Por Efrén Mayorga
Foto: Edgar López (Archivo)
+ ¿»Mujeres juntas, ni difuntas»?
+ Atraen a jóvenes amores violentos
+ “Me violó mi tío; mi madre también lo sufrió y me tuvo”
Por lo que dicen algunas «expertas», todo pareciera confirma lo que dice el dicho: «Mujeres juntas, ni difuntas».
Con esas amistades…
Varias organizaciones civiles no gubernamentales, encabezadas por mujeres, coinciden en opinar que las muertes de las mujeres se deben a que a las fallecidas les gustaba la violencia en sus relaciones o porque como su mamá también fue violada por su papá ya era su destino que a las víctimas les ocurriera lo mismo…
Ora sí, que poca madre…
Mejor le dejo a su consideración la expresión documentada «con datos y estadísticas a la mano», de algunas estudiosas «personalidades» sobre las violaciones y muertes o feminicidos que han ocurrido cada vez con mayor frecuencia.
He aquí las notas en cuestión:
Atraen a jóvenes amores violentos. Los casos de adolescentes que siguen con el novio que ya las celó, insultó o golpeó suelen ser inexplicables para quienes las rodean; sin embargo, no es sencillo terminar con alguien violento porque, en relaciones así, se crea un círculo vicioso difícil de romper, advierten psicólogas.
Las jóvenes que crecen con violencia intrafamiliar o piensan que el amor es un sacrificio, explican, son más propensas a seguir en relaciones violentas.
«Es más común que aguante la violencia quien ya la sufrió en casa porque la ve parte de su vida y la normaliza», apunta Eugenia Vega, psicóloga de la Sociedad Psicoanalítica de México.
Incluso, este perfil no tiene que ver con la preparación académica, pues también hay casos de universitarias violentadas, subraya Martha Rocío Tronco, directora de la Unidad Politécnica de Gestión con Perspectiva de Género.
En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se celebra este 25 de noviembre, las especialistas piden aprender a detectar este problema.
Alrededor de 20 millones de mexicanas de 15 años y más sufrieron violencia en sus relaciones de pareja en 2016, según datos del Inegi.
De esa cifra, 36 por ciento fue agredida y presentó moretones, hemorragias, cortadas, quemaduras o requirió hospitalización; sin embargo, sólo 20 por ciento solicitó apoyo o denunció.
Eugenia Vega detalla que las jóvenes se enganchan porque tras la violencia siempre viene un episodio de «luna de miel», donde el agresor se arrepiente, pide perdón, se comporta cariñoso y chantajea diciendo que reacciona así por ella.
«La persona vuelve a caer porque piensa: ‘sí es lindo, hace sacrificios por mí y está cambiando».
Esto lleva a las jóvenes a minimizar las agresiones, las cuales irán en aumento, indica Karen Valdez, psicóloga de API Fundación por la Equidad.
«El agresor comienza la violencia de manera verbal, después señala cómo debes vestirte y qué hacer o con quién salir, y así puede llegar hasta los golpes», menciona.
Destacan que no se requiere un ojo morado para terminar una relación, basta con las sutilezas de la violencia.
Si se teme a la reacción que tendrá la pareja al ver saludar a otro, al no contestar una de sus llamadas o al usar falda, es momento de poner fin.
«No importa cuánto te diga que te ama, no te está dejando ser. El amor no hace daño, no lastima ni angustia», remarca Vega.
Las expertas aconsejan a los padres estar alerta de cualquier cambio de conducta que presenten sus hijas tras iniciar una relación, como dejar de salir con sus amigas o tener menor rendimiento escolar.
Si sospechan de violencia, recomiendan no juzgar con frases como «¿por qué te dejas?», sino generar confianza para que las jóvenes se atrevan a hablar y buscar ayuda profesional.
Dado que 64 por ciento de las mujeres violentadas por su pareja sufre depresión, sugieren observar el estado de ánimo de sus hijas.
Lo más importante, destacan, es enseñarles desde pequeñas la importancia del autocuidado y no poner de ejemplo una relación sin respeto.
