“Al dueño del edificio de costureras no le importó condenarlas a muerte”

Por Bruja Amapola

Septiembre se vistió de polvo y de luto. Atrás quedaron los colores patrios y el orgullo nacional que se enmarca en un bigote falso o un rebozo mal usado el 15 de septiembre.

Días antes del festejo patrio, la noche del 7 del mes que parece tener un pacto extraño con la sangre y el sufrimiento, se sacudió con un temblor de 8.2 grados en la escala Richter que despertó no sólo a los afortunados durmientes, sino el miedo colectivo y las charlas sobre una de las catástrofes más atroces que ha azotado a México: el terremoto de 1985.

La mañana del 8 de septiembre transcurrió en medio de memes y fantochería virtual que hacían gala del humor que caracteriza a los mexicanos. Ese que se burla de las desgracias con el ánimo de retirar el mal trago u olvidarlo de momento.

Sin embargo, bastaron algunas horas para que las redes sociales se inundaran con una serie de comentarios que alegaban la burla del chilango hacia un desastre que había causado muchas afectaciones en los estados de Chiapas y Oaxaca y la poca sensibilidad que los memes y GIFS mostraban en la red.

Doce días fueron suficientes para que el humor del tenocha, o predador de la gloriosa Tenochtitlan, se modificara y transformará en llanto, dolor, estrés postraumático, pena y pérdida.

Para recordar que la zona lacustre siempre exige factura de las modificaciones que la ambición y el poder hacen sobre ella. Doce días transcurridos en calma pero con la alerta encendida de alguna posible réplica. Porque nos reímos mucho, pero en el fondo, estábamos cagadxs de miedo.

19 de septiembre. Se realizó la habitual conmemoración a las víctimas del terremoto que hace 32 años hizo que la Ciudad de México perdiera el esplendor de sus edificios “modernos” o, en su defecto, emblemáticos por su historia. La mañana transcurría en los labios de quienes habían vivido en carne propia el movimiento telúrico.

–¡Pos´ es que estuvo cabrón! – dice María Antonieta, vecina de la colonia Santa Rosa, que terminó en este barrio porque su casa en la colonia Tránsito tuvo severas afectaciones y, por ende, fue necesario desalojarla.

–¡Las paredes crujían mija! Parecía que un pinche monstruo las estaba masticando. Yonomás agarré a mis chilpayas y corrí a la calle. ¿Podía hacer otra cosa? O me salía o veía cómo la casa nos caía encima.

María Antonieta cuenta la situación con cierto aire cómico, pero ella misma acepta que ahora lo narra así porque está viva y no perdió a nadie.

Metro, Metrobús, Express, Uber, Taxi o Bicitaxi. No importa qué transporte usaras, la gente hablaba de lo acontecido ese mismo día 32 años atrás con mucha nostalgia pero con el ímpetu de un sobreviviente de los jugueteos de la tierra.

Había historias repetidas del año pasado, y del antepasado, y del ante ante pasado, pero todxs las escuchábamos atentos con la idea lejana de que ese momento tendría una vertiginosa remembranza a las 13:14 horas.

La tierra jugó un rato. Las placas tectónicas se fastidiaron de estar juntas y tuvieron una seria pelea que nos cimbró a todxs. Dos horas después del simulacro nacional que muchxs pasaron por alto, por considerarlo una pérdida de tiempo o por sentirse altamente capacitadxs para responder a una situación de riesgo, nuestra antigua Tenochtitlan exigió sacudirse como perro mojado.

Toda nuestra idea de progreso arquitectónico y la creencia de estar preparados para otro terremoto se vinieron abajo. 7.1 grados Richter bastaron para que la gente colapsara en ataques de nervios y gritos desbordados.

Las redes telefónicas y de energía eléctrica presentaron servicio intermitente y deficiente. Era casi imposible llamarle a los seres queridos para cerciorarse que todxs estaban bien después de semejante susto.

–¡No logro comunicarme con mi hijo!– gritaba una señora en la calle, esperando que algún buen samaritano pudiera prestarle un teléfono con crédito para hacer el intento de llamar.

