Diarios de Moscú… el Centenario de la Revolución Rusa

Por Armando Martínez Leal

@armandoleal71

 

El extranjero …emerge como un apéndice

del cuerpo social…

el extranjero sería a la comunidad

lo que la escritura es al hablar.

Al mismo tiempo

fuera y dentro

de la sociedad.

Irving Wohlfart

 

A finales de 1926 e inicios de 1927, Walter Benjamin visitó Moscú, la cita tenía tres objetivos específicos. Reencontrarse con Asja Lacis, conocer de primera fuente la situación Rusa y evaluar su incorporación al Partido Comunista Alemán. El primero es  de suma importancia para el Berlinés cruza con una de las pasiones que le dan ritmo a su existencia y a larga le permiten sus períodos creativos, se trata de Asja Lacis, la tercera del triunvirato amoroso que marcó su existencia. Benjamin hace de la representación amorosa un acto de renuncia, converge en él una profunda afinidad electiva, que ve en el ser amado a la figura de Odile, la enamorada que Goethe sustrae de la vida hasta llevarla a la muerte.

Benjamin va a Moscú, en búsqueda de constatar esa extraña sospecha de que las relaciones amorosas no son duraderas y que han de morir, por ello sublima la existencia del amor, al grado de llevarla a su nivel más álgido, el de la inaccesibilidad.

Comprendí que la soledad no existe para nosotros cuando la persona que amamos está también sola, aunque se encuentre en un lugar diferente donde no podamos alcanzarla. Parece, pues, que en el fondo el sentimiento de soledad es un fenómeno reflexivo que solo nos afecta cuando refleja sobre nosotros a personas conocidas —la mayoría de las veces a personas que amamos— divirtiéndose en compañía de otros, sin nosotros. E incluso el que está solo en la vida, sólo lo está al pensar en la mujer, aunque sea desconocida, o en una persona que no está sola y en cuya compañía tampoco se encuentra él.

La inaccesibilidad amorosa fue para protegerse, de lo que para Benjamin, tenía de insoportable el amor, su muerte, por ello renuncia al amor. Como se constata en su Diario de Moscú, no quita el dedo del renglón insiste, está ahí, busca incesantemente a Lacis, de antemano sabe que el amor es imposible, por eso vuelve el amor, al sujeto amoroso un texto, cientos de ellos, detrás de cada página, en cada letra que Walter Benjamin plasmó delicadamente en la hoja en blanco está el amor, como ese consumatum del devenir.

La insoportable levedad del ser se devela en su contracara, con la densidad y rigurosidad que implican sus textos donde aborda nuestro presente y desde la punta del mástil nos anuncia como Hermes la catástrofe de nuestra existencia. El amor para Benjamin se vuelve un ejercicio de resonancia, a la distancia y en sus recuerdos plasma ese triunvirato que significó su devenir en el mundo.

Con Dora Pollack develamos al joven ácrata y nihilista, ahí está su ser nietzscheano. A través de Jula Cohen entrevemos su pasión literaria. La tercera del triunvirato, la letona, Asja Lacis, directora de teatro y militante comunista, a quien Benjamin conoció en Capri en 1924, a instancias de Bertolt Brecht, nos lleva a su fuente revolucionaria y marxiana.

Asja Lacis fue la ingeniera que abrió una calle en el Berlinés, un enorme sendero que permite visualizar el homme de lettres de izquierda, comunista, comprometido con los desprotegidos, con los derrotados de siempre.

Los otros dos objetivos del viaje de Benjamin a Moscú, en principio se relaciona con conocer de primera mano la situación del socialismo realmente existente, para él se trataba de calibrar más de cerca la situación rusa. El tercero, consecuencia de su calibrar, es tomar una decisión definitiva respecto de su ingreso al Partido Comunista de Alemania.

