Alfonso el frutero ha desaparecido

Por Natalia Chávez Félix

Al salir de la estación de Metro Hidalgo, en la equina de Basilio Vadillo con Paseo de la Reforma, la desolación impera.

No están los habituales puestos de con café, atole, chocolate caliente, tamales, tortas, pan dulce, fruta y jugos para quienes no desayunaron en casa y necesitan correr, como todos en la Ciudad de México, al trabajo o la escuela. Se siente la falta de los clientes que deberían amontonarse en los ambulantes a estas horas.
Hasta desconfianza da ver aquella soledad tan inusual en esta ciudad, en la que puedes pedir un deseo si ves una calle tan vacía. Así pasaron tres semanas.
A veces se podía ver al hombre que vende jugos de naranja y toronja en un carrito de supermercado, que antes se ponía a la altura del periódico La Prensa, sobre Reforma, escondido en Basilio Vadillo, del lado izquierdo. Otros ambulantes se paraban con su sencillo puesto en la misma calle, pero afuera de un estacionamiento.
En ese microespacio de la gran urbe esporádicamente colocaba su puesto de frutas Alfonso. Uno de esos de herrería pintado de naranja con piñas, melones, papayas, plátanos, sandías y cocos amontonados, coloridos y siempre vistosos.
–¿Qué va a llevar? El mango está bien dulce hoy – sugiere Alfonso y, al mismo tiempo, muestra una caja de cartón con mango manila.
Desde hace 15 años este hombre moreno, alto, siempre con lentes, una gorra y un mandil, tiene su puestito de frutas en Paseo de la Reforma.
Alfonso cuida a sus clientes y su puesto con delicadeza. Parece disfrutar preparar esas canastas de frutas, a veces picosas, a veces dulces con miel y granola.
Pero desde tres semanas atrás le cuesta más trabajo mantenerse. Las autoridades le pidieron a él y a los demás comerciantes de la colonia Tabacalera que desalojaran la zona y dejaran de vender.
–Necesitamos un permiso de tolerancia. No están dando permisos, el que tenemos ahorita es del 2001, el único año que se dieron permisos y actualmente no hay, pero seguíamos pagando ese del 2001.
A Alfonso le dijeron en la delegación Cuauhtémoc que quieren liberar las avenidas principales, en este caso Paseo de la Reforma.
–¿Tan temprano?–dice entre risas un hombre con gorra, el del carrito de super con jugos frescos, a un transeúnte que –frente a ellos– resbaló y cayó en el asfalto de la calle.
–El alcohol es malo, joven –se carcajea Alfonso mientras pregunta que si chile en polvo o Tajín para el mango y la sandía que acaba de terminar de picar y poner en una canasta de plástico transparente.
El dueño de este puesto de fruta se reunió con los demás comerciantes ambulantes. Esa mañana del 18 de abril, Alfonso llegó tarde a vender porque estuvo en una junta con la delegación para negociar su permiso para tener su puesto de frutas en Reforma.
–¿También le pongo chamoy? – pregunta, mientras agrega con sazón el Miguelito en polvo, la sal y el limón a la fruta.
“Estuvimos tres semanas sin trabajar mientras arreglábamos eso. Es que es complicado la verdad. Ir a la delegación, después al gobierno central, demasiado lento el proceso”.
Alfonso cree que al siguiente día podrá vender sin esconderse en la emblemática avenida de la Ciudad de México, a las afueras del Metro Hidalgo. Espera poder arreglar que la cuota del permiso no se eleve demasiado.
–En eso estamos, de hecho vamos a ver en qué términos vamos a quedar. El gobierno es lo que quiere: que uno se regularice y entre más dinero.
La burocracia también alcanza a los ambulantes, a pesar de que parezca que ellos son dueños de las calles. Es un volado para Alfonso. Mañana decidirá la delegación si pueden regresar a sus habituales lugares los vendedores, o si tendrán que buscar otro rincón libre de la saturada ciudad.
–Son dieciocho pesitos por favor. Gracias que tenga muy bonito día, mañana ya estaremos del otro lado.

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