Por Carlos Alonso Chimal Ortiz
Foto: Eréndira Negrete
No ves que el mar casi ya ha muerto di si no es cierto,
que argumentar se va a acabar, se está acabando
y tú pensando si me has de amar
El mundo se va a acabar
Si un día me has de querer, te debes de apresurar
Mono Blanco
Era el año de 1999 y había nerviosismo en el ambiente, ya que la llegada de un nuevo milenio siempre te hace pensar si se va a acabar el mundo, vamos a desaparecer o cosas de ese tipo. Para un adolescente como yo, en lugar de preocuparme, me daba como emoción. Si se acababa el mundo yo ya podía morir feliz. Sentía que ya había vivido y conocido lo suficiente a mis 19 años y que los extraterrestres podrían venir por mí para ver desde su nave todo el espectáculo.
Como todos sabemos, no pasó nada, solo algunos locos que se suicidaron, otros que nos pusimos una buena peda para no sentir el chingadazo del mundo acabándose, que la verdad no tengo ni la más puñeta idea de cómo se iba a acabar, si se desinflaba, si explotaba o se caía.
Mi hermana puberta ya estaba en la secundaria y yo me ofrecía a ir por ella a la salida, sobre todo para ver a sus compañeritas, hacer cara de galán de cine con un cigarrillo a punto de caer de los labios y cara de menosprecio a la vida. Pero ya cuando llevaba un mes de ir por ella me empecé a aburrir porque además no había alguien que me llamara realmente la atención.
Rocío era mi «novia». Me llevaba 18 años. Era divorciada, sin hijos. Decía que ella había inventado la técnica de enchinarse las pestañas con una cuchara. Tenía un culo prominente y trabajaba en la oficina donde yo trabajaba. A la hora de la comida, las tortas ya estaban encargadas y el hotel ella lo pagaba semanalmente, así es que de lunes a viernes tenía sexo de las 15 horas con 15 minutos a las 15 horas con 29 minutos, con excepciones de algunos lunes que andaba crudo. A las 15 horas con 22 minutos ya había culminado el acto coital. Comíamos, nos vestíamos y nos íbamos a seguir laborando.
Después de dos años de seguir esa rutina y con cuatro «No me ha bajado», yo ya me estaba aburriendo un poco. Mi puberta hermana ya estaba a punto de salir de la secundaria y yo ya había puesto los ojos en su amiga de 15 años, Irmita. Ella tenía alambres en los dientes, barros en la frente y unos hermosos hoyuelos que se formaban en sus mejillas cada vez que se reía. Cuando la miraba, dentro de mí sonaba esa canción:
You’re just too good to be true
Can’t take my eyes off of you
You’d be like heaven to touch
I wanna hold you so much
At long last love has arrived
And I thank God I’m alive
You’re just too good to be true
Can’t take my eyes off of you
El culo prominente de Rocío ya había desaparecido, o tal vez desapareció desde hacía muchos años, pero ahora ya me daba cuenta o le ponía más atención a todos sus hábitos alimenticios, su forma de vestir, sus defectos, o más bien a todo lo que no me gustaba de ella. Se iba a hacer ejercicio todas las mañanas y trataba de impresionarme a diario, pero no era suficiente.
Irmita a veces no se peinaba. Llevaba arrugado su uniforme de la escuela y me pareció que alguna vez tenía frijoles en los brackets o aguacate, pero a mí me encantaba. Le hablaba por teléfono todas las noches a su casa en esas casetas telefónicas que te cobraban tres pesos por hablar una eternidad. Me dijeron que una vez hubo un choque muy fuerte a mis espaldas, hubo un muerto y dos heridos. Llegaron ambulancias y las cámaras de televisión que son como omnipresentes. No me di cuenta por que hablaba con Irmita.
Pasaron algunos años y dos amenazas más de que el mundo se iba a desinflar o a explotar. Sigo sin explicarme cómo será cuando pase eso y si me tocará estar presente o a mis hijos que son dos, Pamela y Bruno.
Pamela y Bruno son cuates y ya tienen 19 años, son buenos estudiantes. Pamela ya tiene novio y yo le digo siempre que se arregle, se cuide, que se vea bonita. Normalmente siempre me manda a la chingada porque dice que no es un objeto que se tenga que arreglar para complacer a un hombre y ese tipo de cosas que están de moda.
Bruno también ya tiene un novio y el sí parece objeto que se tiene que arreglar para complacer a un hombre, pero yo sólo le digo que se cuide mucho. El mundo está muy loco, antes de que explote o se desinfle tenemos que hacer una vida, una historia y sobre todo seguir con nuestros sueños, amar a alguien, así como yo amé a alguien y por miedo o pena no di ese salto.
Rocío ahora con sus casi 60 años parece mi mamá y la abuela de Pamela, y Bruno, aún me sigo preguntando qué hubiera pasado si esa noche después del accidente me le hubiera declarado a Irmita por teléfono… Tal vez se hubiera acabado el mundo.