Examen de la UNAM: en juego el futuro académico

Por Argel Jiménez

A las 6:20 de la mañana el pasillo que lleva al Metro Normal está lleno de puestos ambulantes que, durante todo el día, venden comida, dulces y películas piratas y que por la noche resultan ser dormitorios de algunos de los locatarios.

Para ellos empieza temprano la jornada, aunque varios se nieguen a despertar del todo. Uno de esos señores permanece sentado, inmóvil, en una silla de plástico. No se sabe si está despierto o dormido. La escasa luz de las farolas no deja ver. Otro de esos habitantes empieza el día con un toque de mariguana. El olor delata su afición a esa yerba. Los demás vendedores tratan de arreglar un puesto. Cortan y sueldan tubos que tienen un nivel de oxidación considerable.

Poco a poco van llegando los usuarios del Metro. A la mayoría les toma por sorpresa  que todavía esté cerrado. Se preguntan entre ellos a qué hora abren la estación. Nadie sabe. Tres de los ahí reunidos se sumergen en sus teléfonos móviles e investigan. Uno de ellos avisa a los demás que “a las siete lo abren”.

Los que esperan son tres aspirantes que se buscarán ganar un lugar en alguna de las muchas carreras que ofrece la UNAM. Una pareja de novios que se trata de proteger del poco frío abrazándose, tres jóvenes que al parecer vienen crudos o todavía borrachos, una pareja de ancianos que los acompaña su hijo y cinco personas solitarias (tres hombres y dos mujeres). La mayoría de ellos espera pacientemente a que se inicie el servicio.

Los tres aspirantes traen su guía y dan el último repaso, mientras los demás ven su reloj, su celular o al indigente que esta recargado en la entrada del Metro durmiendo y que no se sabe si es hombre o mujer porque está cubierto por dos cobertores gruesos de pies a cabeza.

Diez minutos antes de las siete el policía empieza a abrir  las rejas. Para esa hora ya hay un número considerable de gente. Las taquillas se encuentran cerradas. Los que traen boletos o tarjeta con dinero pasan rápidamente. Unas cuatro personas aprovechan que el policía todavía está abriendo las rejas para pasarse sin pagar. Otros más que no traen  boleto esperan al policía para ver qué les dice. Todos bajan corriendo las escaleras para alcanzar el primer convoy.

Después de siete minutos de espera, el andén resulta con bastante gente. Llega el gusano naranja y viene prácticamente atiborrado.  La subida al tren resulta como los días entre semana, de manera rápida y entre empujones.

Son pocas estaciones para llegar a la de Hidalgo, en donde bajará  la mayoría de la gente para transbordar a la “línea azul”. El recorrido al otro andén se hace velozmente, casi corriendo. El apresurarse hace que se alcance el otro convoy, pero empujando al de adelante.

Dentro del Metro se encuentran muchos jóvenes que van a hacer su examen de admisión. Se reconocen porque la mayoría lleva su folder transparente con su documento expedido por la UNAM, lápiz, goma y sacapuntas. Otros solo llevan un folder con su documento y la guía elaborada por la máxima casa de estudios.

La mayoría viene acompañado por alguno de sus papás. El trayecto resulta tranquilo. Varios de ellos van dormitando de pie o en un asiento, otros van leyendo la guía.

Algunos más van platicando con su familiar. Uno de esos casos es el de un señor que le recomienda a su hijo que primero resuelva lo que más se le facilite y deje para lo último lo que se le dificulte, pero su hijo le dice que el piensa hacerlo al revés e intercambian puntos de vista sobre dicho tema.

Un padre y una hija preparatoriana le van contando alguna cosa sin importancia y uno que otro chiste al joven que va a presentar su examen, y que a varios usuarios del vagón les causa curiosidad que lleve el lápiz en la mano, como si ya estuviera enfrente del examen, listo para rellenar los óvalos donde van las respuestas.

