Un monstruo arriba, en el barrio

Por Tofi Zonana

Foto: Eréndira Negrete

El sonido de los cláxones de los autos enmudecían las charlas de las cafeterías aledañas. Un breve silbido del viento atravesó la misma cuadra en donde los conductores de los autos enloquecían por el tráfico y, de pronto, apareció la razón del nerviosismo común.

La gente quedó atrapada en los autos. Los semáforos empezaron a parpadear y esa actitud frenética se empezó a trasladar alrededor del barrio. De pronto, en un supermercado, la multitud empezó a correr y saltar como si fueran la barra de algún equipo de futbol sudamericano tras el festejo de un gol.

En los edificios la gente empezó a cerrar las ventanas y algún distraído puteaba porque la señal de cable se le había pifiado justo en el programa de las 3:00 de la tarde. En la escuela los camiones tuvieron que parar su andar a pocos centímetros de emprender el camino diario.

Algunos valientes eran testigos de tan imponente acontecimiento, recargados sobre pórtico de una casa y esperando como si mágicamente una hechicera los sacará de ahí. Al mismo tiempo veían con suspenso cómo dos tipos llegaban casi a las trompadas dado que uno de ellos había chocado el auto de su ahora adversario.

Los vendedores tuvieron que parar la jornada, no precisamente por falta de ganas de laborar, sino por la profunda soledad de sus negocios. Nadie los pisaba ni si quiera pasa resguardarse de la terrible catástrofe.

La realidad empezó a caer como un baldazo de agua fría a la sociedad que recorría las calles sin saber qué hacer. Algunos parecían bailarinas de ballet y otros parecía que pisaban fuego al ver su paso apurado.

De pronto el cielo se iluminó y parecía que las cosas se ponían de vuelta en su lugar. Lo más increíble es que todo eso lo creara una simple tormenta.

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