En México…Aquí empieza el infierno.

Por Ana Isabel Téllez Aguilar

Fotos: Eladio Ortiz

El atardecer cada vez se hacía más denso. Se acercaba la noche. Entre filas de coches, un joven hondureño de veinticinco o veintiséis años pasaba a pedir «una ayudadita» mientras los autos paraban poco a poco para esperar a que el semáforo cambiara de color.

«Tita ayúdeme, no traigo plata», esa era la frase que decía cada que se acercaba a las mujeres que iban frente al volante. Algunos le daban unas monedas, otros simplemente mostraban su indiferencia hacia él y su pequeña hija que llevaba en sus hombros.

Una muchacha de la misma edad, también pedía dinero. A cambio les regalaban una sonrisa y buen viaje a los conductores.Su apariencia física y mala higiene delataban que no habían comido en días, y que no se habían aseado. Él llevaba puesto un pantalón de mezclilla roto, tenis grises desgastados de tanto andar y una camiseta percudida. Su hija solo traía un mameluco blanco con pequeños puntos rosas y morados, se notaba que el calor la estaba sofocando, su cara se veía cansada y triste. Como si hubiera pasado todo el día en este cruce entre la calle de Tule y la avenida Gustavo Baz, junto a su padre pidiendo dinero para comer.

La chica que estaba con ellos vestía un pantalón negro y una blusa azul. En su espalda cargaba una mochila con parches, solo uno de los cierres servía. Se podía ver desde lejos que llevaban una cobija, ropa y una bolsa transparente con un poco de comida.

Antes de que cambiara de color el semáforo, ellos optaron por sentarse en una esquina, justamente enfrente de una caseta de seguridad. Concluí que eran una familia. Ella tomó a la niña en sus brazos y la arrullo. Él contaba las monedas que le habían dado, no eran más de diez monedas de dos o cinco pesos.
Alguna vez, escuche que todas las personas que pedían dinero en aquella calle. Realmente eran migrantes. Algunos iban para Estados Unidos, otros se estaban escondiendo de que la migra fuera por ellos y los deportara a su país de origen. Otros querían probar su suerte en el Estado de México.
Una luz verde indicó que los carros podían seguir su camino. A lo lejos veía como ellos se quedaban ahí.
México es uno de los países donde se trata peor a los migrantes. Vienen desde Honduras, Guatemala, El Salvador para cumplir el sueño americano.

¿Las razones? Darle mejor calidad de vida a su familia, construir una casa, mejorar su situación económica, superarse. Emprenden un viaje que no saben cuándo acabará. Deben cruzar Chiapas, Oaxaca, Tabasco, para llegar a la Ciudad de México, cuando están aquí, es porque sobrevivieron a lo peor. A la selva, a la noche, a los peligros que conlleva ir colgado o en el techo de un tren que no saben cuando se descarrilara, o cuando parara.

La velocidad del tren cada vez aumenta y muchos se quedan a mitad del camino. Viajan con el miedo de quedarse dormidos y nunca despertar. Están expuestos a violaciones, asaltos a mano armada o con machetes, a caerse del tren y perder una pierna, un brazo, o la vida.

Pero cuando llegan a la Ciudad de México, es donde empieza el infierno. La estación de Lechería es la más riesgosa, pues el tren viaja a tal velocidad que muchos pierden la vida. Muchos deciden quedarse aquí, como aquella familia, y probar su suerte en la Ciudad.

 

 

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