También empiezan a mostrarse los sueños guajiros de un par de amigos. Una muchacha y un muchacho  van platicando  y riéndose  de cualquier cosa. El chavo le dice a ella “te imaginas que vinieran las respuestas del examen hasta atrás” y sueltan una carcajada inocente.

El que llama la atención de varios es el joven que apenas va resolviendo la guía universitaria pero viendo las respuestas que vienen en las últimas páginas. Sin  ninguna preocupación llena más de ocho preguntas.

Llegamos a la terminal del Metro Tasqueña y la mayoría se dirige a toda velocidad al Tren Ligero, ya que está a punto de salir uno. Se paga el boleto o se recarga la tarjeta y se corre al otro transporte eléctrico que los llevará al destino final.

Dos estaciones serán en donde bajarán los aspirantes. En la primera descenderán pocos, siendo la segunda (Periférico) en donde la mayoría caminará en dirección al Colegio Madrid, lugar donde les aplicarán su examen.

El andar ya resulta tranquilo. Han logrado llegar desde diferentes puntos de la Ciudad de México con buen tiempo. Son las 7:40 y se está a dos cuadras de llegar.

En el camino hay personas que venden paquetes que contienen lápiz, goma y sacapuntas por diez pesos. Uno de esos vendedores –para llamar la atención– grita que vende el “lápiz con las respuestas incluidas”, desatando las risas de los que pasan junto a él, por ser un lápiz común y corriente.

Una cuadra antes de llegar el tránsito vehicular es obstaculizado por una patrulla. Sus lugares son ocupados por la  industria garnachera de la zona.

Las crepas, frapés, cafés, tamales, atoles, tacos de canasta, barbacoa y carnitas lucen llenos de padres que fueron a dejar a sus hijos.

Llega la hora de despedirse. Los últimos besos, abrazos, palabras de aliento y consejos son dados a los vástagos. Los papás y los hijos se despiden con una mirada de amor, saben que este acontecimiento es importante para toda la familia.

Los hijos se forman para entrar a su aula. Los divide una cuerda que sirve para que nadie se meta en la fila. Los papás están del otro lado. Los rostros de todos lucen serenos. Nadie deja ver sus sentimientos.

Se escucha un “¡Bye Güicho!” que lanza una mamá antes de que entre su hijo. Algunos más alzan el dedo pulgar de la mano a su hijo, éstos igual les contestan con la misma seña (siendo este el gesto más utilizado por la mayoría). Otra joven se despide de su papá alzando el puño a la altura de la cabeza, mientras una mamá trata de inmortalizar el momento en que entra su hijo con una foto.

Las mamás de los muchachos más afortunados platican que los cursos a los que fueron para prepararse los dejó satisfechos a ambos y que confían en que se puedan quedar en su primer intento. Se despiden dándose un abrazo, deseando que sus hijos se queden en la carrera que pidieron. Los demás habrán estudiado por su cuenta poniendo a prueba sus habilidades de autodidactas.

Son casi las nueve de la mañana. Los últimos aspirantes llegan corriendo. Un vendedor de plumas trata de embaucar a los impuntuales, diciéndoles  a los jóvenes  que “¿si ya llevan la pluma negra para firmar su hoja de registro?” Ninguno cae y todos siguen su camino.

Muchos padres esperarán a sus hijos afuera de la escuela por tres horas. Varios van preparados con sus sillas plegables para sentarse. Otros se sentarán  en el suelo y se taparán del sol con los folders de una escuela que se dedica a preparar para dicho examen. Unos más dormitarán  por la desmañanada a la que fueron sometidos. Pero ningún de estos sacrificios es poco para apoyar a sus hijos.

Una familia, conformada por los dos padres, la abuela y una niña de seis años, le explican a ésta última que “muchos llegan corriendo porque viven muy lejos y porque para ellos es muy importante este examen”.

Son las nueve con cinco minutos. Ya no llega nadie. Su futuro académico se lo juegan en un examen.

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