El portero anota todo

Por Belén Guízar

 

Se escuchó el grito penetrante de mi abuela llamándome por mi nombre. Mi novio corrió al baño como era el plan. Salí lo más rápido que pude hacia la escalera. Ella solo exclamó:¡Entraron a robar a la casa cuatro!

 

Todo pasó por mi cabeza, pero me persiguió la posibilidad de que descubrieran que mi novio estaba ahí. En mi casa, en mi cuarto, en mi baño. Supongo que son los miedos de las hijas de padres católicos y moralistas.

 

Las siguientes oraciones que salieron de su garganta me perturbaron aún más. Que ya estaba afuera la policía, que quizás revisaban todas las casas, que me fuera dormir para su casa.

 

Me libré de todo eso y volví a mi habitación. Él tenía pánico. Yo también, pero tenía que disimularlo. Nos sentamos en mi cama. Los dos de chinito, como si el miedo nos hubiera quitado unos diez años de encima. Parecíamos niños. Nos estábamos escondiendo como si lo fuéramos. En esos segundos de silencio me vino a la cabeza la imagen del portero anotando cada vez que alguien sale o alguien entra.

 

De pronto él me externó su preocupación. Había entrado escondido en mi coche. En un March muy chiquito. En la parte de atrás con sudaderas, bufandas, vestidos y cualquier prenda que lo cubriera. Llegamos un viernes por la noche y sin la luz natural todo se oculta mejor.

 

Era sábado en la tarde. Llevábamos gran parte del día con el corazón latiendo más rápido de lo normal, porque cada ruido extraño nos hacía correr a esconder toda clase de evidencia. Era tanto el estrés que nuestro maratón de películas había sido todo de caricaturas.

 

Estábamos en el cuarto, viéndonos a los ojos y tratando de encontrar una solución. “Vámonos a mi departamento”, me decía. Yo sabía que él no quería eso, era cuestión de que se calmara. Las ventanas estaban cerradas para que no se colara ese frío que nos ha calado los huesos a todos los habitantes de la Ciudad de México. La botella de Bacardí acomodada entre mis papeles y libros. Vasos rojos que, sin dudarlo, hacen alusión a una fiesta. El aire denso por el olor a tabaco. Los dos en pijama.

 

Me tomaba las manos como lo hace siempre que quiere que le ponga atención. Maquinaba un pensamiento y me las soltaba con fuerza para poder expresar su idea. No puede hablar sin usar sus manos. Estábamos naufragando en una plática circular cuando dejé de ver sus ojos. Todo se obscureció. Puedo hacer eterno ese momento, en verdad duró un segundo. Se había ido la luz.

 

Lo primero que recordé es que él me contó que de niño le temía mucho a la obscuridad.  No pasó más de un minuto cuando la luz estaba de vuelta. Fue como si nunca se hubiera ido. Estábamos en la misma posición. Lo vi y me comencé a carcajear. Él solo preguntaba: “A ver, pero ¿por qué se fue la luz?”, como si yo tuviera la respuesta. Empezó a hacer conjeturas. Creyó que el ratero seguía en el condominio y probablemente habría cortado la luz. En ese momento nada suena ilógico y todo lo es.

 

No supimos más esa noche. La única llamada que entró fue de mi mamá para decirme que ya estaban en Michoacán. Poco después de que regresó la luz nos servimos una cuba. Pusimos música para enamorados del siglo XXI, de los que ya no quieren ser cursis escuchando a Luis Miguel. Prendí un cigarro, me senté en el piso y comenzamos a platicar.

 

Las horas se nos fueron como siempre y hablamos muchos temas. Vi el reloj cuando marcaba las tres de la mañana. Él se iba a ir a las ocho. Le sugerí irnos a dormir. Y así fue.

 

Al día siguiente nos despertamos en ese mismo aire denso de cigarro. Apresurados fuimos hacia mi coche. No quiso volverse a esconder. Llegamos a la puerta final, a nuestra salida a la calle y el triunfo de nuestra aventura. La puerta se abrió y el portero, como ya es costumbre, lo vio fijamente y anotó en su bitácora nuestra salida. 

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