El fatídico asalto en la Calle de Moneda

Por Aurora Villaseñor Mejía

Las once de la noche no resultaba hora sencilla para sienes hinchadas y punzantes por el efecto de las Bohemias en aquel solitario bar, donde la pareja de jóvenes –apenas identificando sus rostros ensombrecidos a media luz– era la única dispuesta a exponerse ante las brutalidades que, pacientes y a su ritmo cotidiano, los esperaban a modo de empuñaduras filosas en el Centro Histórico de la ciudad.

Risueños y cachondos, se lanzaron a las calles encharcadas de la urbe, deslizándose al ritmo de dúos mentales que se reflejaban en la coreografía difícilmente marcada, pues el agua en los calcetines los hacía carcajearse mientras se tambaleaban, por lo que sus pasos de baile se extinguían en el vértigo de unos ojos cansados y absortos ante el Zócalo iluminado, con el cielo arriba, pero también debajo de ellos.

No percibían la soledad como advertencia, ni los edificios apagados de cortinas bajas estimulaban el sentido común del riesgo latente. Sólo las rodillas cansadas ya por tanto caminar desde que salieron de la escuela a las diez de la mañana intentaban detenerse, como previendo algo, como si quisieran evitar que sus dueños giraran para ingresar en la Calle de Moneda, callejón en la que sus últimas huellas quedarían registradas.

En busca de algún hostal que pudiera aliviar sus deseos caminaron en línea recta tomados de la mano. Sobre la garganta de ella pendía un cristal en forma de corazón rosa, sostenido por una cadena de oro. No poseía nada más valioso que su vida misma, la que siempre irradió. Él, cuyo cabello recién cortado previo a la llegada al bar, guardaba en los bolsillos una cartera sin efectivo, con una tarjeta de crédito.

Al llegar a la esquina, cuatro calles se encontraban separadas por el cruce de circulación. Los dos semáforos dieron el pitazo y entonces aparecieron ellos. Cinco chaparros de labios hinchados, ojos sumidos y puños cerrados.

–¿Me das la hora güero?

Golpe en la nariz. Conciencia de sí. Borrachera superada.

–¡No se hagan pendejos! ¡Saquen todo lo que traigan!

Martina intentó huir, entre dos la sostuvieron, un tercero golpeó su estómago y al soltarla le arrancaron el dije. Pavel, tirado boca abajo, recibió puntapiés en la nariz. No obstante lo atroz de las bestias nocturnas apenas se desencadenaba.

–¡¿Cómo que no traen varo pinches mamones?!

Cantos de sufrimiento, lágrimas resignadas ante su destino. La ciudad también lloraba, no paraba de gotear. Unos filos sostenidos por manos dispuestas atravesaron siete veces los músculos contraídos del abdomen.

Con los brazos extendidos y las piernas cruzadas, Pavel cargó la cruz de la adrenalina liberada en hilos de sangre que ofrendaron el contorno de su cuerpo. Sus vísceras frescas se helaron con la madrugada.

Una fuente rojiza emanó del cuello delineado con navaja de la joven muchacha que, al ritmo de los gritos desgarradores, respondía a la boca abierta, mostrando sus 32 lunas.

Los canallas, bandidos, perros de la noche, andan por ahí, danzando inocentes sobre las coronas de los muertos.

A tres años, de la muerte de su hija, detrás de un mostrador en Donceles, Mónica recuerda con pesar la noche en la que la despojaron de su hija. Voltea con sus pesados chinos y mira la foto de una muchachilla de cabello largo, muy negro:

“¿Qué te hicieron mi niña? Mira cómo te dejaron, mira nada más mija”.

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