“Fui todo lo que siempre quise ser”: Benedetti

Por Gabriela Mora Rivero

 

(Ejercicio de entrevista apócrifa)

 

Nos citamos en un café del centro de la Ciudad de México en punto de las 18:00 horas. Comenzaba diciembre y la tarde estaba tan fría que se me erizaban los poros de la piel.

 

Entró y de inmediato lo miré. Llevaba puesto un abrigo largo que lucía algo pesado. En la mano izquierda portaba un reloj que combinaba con el azul de sus zapatos. Usaba un pantalón que hacía juego con su corbata.

 

–“Es Benedetti”– se escuchaba entre murmullos por los pasillos de la cafetería.

 

Su mirada y la mía chocaron y me sonrió. Sin sigilo y con extrema firmeza caminó hacia mi mesa. Se despojó de su abrigó, me saludó y se sentó en el sofá.

 

Un hombre serio y sereno, de mirar profundo y penetrante. Poeta, novelista, dramaturgo, cuentista, crítico renombrado del boom de la literatura hispanoamericana y uno de los más grandes orgullos uruguayos.

 

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, mejor conocido como Mario Benedetti, estaba frente a mí y sin duda era una oportunidad que no tenía desperdicio.

 

-–Maestro, la tarde está helando– así decidí comenzar una de las pláticas más importantes que tendría en mi vida.

 

-–Escuché en las noticias que la temperatura estaría bajando constantemente, lo cual, a mis 87 años suena más bien como un atentado hacia mis huesos–- me contestó.

 

–Por favor, póngase cómodo y cuénteme sobre su infancia.

 

–Nací el 14 de septiembre de 1920 –dijo mientras se llevaba las manos a la cabeza, como si temiera errar– En Paso de los Toros, Uruguay, donde viví mis primeros dos años de infancia junto a mis padres Brenno Benedetti y Matilde Farrugia.

Después de un tiempo, mi familia se trasladó a Tacuarembó por asuntos de negocios, sin embargo, mi padre fue víctima de una estafa y decidió que lo mejor sería irnos a Montevideo cuando yo apenas tenía cuatro años.

 

Ahí residimos un buen tiempo y en 1928 comencé mis estudios primarios en el Colegio Alemán de Montevideo. De ahí me inscribí al Liceo Miranda, en el que continué hasta la secundaria. Lamentablemente no terminé con mis estudios debido a imposibilidades económicas.

 

Para poder ayudar a mis padres, comencé a trabajar a los catorce años en una empresa llamada Will L. Smith, S. A, la cual se dedicaba a crear repuestos para automóviles, mas a mis dieciocho años decidí irme a Buenos Aires, Argentina.

 

El mozo se acercó para servirnos el café y, temblando de nervios, miraba de reojo a Benedetti.

 

-–Estamos de manteles largos. Gracias por venir, señor– dijo mientras acomodaba las tazas en la mesa.

 

Benedetti sonrió y sólo le agradeció por el cumplido.

 

Acto seguido le pregunté cómo había seguido su vida después de irse a Buenos Aires y, mientras recordaba, llevó su mano derecha hacia el mentón. Se quedó en silencio por unos segundos y, sin titubear, me contó que en 1943 comenzó a dirigir la revista literaria llamada “Marginalia”, en donde publicó el volumen de ensayos “Peripecia y novelas”.

 

Después, dijo, que en 1945 se integró a equipó de redacción del semanario “Marcha”. “Ahí permanecí hasta 1947, debido a que fue clausurado por el gobierno de Juan María Bordaberry”, aseveró con un tono de desconsuelo.

 

–Cuénteme de Luz, su esposa.

 

Como si le hubiera pedido que me describiera el paraíso, vi cómo a Benedetti se le iluminó la mirada y tras un largo suspiro, me contestó:

 

“Recuerdo bien la primavera de 1946, 23 de marzo para ser exactos, fue el día en el que contraje nupcias con mi gran amor y compañera de vida Luz López Alegre, con quien duré 60 años de casado”.

 

Después de otro largo suspiró, contó cómo fue que el 13 de abril de 2006 su gran amor falleció víctima de Alzheimer y, por tal motivo, él decidió regresar a su antiguo barrio en el Centro de Montevideo. “La escritura me ha ayudado a sobrellevar la partida de mi amada Luz”, finalizó.

 

Bebimos varios sorbos de café y prendimos un par de cigarrillos para matar el silencio que quedó después de la última respuesta. Me animé a continuar la entrevista, que parecía más una charla de dos viejos amigos que se reencontraban después de varios años.

 

Acerca de su exilio y su regreso a Uruguay respondió que tras el golpe de estado que hubo en 1973 renunció a su cargo en la universidad en la que laboraba, incluso pese a ser elegido para integrar el claustro de la misma y, que por sus posiciones políticas, debió abandonar su país para irse a Argentina y luego a Perú, sin embargo lo detuvieron y lo deportaron a Cuba en 1976. Un año después de lo sucedido, decidió irse a Madrid, España.

 

Fueron 10 años fuera de su patria y de su amada Luz, quien en su estancia en Uruguay, se dedicó fielmente a cuidar a las madres de los dos. Fue hasta marzo de 1983 que él regresó a Uruguay, iniciando su autodenominado periodo de desexilio, y se reunió con su familia.

 

Nuestro café parecía jamás terminarse, pero los cigarrillos poco a poco iban desapareciendo. Fumamos más de lo que bebimos y  eso me ayudó a disfrutar de los silencios que a él le servían para recordar.

 

Sobre el Nobel, le pedí que me dijera si le gustaría ganarlo y me soltó una carcajada un cuanto tanto sarcástica.

 

–No pienso tanto en eso –contestó– Escribo porque me gusta, porque me ayuda y porque me llena de goce, no para la academia, ni para un grupo de críticos más amargados que yo.

 

Entre una risa burlona Benedetti prendió fuego a otro cigarrillo y yo le hice segunda. El cenicero de la cafetería estaba repleto y la entrevista casi terminada.

 

–Por último –dije–, respóndame las siguientes preguntas con lo primero que llegue a su mente.

 

–Perfecto– respondió con tono retador.

 

–¿Quiere ganar el Nobel?

 

-–Por reconocimiento, como tal, sí, no porque me muera de ganas.

 

–¿Considera que durante su vida fue un buen hombre?

 

–Primero habría que definir qué es lo que entiendes por “buen hombre”, pero te diré honestamente que fui todo lo que siempre quise ser, incluso con complicaciones económicas, políticas y profesionales.

 

-¿Cómo definiría la palabra “poesía”?

 

– Para mí es la verdadera alma del mundo, incluso a pesar de que la industria editorial la considere como “la gran Cenicienta”

 

–¿Ha sido feliz durante su vida?

 

–Totalmente. Más aún cuando  viví a lado de la mujer de mi vida.

 

–¿Qué piensa de que las personas sean tan diferentes entre sí?

 

–Que de eso se trata la vida, de coincidir con gente que te haga ver las cosas que tú no ves. Que te enseñen a mirar con otros ojos.

 

Terminamos el café y nos fumamos un par de cigarrillos más. Las gotas de lluvia que caían fuera del café alcanzaban a salpicar nuestros zapatos, pero no nos inmutamos.

 

Me dijo, con voz presurosa, que ya era tarde, así que lo acompañé a tomar un taxi que atravesaba Reforma y nos despedimos. Me abrazó y yo lo abracé aún más fuerte. Le agradecí su tiempo, sus palabras y su atención. Él bajó la cabeza y sólo me contestó: ­“A ti”. Subió al automóvil y moviendo mi mano de un lado a otro, lo despedí.

 

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