El espectáculo debe continuar. El terremoto en Ecuador

Por Begoña García Iturribarría

 

Se presentaba el coro mixto de la ciudad y Natasha se mostraba ansiosa al dar por terminado un arduo trabajo que, por meses, la había tenido atada a los ensayos. Y aunque nunca le fueron tediosos, dada su pasión por la música, deseaba terminar la presentación de canto con pulcritud.

 

Sin embargo, las ansias para dar por finalizado el trabajo ese día se hicieron esperar de una manera estruendosa.

 

Eran alrededor de las 19:00 horas en la línea que divide a la tierra por la mitad. Natasha esperaba en los camerinos del Teatro México –que acerca únicamente por la presencia del nombre, pero que se hablaba de una ciudad a varios kilómetros de distancia de México. Natasha se encontraba al sur de la ciudad de Quito, Ecuador.

 

Entre las luces y las personas que se mostraban apuradas –que afinaban, vocalizaban o hacían ejercicios de respiración–, Natasha hizo los últimos retoques a su maquillaje cuando su compañera en el asiento posterior se percató del movimiento en el lugar. Estaba temblando.

 

Los cables, sillas, mesas, espejos, empezaron a agitarse, lo que provocó un leve sonido que los mantuvo inertes por un momento. El maquillaje que se encontraba en la mesa cayó al piso. Despertó ligeramente el miedo de las personas tras bambalinas, mientras que el público se llevó el papel protagónico del miedo.

 

Se fue la luz en el edificio y se escuchaba a los espectadores invadidos por el pánico, lo que hizo que se levantaran de los asientos para salvaguardarse de aquel ajetreo. Muchos se mantuvieron debajo de los asientos para evitar que les callera algo. Mujeres de la tercera edad y niños se encontraban entre los más angustiados ante tal “escenario”. 

 

Una alerta se avecinó: “Todos salgan de forma ordenada por las puertas de emergencia”. De inmediato y con el espanto a galope, la asistencia y los coristas se aproximaron a las puertas de emergencia no del todo “ordenados”. Sin embargo, los nervios conquistaron a todos cuando al tratar de evacuar la sala las puertas estaban cerradas. Algunos hombres intentaron forzar la puerta sin lograr abrirla.

 

 

Natasha no sintió terror ante la situación, pero la desesperación por salir creció en ella junto con la angustia por comunicarse con su familia. Regresó al camerino por su teléfono celular. Una vez que lo tomó, encontró entre la oscuridad del telón a su amiga en los camerinos, quien se encontraba bastante nerviosa. Tomó a Natasha del brazo mientras le decía “Tenemos que salir de aquí”.

 

Se encaminaron rápido a la salida de emergencia. Ambas salieron entre padres que gritaban el nombre de sus hijos, mujeres que lloraban y sujetaban fuerte a sus niños o esposos.

 

De inmediato la gente que se encontraba en el teatro comenzó con los intentos de llamadas, muchas fallidas y unas pocas exitosas. El nerviosismo aún seguía en los rostros de las personas. Padres que abrazaban a sus hijos e hijas quienes eran compañeros de Natasha en el coro. Muchos de ellos abandonaron el lugar para dirigirse a sus hogares, mientras insistían en las llamadas.

 

Los vecinos de la zona –algunos en pijama y con sus pequeños en brazos– igualmente salieron a la calle desconcertados para esperar las noticias mientras rezaban.

 

Entre la gente, Natasha pudo ver a su hermana y su mamá que se encontraban juntas y que llevaban tiempo buscándola. Una vez reunidas las tres, y cuando había vuelto un poco la calma, caminaron hacia el carro para dirigirse a Quito.

 

Durante gran parte del trayecto todo lucía aparentemente normal, sin embargo, muchas calles habían sido cerradas por motivos de seguridad. Vías como La Maná-Latacunga, Ambato-Píllaro y La Occidental de Quito fueron caminos que fueron bloqueados debido al deslizamiento de rocas por la región.

 

Fue hasta llegar a su casa en Pichincha, al oriente de Ecuador, cuando vio gente fuera de sus hogares, quienes se encontraban histéricas y alteradas. Las familias cargaban –junto con su mochila de provisiones– el miedo y la incertidumbre de una réplica, lo que los mantuvo vestidos incluso para dormir.

 

Sin luz, árboles y techos caídos, toque de sirenas de bomberos y policías, varias construcciones habían sido afectadas. No hubo desplome de edificios, sin embargo, la ciudad de Quito era caótica.

 

La situación del terremoto se le adjudicó erróneamente al volcán Tungurahua, hecho que el Instituto Geofísico desmintió horas más tarde. En la transmisión de noticias por televisión aseguraron que las réplicas no estaban vinculadas con la actividad volcánica, ya que el Tungurahua se encontraba con actividad baja. Sin embargo era indispensable tomar precauciones, debido al descenso de rocas cercanas a la región”.

 

Asimismo, dieron el anuncio: Sismo de 6.8 grados sacude Ecuador con un movimiento trepidatorio y oscilatorio, la mayor tragedia en los últimos 67 años”

 

Natasha, después del desastre ocurrido en su ciudad, volvió al Teatro para presentar, con el escaso público, el último acto del coro mixto de la ciudad de Quito, el cual había quedado inconcluso por el fenómeno telúrico. “El espectáculo debe continuar”.

 

Pensamos que pasaría como cualquier temblor, pero fue aumentando y demoró más de lo normal. Como estábamos dentro del teatro no se sentía tanto. Era como un balanceo de lado a lado, entonces me empecé a marear”, decía Natasha a dos días de la tragedia.

 

“Nosotros tuvimos suerte, algunos postes y techos se cayeron, pero las casas en la costa ecuatoriana son las que de verdad se vieron perjudicadas”, explica Natasha, quien entregó, junto a sus compañeros del coro en el Teatro Nacional Sucre de la ciudad de Quito, botiquines con gasas, alcohol, agua, repelentes, bebidas hidratantes, sueros, ibuprofeno, juguetes y material didáctico para niños. Así como ropa, alimentos en lata, linternas, pilas etcétera, para los afectados por el terremoto en el país que dio el nombre a la línea que parte exactamente a la mitad a la tierra en Sur y Norte.

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