Nadie atendía al grito desesperado. Todxs corrían de un lado a otro como queriendo escapar de una realidad que nos había demostrado que aunque celebrábamos con bombo y platillo los protocolos de protección civil, no eran suficientes para reaccionar ante un evento de estas magnitudes, que además se presentaba como una horrible pesadilla dispuesta a festejar un aniversario más con doble recuerdo.

Las personas tomaron las calles. Esta vez no se trataba de una manifestación ni una solicitud a nuestro inepto gobierno. Eran miles de corazones latiendo a mil por hora en las calles de la Ciudad de México.

Unxs desesperados por llegar a casa, otrxs más preparando manos para ayudar en los lugares donde las edificaciones no resistieron y cayeron, formando un asqueroso pastel mortuorio que desprendía gritos de auxilio desde sus entrañas, y algunxs despistadxs o renuentes a aceptar la idea de que habíamos sido presas nuevamente de los caprichos de la tierra que nos soporta a diario.

Lxs chilangos, tenochas, ciudamexiquenses o como gusten llamarlos, tomaron las riendas de la situación al percatarse que la historia es cíclica y que era hora de echar mano de la solidaridad que tanto ostentamos como valor nacional.

Miles de jóvenes dejaron de lado las actividades cotidianas para salir a ayudar en lo que se pudiera. Cubetas, picos, palas, cuerdas, cascos y chalecos de seguridad eran la estampa cotidiana en las calles después de las 13:14 horas. Gente de todas las edades miraban con desconcierto la ciudad, pero sabían que debían actuar rápido y con determinación.

Datos del Servicio Sismológico Nacional precisaron que el epicentro se derivo apenas 120 km al sur de la ciudad, por lo que la tremenda sacudida originó pérdidas humanas y materiales.

Las redes sociales se inundaban de videos captados en el momento exacto de las caídas de ciertas construcciones y con infinidad de información acerca de centros de acopio improvisados o datos que pudieran permitir decidir dónde era más necesaria la ayuda humana o en especie.

Los siguientes días transcurrieron lentos y en completo horror. Para obtener entrevistas no era necesario acreditarse como periodista o comunicadxr, bastaba ponerte a platicar en las calles con las personas con quien compartías espacio público, incluso en las brigadas de ayuda.

Las personas organizaban sus tiempos para poder acudir a dejar las uñas, si era preciso, en la búsqueda de vidas escondidas en los pedazos de lo que alguna vez fueron sueños realizados de lxs dueñxs. Bastaba dar una vuelta a los lugares con mayor daño para dar cuenta de la organización del pueblo mexicano que siempre tiene diferencias pero jamás se dejará solo.

Las brigadas se organizaban por escuelas, lugares de trabajo, grupos de “compas” que compartían tertulias y caguamas para hablar de temas profundos, que cambiaban el humo de un cigarrillo por el polvo en el aire y las manos agrietadas por los trabajos de rescate.

Había gente dejando el alma en los escombros con la única finalidad de encontrar vida debajo del cemento vencido y las varillas dobladas. Aquí no importaba de donde venías o que traías puesto, lo importante era salvar a las personas atrapadas.

Varias mujeres feministas se organizaron y conformaron una brigada feminista para ir a remover escombros a la fábrica de ropa que se había derrumbado en la calle de Chimalpopoca, en la colonia Obrera.

Y es que parece que las zonas disfrutan ver pasajes de la historia repetidos como cintas rayadas. Hace 32 años, San Antonio Abad fue el lecho de muerte de costureras que laboraban en precarias condiciones y que la explotación laboral fue su pase para acceder a una muerte dolorosa y terrible. Sus restos quedaron sepultados bajo los escombros de lo que fue una textilera que cerraba con candado sus puertas para que nadie se rebelara y saliera del lugar sin cumplir una penosa jornada laboral.

