Diez mudanzas, diez oportunidades para aprender

Por Javier Eduardo Ramos Morales

 

Foto: Eréndira Negrete

 

Cocina, ese lugar en el que se desarrolla gran parte de la convivencia familiar; en el que, normalmente, las familias se juntan a degustar un platillo preparado por alguno de los miembros (o por todos, ¿por qué no?) mientras platican de su día a día. Al menos así es para muchos.

 

Para mí… bueno, para mí la historia es otra. Ha pasado bastante tiempo desde que probé comida casera en mi casa que no fuera preparada por mí o en compañía de mi papá o alguna de las partes que él hace años decidió agregar a la convivencia cotidiana.

 

Y no es queja, amo cocinar; la cocción exacta, la presentación, la composición del platillo, las especias. ¡Ah, las especias!

 

Alguna vez escuché: “Sí los alimentos son un regalo de los dioses, las especias son un regalo del diablo”.

 

Quizá fue un gusto adquirido a huevo, digo, con nadie en casa y sin un gusto particular por gastar dinero innecesariamente aprender a cocinar era la única opción, pero me encanta. Como dije, no es queja.

 

Es por esto que puedo hablar más de la cocina en sí que de la convivencia que en ella sucede.

 

No siempre fue así. A lo largo de mi vida he pasado por una hecatombe de cocinas en las que me he quedado un tiempo considerable. Una de las primeras (y la que recuerdo con más cariño) es la de mi abuela.

 

¡Ah, qué días! Llegar de la primaria a su casa (también mi casa por aquellos tiempos) era una experiencia simplemente perfecta. Si existe tal cosa como el paraíso, es así como debe sentirse: En cuanto yo abría la puerta de la cochera que daba directamente a la cocina se podía sentir algún aroma, variado cada vez, sí, pero siempre distinto. Siempre exquisito.

 

Pastel de carne, pollo en salsa de cacahuate, caldo de pollo, enchiladas, y esos son sólo algunos de los platillos que anunciaba el olor que se recibía inmediatamente al entrar y que más que invitar, lo obligaba a uno a no perderse la comida. Pero, que obligación tan más sublime, ¿eh?

 

La mesa se encontraba en la misma habitación, así que el olor se quedaba mientras uno comía lo que fuera que mi abuela hubiese preparado, le daba ese plus a la experiencia.

 

No faltaba ningún habitante de la casa a esa hora: mi abuelo, los dos hermanos de mi mamá, ella, mi abuelo, y por supuesto, mi abuela. Buenos recuerdos de aquella cocina, los mejores.

 

Siempre un cuerno de la abundancia, la alacena y el refrigerador rebosaban con todo tipo de cosas para picar entre comidas, y si eras un niño como yo en ese entonces, pues qué mejor: papitas, pan dulce, helado, gelatina, galletas, pastel, de todo.

 

Pero uno crece y se cambia de casa. Varias veces. Al menos así fue para mí, y cada una de las diez cocinas que siguieron y que he hecho prácticamente mías se han quedado (y se quedarán) para siempre en mi corazón.

 

Y habrá todavía más cocinas en el camino, porque la vida es eso, moverse hacia delante. En cada una de ellas preparare platillos nuevos y distintos, pensando siempre en mi abuela y la bienvenida que sólo ella sabía dar todos los días a las tres de la tarde. Eso seguirá igual. Pero una cosa cambiará: en algún punto ya no disfrutaré de esa experiencia solo.

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