19/S: Saberse implacables en la unidad

Texto y foto: Rivelino Rueda

Las imágenes sólo forman parte de una secuencia que no se ha detenido, 32 años después. De una sacudida a otra sólo cambiaron las vestimentas, los peinados, los aspectos urbanos. Las dos zarandeadas nos agarraron de sorpresa y las dos pegaron fuerte, profundo. Una es una cicatriz palpable, la de ahora aún es herida abierta.

De 1985 a 2017 cambiaron muchas cosas en la Ciudad de México, incluso hasta los gobiernos de un partido que parecía perpetuo; incluso hasta esos camiones públicos con un chocante color café amarillento, conocidos como Ruta 100, e incluso hasta esos taxis amarillos que se disputaban las calles con las “peceras”.

Lo que no cambió en esta secuencia de 32 años, cinco horas y 42 minutos fue la igualdad en la tragedia; la facultad de sacudirse el terror en segundos y ayudar al prójimo; la necesidad de arrancarle pedazos a los amasijos de concreto y acero, a mano limpia, en la búsqueda de un signo de vida, y de rebasar la inacción de gobernantes impávidos, incapaces de levantar una piedra, sólo ensimismados en cómodos bunkers.

Las imágenes se suceden unas a otras y todas parecen iguales, de una misma época. La del reloj del Hotel Regis entre las ruinas y el humo de incendios, marcando puntual la hora de la tragedia, las 7:19 de la mañana, y la de los albañiles rescatando de la cima de los escombros a una señora del edificio colapsado en Gabriel Mancera y Escocia, a las 13:40 horas de nuestro “martes más negro”, sólo 31 minutos después de la espeluznante sacudida.

Las placas de ayer, las de las súplicas para guardar silencio en el edificio Nuevo León, en Tlatelolco; en el Hospital General; en el multifamiliar Juárez, en las decenas y decenas de casas y edificios desplomados en las colonias Juárez, Roma, Doctores, Centro, Tabacalera.

Y las imágenes de hoy con los puños al aire en los inmuebles colapsados en Narvarte, Del Valle, Roma, Condesa, Villa Coapa, Xochimilco, Portales, Lindavista.

Todas entrelazadas de historias, de lucha, de solidaridad, de unión, de camaradería, de luto, de polvo impregnado en pieles sudorosas, de picos, de cubrebocas, de acero y hormigón retorcido, de lluvias, de silencios esperanzadores, de gritos de júbilo por la vida, de “borregazos informativos” (ayer el niño “Monchito”, ahora la niña Frida Sofía), de “dar lo poco que me queda porque hay otro más amolado”, de albergues, de guantes de carnaza, de botas de minero, de tenis, de noches en vela, de cascos y linternas.

Pero sobre todas las cosas, de jóvenes y de mujeres. Nuestros 19 de septiembre, el de 1985 y el de 2017, han sido determinantes en la historia reciente de México por esos dos factores, por la participación activa, creativa y vital de mujeres y de jóvenes.

Nuestro nuevo 19/S sin duda marcará un antes y un después en la Ciudad de México, como por supuesto lo fue y lo sigue siendo el movimiento que surgió a partir del terremoto de 1985, y como por supuesto lo fue y lo siguen siendo el Movimiento Estudiantil de 1968, las movilizaciones por las farsas electorales de 1988 y 2006, la solidaridad con el movimiento zapatista en Chiapas en 1994, las protestas para la presentación con vida de los desaparecidos en México, las marchas en contra de la violencia de género, por el respeto a la diversidad sexual o por el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo.

El maestro Juan Villoro anota en su libro 8.8 Frente al espejo, que habla sobre el terremoto de esa magnitud en Chile, en febrero de 2010, que en las tragedias siempre sale el rostro más noble, pero también lo más vil de los seres humanos. Y en ambas tragedias en México no fue la excepción.

Ahí está el caso de los edificios colapsados en 1985 y 2017 en San Antonio Abad y la Obrera, donde trabajaban decenas de costureras prácticamente realizando labores de esclavas; o la de escuelas y edificios habitacionales que sucumbieron por la negligencia y la corrupción.

Y esa es la tarea específica de esta generación del 19/S/17, la de acorralar y castigar ejemplarmente a los corruptos y la de erradicar de una vez por todas esa pandemia que azota al país. Puede decirse que es imposible, pero lo mismo pensó la generación del19/S/85 sobre la posibilidad de un cambio de régimen y sobre la democratización del país.

Las imágenes no han cambiado a lo largo de 32 años, son sólo la secuencia silenciosa de una ciudadanía dispuesta a darlo todo en los momentos más adversos.

El 85 y el 17 se entrelazan en la tragedia, sí, pero principalmente en reconocerse en el otro, en saberse implacable en la unidad, y en visualizar que la organización es clave para lograr los cambios.

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