Por Alejandro Albarrán García
Foto: Eréndira Negrete
Al hablar del acoso tiene que contener la respiración. Se detiene unos segundos, se da valor para hablar, pero advierte: “Es algo que no me gusta recordar, fue algo muy desagradable que de verdad me pegó. No se lo deseo a nadie”.
Andrea Madero, de 25 años, estudió la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y se especializó en Historia del Arte. Terminó la licenciatura hace seis meses pero su historia en la curaduría empezó hace año y medio.
Una historia con sabor amargo, de decepción, pero sobre todo de enojo. En ese tiempo ha trabajado con los curadores James Oles, Susana Pliego y Daniel Vargas Parra… Este último nombre le causa repulsión, pues fue el hombre que quiso aprovecharse de ella, de su condición de alumna, asistente e inexperta aprendiz del oficio de curadora.
Un curador o comisario de arte, como también se le conoce, es un profesional con conocimientos artísticos que se encarga de administrar, valorar y conservar todo tipo de bienes artísticos. Participa en museos, organizando exposiciones, galerías de arte o incluso hasta en colecciones privadas. Convertirse en una profesional de esta índole era una de las metas de Andrea para cuando terminara sus estudios.
“La curaduría me gusta mucho en la teoría, pero en la práctica es totalmente otra cosa, está llena de arbitrariedad y muy viciada”, comenta Andrea sin poder evitar mostrar su molestia con gestos faciales. Agrega además que como historiadora son pocos los caminos que se pueden tomar: la investigación, la enseñanza, y raramente algunos y algunas se convierten en curadores o curadoras.
“El curador es una figura muy bonita e importante en las exposiciones, éste se encarga de darle un sentido a las exposiciones que vemos en los museos, de crear una narrativa con las obras o elementos que constituyen la exhibición, de organizar éstas de tal manera que construyan un discurso nuevo”, explica Madero.
De tal modo, el trabajo de un curador es ser un mediador entre el público y las obras, se trata de la construcción de un conocimiento nuevo a partir de la parte física y visible en los museos, destaca la joven con una sonrisa en el rostro que se desdibuja cuando termina de hablar.
Delgada y de tez morena, cabello rizado y café hasta abajo de los hombros, Andrea muestra cierta frustración al hablar del tema. Se nota descontenta. Recarga los codos en la mesa, cruza los brazos y dice que la última curaduría en la que trabajó como asistente de James Oles, el académico estadounidense experto en arte mexicano, la dejó con un muy mal sabor de boca.
La exposición en cuestión fue “Arte para la nación”, expuesta de junio a octubre de 2016 en la Galería del Palacio Nacional. Se trata de una selección de 208 trabajos de mexicanos inscritos al Programa Pago en Especie de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en los años sesentas, que ofrecía a los artistas plásticos la opción de pagar sus obligaciones tributarias con obras de arte.
–¿Qué fue lo que no te gustó de ese trabajo?
–La cosa es que se pasó todo el proceso por alto. Las cosas se hicieron como Oles quiso. Primero estaba Susana Pliego como encargada y las cosas estaban medianamente bien, pero a la llegada de él dejó a un lado el trabajo que habíamos hecho y, sin ningún sentido, seleccionó las obras por lo que le gustaba y lo que conocía.
–¿Cómo debe ser el proceso de una curaduría y qué fue lo que se hizo mal?
–Primero debe haber una investigación documental. En este caso de la colección de Pago en Especie, hay que revisar los documentos, la historiografía que hay sobre los temas, la teoría. Luego hay que empezar a darle sentido. Es como escribir un libro y hay que seleccionar las obras a usar de manera que correspondan a la idea que se busca plantear.
“Lo que se hizo mal fue que James Oles hizo caso omiso de la investigación y seleccionó, literal, lo que le gustaba, desechaba lo que no le agradaba o lo que no conocía diciendo, ‘I’ve never heard of him, I don’t like it’”.
En una entrevista con el periódico El Universal el 22 de junio de 2016, el curador James Oles declaró que lo que se había elegido era su selección como curador invitado. “No es la representación de la colección, ni es una representación democrática”.
A su experiencia complementa una anécdota que encontró en cartas de gente de “la alta sociedad”, donde una señora que se comunica con el gobierno, interesada en comprar obras de arte escribe de forma muy despectiva el 3 de octubre de 1968, un día después de la matanza de Tlatelolco, para pedir que refuercen la seguridad de los museos.
“Me di cuenta de que todas esas exposiciones, todo ese discurso de la historia del arte y de la curaduría está muy desprendido de la vida real, de los problemas de una sociedad de carne y hueso”, argumenta con molestia.
“Yo ya no quiero ser curadora, es una práctica muy elitista, con poca consciencia social, de muchos contactos, de mucha pretensión y después de lo que me pasó con Daniel Vargas… No quiero saber nada del asunto”, expresa Andrea y hace una pausa después de decir el apellido, finalmente llega el tema que discretamente había evitado durante la plática y finalmente también se motiva a hablarlo.
Daniel Vargas era su maestro en el Seminario de Investigación y Análisis Curatorial y posteriormente su asesor de tesis. Cuenta que él fue quien le ofreció las oportunidades de trabajo con Oles, Susana Pliego y Daniel Garza, antes curador del Museo del Chopo, pero incrimina que sólo lo hizo para engatusarla.
–¿Puedes contarme cómo fue el incidente?
–Sí. Fue súper feo porque se esperó a que fuera mi asesor de tesis para que ya estuviera firmado el papel. Pasó en una asesoría en la Facultad, estábamos los dos solos, yo le estaba contando sobre mi trabajo y de repente me acarició el brazo de una manera tan asquerosa y depravada. Ni siquiera me estaba escuchando.
“Me quedé callada. Moví el brazo de manera evidente para que se diera cuenta y seguí hablando. Terminamos la asesoría, caminamos a la puerta de la Facultad y cuando nos despedimos, me abrazó y me puso una súper manoseada en la cintura rozando mis pompas con su mano. Me abrazó y me pegó muchísimo a su cuerpo, pegó mis senos a él. Ay no, no, no, de verdad asqueroso. Mientras tanto, su mano en mi cintura estaba agarrándome. Me fui y después no volví a hablarle, no me atreví tampoco a denunciarle”.
Esta no era la primera vez que este profesor intentaba algo con una alumna, pues según Andrea, Daniel Vargas tenía una novia a la que daba y a quien también le ofreció un trabajo como curadora, esto a pesar de ser casado y con hijos. “Yo conocía a su esposa, conocía a la chica que era su novia, y al final intentó algo conmigo”, recalca.
“Esas tres experiencias, primero la de James Oles con su poco interés en hacer bien las cosas y la arbitrariedad con que elegía los elementos de una exhibición; segundo, el darme cuenta del deslindamiento social y cero revolucionario del gremio y, tercero, el incidente del acoso, me hicieron desencantarme de la curaduría de forma muy temprana”, apunta Andrea Madero.
Para Andrea, el arte debe ser revolucionario, debe buscar generar un cambio, ya sea en la manera de pensar o de vivir de la gente. Considera igualmente que si una curaduría no se plantea resolver alguna problemática social, entonces no tiene mucho sentido para ella.
“Por eso tampoco puedo tolerar que dentro de un gremio de gente que se supone es muy inteligente, muy culta y que se las da de muy académicos, existan este tipo de prácticas de acoso. Simplemente no lo tolero, no lo entiendo y, como no estoy de acuerdo, al diablo con todos ellos”, concluye Andrea y se queda en silencio, firme.
No hay necesidad de que hable más. Su rostro, firme y decidido, lo dice todo.