El coleccionista

Por Javier Eduardo Ramos Morales

 

Sale todos los días muy temprano al garaje de la casa 3 (su casa). Los saca de ahí uno por uno, siempre en orden: Tiene uno color vino, otro blanco, uno azul oscuro, y el último verde con franjas blancas

 

Todos los días así empieza la rutina para Raúl Esquivel, el misterioso vecino del residencial Hacienda Tepepan. ¿Por qué misterioso? Fácil, no habla con nadie, y a las juntas vecinales no se presenta, pide que le envíen el resumen a su correo. Sin embargo, tampoco es una persona grosera. Si alguien lo saluda él devuelve el gesto con la mano y una sutil sonrisa con unos ojos bien abiertos que se pueden ver a través de unos anteojos.

 

–Creo que he hablado con él unas dos veces desde que vivo aquí y eso porque yo soy el contacto directo con administración. Mi familia y yo ya llevamos unos 4 años, cuando llegamos él ya estaba en la casa 3– dice Alejandro Núñez de la casa 1, quien le envía los correos con información referente a las juntas.

 

El hombre de aproximadamente 55 años sale de su casa diariamente (excepto los domingos) a las 7 de la mañana. Saca cada uno de sus autos de la cochera y los vuelve a estacionar siempre en un orden distinto. Después regresa a su casa por la puerta de enfrente y al cabo de una hora sale de nuevo. Entra a uno de los coches, nunca el mismo, y se marcha. ¿A dónde? Nadie lo sabe.

 

Una de las cosas que más intrigan de Raúl es que sus autos no son comunes: está el Mustang vino del 68, el BMW 507 blanco, el Camaro azul del 69 y el Mini Cooper Austin del 60 verde con franjas blancas.

 

–Seguro que es coleccionista. Sus coches son muy bonitos, y viejos también, sin mencionar que están muy bien cuidados. Además luego veo que trae otros coches igual de bonitos, pero no duran aquí, no como esos cuatro que siempre están en su cochera. Quién sabe, posiblemente tiene más en algún otro lado y esos son sus favoritos­– comenta Laura, de la casa 7.

 

El misterioso sujeto regresa a alrededor de las 6 de la tarde. Estaciona el auto en turno y regresa a su hogar. De vez en cuando se le puede observar afuera de su puerta riendo mientras platica con personas que no viven en el residencial. Siempre charlan y se dan palmadas como viejos amigos. Incluso con el muchacho al que le paga por lavar sus coches. A este último se le ve dos veces por semana a las 6:00 de la mañana.

 

–Siempre que lo veo me sonríe y me da la mano. Una vez me preguntó cómo me llamaba y me dijo: “Yo me llamo Raúl, nena”. Sonríe mucho– me dice alegre y con cierta dificultad Fernanda de 6 años, hija de los de la casa 11, que siempre va acompañada de su nana y su hermanito de 4 años, quien me dijo como pudo que una vez le pasó su pelota con el pie.

 

Aquí nadie puede hablar a ciencia cierta del coleccionista. Ni siquiera los porteros, pues incluso ellos (los actuales) han estado menos tiempo que él. Sin embargo, por alguna razón la descripción ofrecida por el testimonio de los niños es el que me parece más confiable: Un hombre sonriente y amable que prefiere la tranquilidad de su privacidad.

 

Escribo estas últimas líneas mientras lo observo estacionar su Camaro azul desde mi ventana y él me regala una sonrisa y un saludo.

 

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