«Nadie nos debe hacer sentir mal ni en el cuerpo ni el corazón», apunta Vega. Con información de Dulce Soto, Cd. de México (19 noviembre 2017) para el periódico Reforma, www.reforma.com
+ “Me violó mi tío; mi madre también lo sufrió y me tuvo”
Isabel cuenta con el apoyo de su madre, sus abuelos y el de su padrastro que la ha visto como su hija. En Vifac le enseñan alguna actividad para que pueda mantenerse y le brindan atención sicológica.
Isabel caminaba hacia la escuela cuando fue atacada por la persona que debía protegerla. Su tío la arrinconó, le subió la falda y le quitó la niñez pese a sus súplicas. Hoy, lejos de su comunidad en Oaxaca, espera con ansias reiniciar su vida después de dar a luz al producto de esa violación.
Cuando por fin llegó a su casa, aquella tarde de febrero, era de noche. Prefirió no contarle a nadie de su familia por temor y vergüenza. En su comunidad, cuando una jovencita es abusada sexualmente, tiene que casarse con su agresor. Si el hombre está casado, debe irse a vivir a su casa y aguantar los desprecios y maltratos de la primera esposa.
“Las personas de todo el pueblo te critican, te dicen que tú quisiste que te pasara. Dicen que te acostaste con varios hombres, pero no es así, a nosotras nos violaron”, sostiene con angustia la niña que apenas cuenta con 13 años.
Cuando abusaron de Isabel aún no tenía su primera menstruación y al poco tiempo presentó un sangrado, así que no pensó en que pudo quedar embarazada; sin embargo, descubrió su estado cuando sintió una patada del bebé.
Me enteré hasta los siete meses que estaba embarazada, cuando ya sentí al niño. Decidí no contarle a nadie que me violaron, porque sé que en mi pueblo no harían nada por ayudarme”, relató la joven a EL UNIVERSAL.
Quien supo del embarazo de Isabel fue su madre, Sofía, quien, declara, tuvo el presentimiento. Una noche soñó que la menor tenía un bebé entre la basura y al día siguiente la cuestionó para saber la razón de su actitud tan extraña.
Se repite la historia. En cuanto Sofía se enteró de lo ocurrido, trajo a su hija a la Ciudad de México y le contó una verdad hasta entonces oculta: Isabel también fue producto de una violación.
Carmen Judith Arriaga, directora de la casa Vifac en Naucalpan, Estado de México, donde actualmente Isabel espera que nazca su bebé, explicó que la mayoría de los embarazos entre adolescentes que viven en zonas rurales ocurren por este tipo de situaciones.
“Me violó mi tío por parte de mi padre biológico. Mi mamá también lo sufrió hace tiempo y me tuvo.
“Me preguntaba: ‘¿Por qué mi mamá me tuvo tan chiquita?’, pero fue cuando quedé embarazada que ella me contó su historia”, relató Isabel.
Tanto ella como su madre lograron salir de Oaxaca sin dar explicaciones y mudarse temporalmente a la Ciudad de México, para no tener que vivir la estigmatización de haber sido violada en su pueblo.
Cuando la madre de Isabel vivió esa situación, logró escapar con ayuda de sus padres, tuvo a su hija que puso al cuidado de sus abuelos y consiguió trabajo en la capital del país.
Ahora Isabel cuenta con el apoyo de su madre, sus abuelos y el de su padrastro que la ha visto como su hija desde más niña.
Isabel llegó a vivir a Vifac para facilitar los trámites de adopción de su bebé, ahí también le enseñan alguna actividad para que pueda mantenerse y le brindan atención sicológica.
A unos meses de dar a luz, conversa con su bebé, que es niña, y le hace saber que aunque no estará con ella tendrá una buena vida al lado de otra familia.
“No es que yo no te quiera, me obligaron a tenerte, pero te voy a dar a una familia que sepa quererte y cuidarte, porque a mi edad no sé si pueda cuidarte”, le dice cuando la siente patear por las noches. Con información dehttp://www.eluniversal.com.mx/nacion/sociedad/me-violo-mi-tio-mi-madre-tambien-lo-sufrio-y-me-tuvo