Y en la Obrera, mujeres obreras fueron víctimas nuevamente de esa irregularidad laboral. Cuando se iniciaron las labores de rescate no había cuenta de la cantidad de personas que laboraban en el lugar. No había nómina ni un control de empleados para hacer contraste con la lista de personas y cuerpos rescatadxs.

Las feministas nunca dejaron el lugar solo y les bastó el cuerpo que muchas veces es señalado de débil para buscar hermanas, primas, amigas o desconocidas en las cuales se reflejaban de una u otra manera.

–Ya ni sé cuántas horas he dormido desde el día del temblor en que llegué aquí, pero si te digo que no me iré hasta se rescaté el último cuerpo o la última persona con vida– comentó María, una feminista autodenominada radical,

–¿Por qué venir primero aquí?–le pregunté aun conociendo la respuesta.

–Porque las mujeres hemos sido históricamente invisivilizadas, incluso en la tragedia. Todo mundo se volcó a ayudar en la Roma, en la escuela Rébsamen o en la Del Valle, pero pocos vinieron a ayudar a nuestras hermanas costureras. Cada vez me queda más claro que nuestra vida como mujeres les importa un carajo.

–¿Y el dueño o jefe de la empresa ya apareció?

–¡Ja! Ese cabrón seguramente ya anda escondido o quitándose el estrés en alguna playa. Si no le dolía explotar mujeres extranjeras, menos le va a doler haberlas condenado a muerte al tenerlas trabajando ahí.

–¿Todas eran extranjeras?– musité tras mirar los puños en alto en señal de silencio.

–Al parecer sí, pero no tenemos el dato concreto. Está bien culero que aún no sabemos bien a bien la situación de nuestras hermanas.

Calló para mirar cómo el equipo de rescate colocaba sensores de movimiento y calor con el propósito de hallar gente escondida bajo enormes lozas de lo que alguna vez fue su centro de trabajo.

Calló el disgusto que le causaba el hecho de que a los tres días del terremoto se ordenó que iniciaran las operaciones con maquinaria pesada aún sin tener cifras oficiales de la plantilla de trabajadorxs. Calló el coraje que le provocaban los policías que por la tarde habían intentado desalojar a todxs los brigadistas civiles, haciendo uso de la fuerza y la violencia que los caracteriza.

Pero su mirada cansada contrastaba con la fuerza que imprimía cuando se solicitaba cargar cubetas con escombros o remover piedras pesadas.

Varías de las que nos miramos ahí nos conocemos por el movimiento feminista, por las redes que se han tejido en la desgracia, pero está vez nos mirábamos con el ansia de encontrar mujeres vivas que, tiempo después, pudieran dar testimonial de lo que sucedió y no condenar al olvido a las fallecidas.

Hubo conflictos, desinformación, peleas por conocidos pactos patriarcales. Pero si algo se ha de reconocer, es que la organización de lxs ciudadanxs fue más allá del miedo que generaban los fusiles de alto poder de los militares que habían tomado la zona de desastre.

Al gobierno le urgía callar los gritos de la impunidad. Bastaron cuatro días para que ordenaran el retiro de la ciudadanía para dar paso a la maquinaría tras la trifulca con las brigadas civiles, sin importar acaso si todavía había alguna vida o un cuerpo que rescatar.

El llanto se hizo presente, pero avivó la llama de la digna rabia para no olvidar a quienes perecieron en el lugar. Mientras tanto, en las demás zonas de contingencia, los trabajos continuaron todavía hasta hace unos días con la certeza de búsqueda, al contar con un control demográfico de lxs habitantes de esos lugares.

El terremoto destruyó algo más que edificios o instalaciones. Rompió el manto de corrupción que habita y permite habitar en la ciudad. Hizo añicos la credibilidad de nuestras autoridades y destruyó el estigma de que los mexicanos nos unimos nada más para la fiesta…

Porque después de ese 19 de septiembre, el ¡Viva México! se sigue escuchando en los labios de quienes siguen comentando el suceso, que al parecer nos convirtió a cada unx en cronistas a través de nuestra propia historia.

 

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