Un borracho acosador con “vara alta”

Por María Fernanda Ramos Pintle

Foto: Edgar López

La despertaron los gritos y la música. Tomó el celular. Eran las 4:23 de la mañana de un sábado. Sonaba a lo lejos una canción que todo borracho ha cantado: “¡Mujeres o mujeres tan divinas! ¡No queda otro camino que adorarlas!”

–¿Escuchaste la serenata de groserías ayer?

–Sí, parecían de camionero.

–Creo que era para la vecina del tres. Don Nicanor conoce a la señorita.

El señor Nicanor llegó a contar lo que se platicó en la junta vecinal del edificio y, a pesar de que había puntos más importantes, el asunto de la serenata con groserías de camionero era lo que más preocupaba a todos los vecinos.

Cada viernes, entre tres de la mañana o cuatro, un sujeto de camisa y traje, de tez blanca, con entradas que evidencian su calvicie y sus pocos cabellos de color castaño claro, además de un sobrepeso evidente, llega con mariachis a la entrada de cristal del inmueble blanco con el número 30.

Empieza con baladas románticas y termina con canciones dolidas. Mienta madres y saca un repertorio de groserías, lo que es para las vecinas una falta de respeto.

La chica del apartamento número tres es delgada, cabello castaño y largo, siempre bien vestida. Es abogada. Constantemente es atenta cuando se le pide un favor, por lo tanto ningún habitante del edificio da crédito a la violencia de la cual es víctima, pues recibe cada ocho días aquel cántico de lo que el joven borracho llama “verdades”.

Lo que en realidad parecía una junta de concejo, se volvió la hora de los chismes. Las señoras que van de 40 años hasta los 60 no paraban de hablar de esos “cantos de fluido francés”, como lo mencionaron ellas. Sentados en un círculo, como grupo de apoyo, en el roof garden comenzaron las  anécdotas.

La señora Conchita, quien vive en el 403, comenzó por relatar cómo ese muchacho trajeado interrumpió su sueño. Confesó que la primera vez se emocionó por escuchar los primeros acordes de una canción que le recordaba a aquellos amores “de los que ya no hay”.

Doña Socorro se asomó por curiosidad. Por el balcón, vio al joven de traje, con panza y una botella en la mano. Supo de inmediato que esta serenata no era una declaración de amor, sino un reclamo.

Por otro lado, la vecina, proveniente de Acapulco, frenó de golpe la historia de la del 403 y siguió ella. “Las groserías no las voy a mencionar pero eran totalmente vulgares. Sí me espanté”.  Paula despertó a su esposo, medio dormido, para que escuchara de qué se trataba esto y si ella y su hijo corrían peligro con ese “patán”.

Una inquilina más mencionó que no era posible que los padres de aquella joven “tan bonita” no hicieran nada, pues lo más factible era llamar una patrulla para que se llevaran al joven a punto de quedarse calvo.

Las tres recordaron que el señor del departamento 002 es amigo de los padres. Como coreografía, las vecinas interrogaron con la mirada a Don Nicanor, quien dijo no saber nada del asunto.

Sin embargo, sabía todo. La familia Aguado no hacía nada porque ese muchacho trabaja en la delegación y conocen a la perfección que él puede eludir cualquier autoridad, por ser cuate o por ser alguien cercano al delegado.

Cada vez que se escuchan las consignas, la madre de la muchacha mira entre las cortinas y sabe que es él. Despierta a Ana y caminan por el pasillo oscuro, en silencio, como una sentencia, hasta llegar a la ventana que da a la calle. Saben que no sólo ellas están escuchando las groserías, las vecinas curiosas también lo hacen.

Y  por primera vez, a las 4:23 de la mañana, las guitarras, el guitarrón, el violín, la trompeta y los gritos entonaban un nuevo reclamo, un signo de violencia que, por impunidad, no podía ser resuelto y que todos los sábados en la madrugada un edificio completo lo atestigua, y que sólo acaba como un tema de comidilla para esas vecinas.

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