“El Oso”, el madreador del barrio, quiere una chela

Por Guillermo Efraín Vázquez Castro

 

Foto: Edgar López (Archivo)

 

Permanecía de pie, estático, apenas recargado en lo que solía ser una pared de color blanco. Su rostro grueso de semblante serio, enmarcado por un corte de cabello tipo “casquete corto”, estaba ya enrojecido por los rayos del sol que pegaban directo sobre él.

Las pupilas dilatadas contenidas en sus redondos ojos se clavaban inmediatamente sobre cualquiera que se cruzara en su horizonte e irrumpiera quizás, todo el ruido de sus pensamientos que no podían ser exteriorizados y que contrastaban enormemente con la pasividad corporal en la que se encontraba.

Nadie, en verdad nadie se atrevió a caminar ese día cerca de aquél corpulento hombre de aproximadamente más de un metro con 80 centímetros. La primera vez que lo vi, también me dio miedo.

Con el paso de los días me percaté que, al igual que la mayoría de los vecinos, las mejores opciones que tenía eran dos. La primera, no pasar cerca de él y quizás, la más eficaz, evitar cruzar la mirada con la suya.

Sin embargo, cualquiera de las dos resultaban de algún modo difíciles de concretar, pues no importaba la hora, el día, el calor, la lluvia o el frío que hiciera, él siempre estaba en el mismo lugar, ahí, como un centinela resguardando la entrada de su casa.

Esa pequeña puerta de metal que se abre desde tempranas horas del día y sólo cierra cuándo el silencio y la oscuridad de la noche se apoderan de la calle.

Después de algunos meses, él se acostumbró a mi presencia –pues en cierto modo yo era el nuevo, no sólo en la colonia, sino también en su territorio- y de alguna manera yo aprendí a vivir con la suya.

En una ocasión, apenas entrada la mañana, los gritos en la calle reventaron la calma del fin de semana. Estaba como loco, golpe tras golpe sobre uno de sus tantos compañeros de farra. Lo tenía en el piso y lo golpeaba con tanta furia que parecía que lo iba a matar.

Los gritos de la gente lo distrajeron un instante y aquel escuálido hombre que estaba tendido en el piso, como pudo se levantó, corrió y desapareció de la vista de su atacante. Después de que su oponente escapó, con rabia se llevó el puño derecho a la boca e inhalo fuertemente. Creo que en el tiempo que habíamos vivido uno frente al otro, nunca lo había visto “monear”.

Después de aquel incidente vinieron muchos más. Los solventes transformaban por completo a aquel sujeto que, cuando lo vi por primera vez, sólo fumaba mariguana para pasar el día y de vez en cuando una caguama con los “amigos”.

A partir de ese día, inhalaba cada vez más y con mayor frecuencia. Su comportamiento violento iba en aumento. Incluso, algunos vecinos lo molieron a golpes cuando irrespetuosamente se acercó a una joven que pasó frente a él. En repetidas ocasiones logró correr al interior de su casa antes de que lo subieran a la patrulla. La insensatez y la realidad deformada a causa de su nuevo vicio lo hacían emocionalmente inestable.

Un sábado después de mediodía crucé la calle y fui a la tienda de la esquina. Cuando regresaba –mientras sacaba las llaves– una mano gruesa me tomó del brazo. Me quedé helado por un instante.

–Carnal, cómprame una chela, ¿o qué?

–Aguanta. Suéltame y ya vemos.

–¿Te vas a poner mamón?

“¡Cálmate Oso! ¡No te pongas loco!”, le gritó uno de los que habían estado bebiendo con él durante varias horas en la banqueta afuera de su casa. Se acercó y le pidió que me soltara. Lo jaló del brazo y con una sonrisa en el rostro me pidió que no le hiciera caso, que ya estaba muy “pedo”.

Fue la primera vez que hablamos y también la primera vez que escuchaba cómo le decían, porque nunca nadie –-al menos durante el tiempo que llevábamos conociéndonos– lo había llamado por su nombre.

A partir de ese día comenzó a saludarme. No creo que sea por pena o por querer disculparse. Seguramente no recuerda nuestra pequeña charla y solamente mi rostro ya le era más familiar.

Primero fueron saludos con señas. Levantaba el brazo y con los dedos índice y anular erguidos como en señal de “paz” se despedía cada que me veía salir de casa. Después, las señas se acompañaron de un “¿qué pasó carnal?” que no ha cambiado durante cuatro años.  Lo único que conocía de él, eran sus diferentes apodos. Sus “amigos” más entrañables lo nombran “El Gordo”, “El Oso” y “El Pumba”.

Quizás el único que lo llama por su nombre es “Goyo”. “El Goyo”, como dice en la marquesina de su taller mecánico, ha trabajado durante décadas -–al menos tres– en esa pequeña accesoria que está contenida en el predio en el que vive “El Oso”.

Él me contó que el hombre que siempre está ahí parado sin nada que hacer, más que entregarse por completo a los vicios, se llama Miguel, que seguramente tiene menos de cuarenta años de edad y que vive sólo.

Miguel fue criado por su madre junto con su hermana mayor. Su padre los abandonó cuando eran muy pequeños. Vivían de las rentas de varios locales, pues la casa en dónde habita Miguel tiene cuatro accesorias que quedan justo en la avenida principal.

La hermana aprendió el oficio de albañilería, mismo que ejerce hasta la fecha. Cuando la madre de ambos falleció, hace ya más de veinte años. Miguel comenzó con el alcohol, después conoció las drogas. La disputa por la casa y las rentas de los locales la ganó él. Su hermana decidió hacerse a un lado y dejarlo solo, porque los vicios de Miguel pudieron más que la razón.

“El Oso” decidió que aún podía ganar más dinero si ocupaba solamente un cuarto para vivir y podía rentar el resto de la casa y así lo hizo. Inquilinos van y vienen de la casa de Miguel. Los negocios en las accesorias se han mantenido por años, lo que ayuda a sostener el estilo de vida de aquel hombre de casi cuarenta años.

Creo que se puede entender mejor a Miguel cuando se conoce un poco de su historia. Es un hombre que vive rodeado de mucha gente, pero siempre está solo… Solo con todos los fantasmas y demonios que el alcohol y las drogas engrandecen.

Quizás, si algún día su lucidez y la mía se encuentran, podríamos tomarnos esa “chela”.

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