de Santa Clara, los últimos días de diciembre de 1958 da la puntilla final a la dictadura de Batista.

Fulgencio Batista abandona Cuba con las primeras luces del alba del 1 de enero de 1959. Con él viajan su familia, sus amigos y una exorbitante fortuna, fruto de la corrupción.   (Ver Anexo 1.4) Las primeras tropas rebeldes entran victoriosas a La Habana el 2 y 3 de enero. Fidel, que viene de Oriente por carretera, arriba a una capital llena de júbilo el 8 de enero.

La Revolución ha triunfado, pero el poder organizativo de la guerrilla en la Sierra se tiene que trasladar a toda la isla. Atrás quedan los días de clandestinidad; ahora, se debe dar paso a la justicia social y a los ideales de la gesta revolucionaria.

Nuevas instituciones deberán  surgir, nuevas empresas como las creadas por el Che Guevara en las regiones del Hombrito y de La Mesa; empresas que dieron vida al movimiento y, a su vez, lo presentaron de forma diferente ante el pueblo cubano, bombardeado sistemáticamente por la desinformación de la tiranía.

Atrás también quedan El Cubano Libre y Radio Rebelde, dos herramientas fundamentales para la lucha de liberación, dos empresas periodísticas planeadas, creadas y dirigidas por el Che Guevara.

 

 

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