Benjamin llegó a la capital del Imperio Soviético a una década del triunfo de los bolcheviques. Para el Berlinés, Moscú, tal como se nos presenta ahora, en este momento, permite conocer, abreviadas de forma esquemática, todas las posibilidades: principalmente las del fracaso y el éxito de la revolución. La situación rusa estaba lejos de las visiones programáticas de los dirigentes, descansaba cruda y claramente, en las personas y en su entorno.

Benjamin llega en el momento exacto en que Zonoviev, Kamenev y Trotsky dan una dura batalla contra el cerdo salvaje de Stalin y da cuenta del optimismo un tanto fanático, que acompaña a los dirigentes soviéticos. Es testigo de cómo la izquierda trotskysta inspira un posible cambio en el partido… el cual se gestó pero en su vertiente conservadora y totalitaria.

Hay una doble lectura de la condición rusa en Benjamin, en principio está la de sus amigos rusos, pero también la que proviene de su constante ejercicio por vagar por las calles, extraviarse y llegar fortuitamente a lugares insospechados, su mirada atestigua las largas colas para comprar mantequilla, pan y alimentos vitales; su diario devela la miseria del pueblo, el nulo abastecimiento de las tiendas estatales… a los mendigos que avanzan abriéndose pasorecolectando kopeks.

Benjamin sabe que para poder dar cuenta de la situación rusa, era necesario vivirla en el mayor número de dimensiones… desde sus cuatro puntos cardinales. Al visitar la icónica catedral de San Basilio la ve destripada y convertida en museo, el comunismo soviético ha vuelto el rococó divertimento. El opio del pueblo fue sustituido por el esparcimiento. El arte se vuelve mercancía y permanece su estrato burgués.

Bajo la mirada benjaminiana, las calles moscovitas, eran el signo de la enorme contradicción que imperaba en el proyecto Socialista, pretendía ser cosmopolita pero no abandonaban su aire provinciano. Hay un carácter artificial en querer ser el centro de la Europa del Este. El cosmopolitismo está peleado con el terror a opinar, a una década de la derrota de los mencheviques, el pueblo soviético sabe bien que las cosas son así, que no hay forma de pensar en transformarlas. La revolución murió ante la fortaleza de Moscú.

El socialismo real volvió la revolución una consigna, un enunciado hueco al que habría que sumarse obligatoriamente. El stalinismo despolitizó al pueblo ruso, lo ayunó de vodka y lo indigestó con propaganda del Jefe. La revolución para Benjamin, dejó de ser una experiencia para convertirse en una idea cosificada de la existencia. Los rusos estaban alienados… aislados cultural y geográficamente, la Rusia soviética era una sociedad cerrada, donde la censura política es la constante, cabalga en los trineos y hiede la nieve.

Durante su estancia en Moscú, Benjamin asiste a museos, va al teatro y el cine, está sumamente interesado en entender los cambios sociales a través de categorías estrictamente estéticas. Lo político ha de evaluarse, en la condición del arte revolucionario, sin embargo, el diagnóstico es extremadamente catastrófico, en principio porque el arte no pierde su condición de mercancía en el socialismo real, sino todo lo contrario se exacerba.

El arte se ha vuelto un medio de propaganda, una forma de idiotizar al pueblo ruso, un mecanismo opiante. Los niveles de censura y represión se expresan no sólo en la miseria de los creadores críticos al stalinismo, sino también en la homogeneidad de las formas y contenido. El arte dejó de ser revolucionario para ser alienante. Se trata de un proceso de reificación, que por ende asesina toda posibilidad de transformación del proyecto del socialismo real.

El Diario de Moscú de Walter Benjamin nos da cuenta de su imposibilidad amorosa, pero también del fracaso del socialismo real. Benjamin sabe que es un incógnito, ilegal entre los autores burgueses, evalúa afiliarse al Partido Comunista de Alemania, como una forma de tomar una posición clara frente a los desprotegidos, se trata de hacer un frente común; sin embargo, finalmente prefiere conservar su independencia, serle fiel a la convicción de ser un crítico, con todo lo que ello conlleva. A partir de la situación rusa, la imposibilidad de afiliarse al partido es una decisión política, frente a la ausencia de crítica, al pragmatismo del socialismo real y finalmente a su situación totalitaria.

El primero de febrero de 1927, abandona Moscú, con la incertidumbre de su condición amorosa y con la fiel creencia de que la tarea revolucionaria está inacabada. Que la situación rusa, vuelve urgente su papel como un hombre de letras crítico. Su campo de batalla será su mesa de trabajo, desde ahí defenderá hasta su muerte (1940) un proyecto civilizatorio alternativo donde la revolución y la justicia para los derrotados de siempre sea una esperanza posible.

En el otoño de 1993 visité Moscú, se trató de una experiencia cargada de emociones, conocer la tierra prometida, en algunos momentos tuve la conciencia de que mi viaje era muy semejante al de los creyentes y la tierra Santa. ¡Jerusalén te prometieron! 76 años después del arribo de Lenin a la estación de Finlandia en Petrogrado, y ocho años después de que Gorbachov iniciará la glásnost, que decantó en la Perestroika, las huellas de la debacle del socialismo real eran latentes.

En aquellos años, Rusia enfrentaba un proceso inflacionario acompañado de la ausencia total de instituciones que le hicieran contrapeso a la casta burocrática que emergió como burguesía, a ello es necesario agregarle que el Socialismo real había gestado un mercado negro, que devino en la Bratvá o mafia roja. Ese período también estuvo marcado por el golpe de Estado que Borís Yeltsin decretó al disolver el Congreso de los Diputados del Pueblo de Rusia y el Sóviet Supremo de Rusia. El ejército había tomado las calles, las tanquetas rodeaban el aeropuerto internacional de Moscú-Sheremétievo, desde allí miles de extranjeros fuimos testigos de la transición Rusa y lo que marcaría la creación del Estado capitalista ruso.

Los kopeks y los rublos parecían monedas de juguetes para el extranjero, era como si hubieras extraído los billetes del Monopoly y con ellos pagarás todo aquello que desearas… a la entrada del Kremlin, decenas de jóvenes vendían como souvenir las reliquias de la Rusa soviética, lo mismo un gorro militar, que los pines de la propaganda socialista… one dollar era la frase universal para adquirir  desde una shabka hasta postales de Lenin. La generación post socialista, que emergía al espacio público, tomaba sus calles, le hablaba al extranjero en su idioma, lo mismo en italiano, francés, inglés o en español, ofreciendo hasta su cuerpo. La ansiada libertad se tradujo en la libre posibilidad de venderse a cambio del oro verde. Para una juventud medianamente educada, la única alternativa que tenía era la vieja enseñanza stalinista: venderse.

Matrioska, Mamushka, Babushka… la Perestroika, la madre Rusa resuelta, puesta a la venta… Moscú es una ciudad construida a partir de la amurallada ciudad del Kremlin, zonas concéntricas recubren los viejos aposentos del poder rojo, ahí donde convergen lo mismo el credo ortodoxo, que el Santo Lenin y su mausoleo, donde decenas de antiguos rusos hacían cola para llevarle flores a la sagrada momia. El opio del pueblo profano, el opio del pueblo socialista. El opio. Esteta, exégeta… la herética marxista.

La post realidad de la Rusia post-soviética ha de entenderse bajo la imagen de la Matrioska, muñecas huecas talladas en madera y siempre impar, ellas cuentan la historia de lo que es Rusia… ahora son la memoria de los dictadores soviéticos, también nos narran la sucesión de los zares, son el souvenir por excelencia del hueco y aspiracional imperio. Imperio soviético, Imperio zarista… imperio de Putín.

Las calles llenas de cámaras, había aceras que los rusos se negaban a andar, la Dzerzhinski, esa avenida que daba a la plaza Lubyanka, donde primero la Cheka y luego la KGB tuvieron sus aposentos, era la sede del purgatorio stalinista… es ahora la sede del purgatorio ruso. Era una calle con cámaras donde el pueblo no andaba por el terror impuesto, 76 años después, el terror es vigente, costumbre que se inserta en el ADN del que camina, en el ADN del que habita, en el ADN del que recuerda. Las murallas del terror soviético seguían en aquel entonces casi intocables, como si la glásnost no hubiera tocado la médula del terror, solamente liberado a la neoliberal mafia rusa.

Al dejar Moscú rumbo a México, en aquella aeronave de tercera de la línea Aeroflot, la mafia rusa se había apoderado de los asientos, vestidos de cuero negro, pantalón y gabardina… con fajos de billetes de one dollar, marcaron la dinámica de mi retorno, son a la postre la última imagen, que como mónada me ha quedado en la mente, ellos dominaban el espacio, el suelo y el capitalismo ruso. Los sueños libertarios e igualitarios de Lenin, Trotsky, Radek, Krúpskaya, Bakunin y Zinoviev, la vanguardia revolucionaria, los intelectuales de izquierda, jacobinos… y de millones de rusos que los acompañaron fueron reducidos al mausoleo del patriarca y al remate capitalista de la mafia.

2017, Anne Marie Mergier en el especial que la revista Proceso editó en torno a la conmemoración de la centuria de la Revolución Bolchevique: El nacimiento de una utopía 1917-2017 Centenario de la Revolución Rusa, recoge algunos apuntes sobre la experiencia del estar en aquellos sitios históricos de la Rusia comunista. Para Mergier, la revolución rusa fue vuelta un artificio, queda su sentido de teatralidad, una escena hueca, sin sentido aparente, que se vuelve un sitio para el turismo internacional, que mórbidamente visita aquellos espacios donde están las huellas del leninismo.

Las diversas habitaciones que Lenin y su compañera Nadezhda Krúpskaya, visitaron desde su histórico y clandestino regreso a Rusia, al arribo en la estación de Finlandia, Petrogrado, fueron convertidas bajo la racionalidad stalinista, en elementos propagandísticos, donde los eventos reales no importaban, sino una construcción alegórica y distorsionada de los acontecimientos.

Retrocede el tiempo un siglo apenas se cruza el umbral de la Casa Museo de los Yelizarov. Así se llama ahora el primer Museo Lenin de la Unión Soviética, que se inauguró en 1927. Lo primero que llama la atención es un juego de tres llaves que ya no existen hoy. Están colocadas en un estante a la entrada del departamento y parecen esperar que las recoja Lenin antes de salir de casa. (Mergier, Proceso)

Cada morada leninista fue convertida en museo, que en la actualidad ha desparecido; o bien, reducido a su condición nimia porque a los turistas ya no les interesa la revolución rusa, pero también, porque el actual régimen político está más interesado en una vindicación de su milenaria historia zarista, que en su fuente revolucionaria. Detrás de Putin está Stalin.

La clave para entender la situación rusa actual está en el juego de llaves, son una reliquia, no hay cerradura que abran. El horizonte social se ha transformado radicalmente, no sólo por el “triunfo” neoliberal del capitalismo, sino por la ausencia de ideas que reelaboren la idea de revolución. Sin embargo, frente a las desigualdades sociales, que son excepcionales en la historia humana, es necesario crear nuevas puertas y llaves… hay que llamar al cerrajero de la historia.

Para el neoliberalismo, las revoluciones son hechos ininteligibles, pero además no pueden reivindicarlas. Se anula de facto el papel que los movimientos sociales de mediados del siglo XIX hasta 1989, tuvieron en la transformación y democratización de la experiencia humana. ¿La revolución ha muerto?… la soviética claramente lo está, por su expresión autoritaria, por haberse convertido en souvenir. Por los miles de muertos en los GULAG… por su pragmatismo. Sin embargo, la tarea revolucionara aún está latente, es necesario alimentar la esperanza.

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