La terrible oscuridad nubla infancias palestinas

Por Roque Juan Carrasco Aquino

Foto: UNICEF/ElBaba

“Esas palabras no son tomadas en cuenta; esas voces que derriban fronteras callan frente a la represión militar y policial; mientras las miradas desconcertantes salpican lágrimas del exterminio sionista, los pueblos honestos reivindican la sangre derramada en cada hogar Palestino por preservar territorios comunitarios. Defender un ser social sin importar su lugar de origen ni ideología es valorar la vida propia”.

Despertar sobre un cielo de incertidumbres caracteriza a Gaza; se cuentan segundos sin aproximarse a la aurora desteñida. Al paso de un movimiento levanta polvo de inseguridad. 

     Ahí, las miradas despiertan de un día, ya común. Pues, observar el horizonte entre una linterna tenue y un ocaso entristecido entra la desesperación. La distracción oculta voces disipantes de infantes, algarabías de la noche anterior y quimeras efímeras. Ahora, emergen de las paredes fantasmas temblorosos; mientras el silencio embarga la orilla del viento en remolinos sobre los pómulos ruborizados de la niñez.

     El hastío de militares resalta por calles Palestinas; ruidosas maquinarias despiertan sueños de inocencia convertidas en ecos del pasado; en remembranzas de aquellas armonías con la tierra y el mar. 

     A lo lejos una voz interrumpe la ausencia del canto olvidado en los anaqueles del colegio; los juegos se interrumpen y las cenizas avisan el estruendo y el odio del sionismo genocida estallando sobre hogares austeros de la vida. Los reflejos de las luces callan la transparencia de los equipos de comunicación e identifican el número de heridos en los hospitales carentes de auxilios.

     En patios de la sinagoga y en atrios de la fe, un niño palestino se limpia lágrimas del miedo; de la penumbra, vuelos de aviones veloces sin sonidos identificados descargan bombas de racimo. Sólo el rastro de nubes grises dibuja el desprecio por la existencia infantil Palestina. 

     En instantes del día se aproxima la víspera de un silencio que desconecta la chimenea y el jardín pensando en la otra estación sin primaveras.

     Pues, cuando quiso el niño Palestino despertar sin soñar la clase de integración geográfica, su territorio estaba ocupado de escombros y cadáveres: la invasión judía sionista lanzaba ya toneladas de bombas sobre la población indefensa. 

     Cuerpos de niños, ancianos, mujeres embarazadas entre otros fragmentos de masa corporal impactaban; salpican paredes y bardas divisorias en viviendas enlutadas. De las miradas llorosas dibujaban imágenes, sin colores definidos; algunas ventanas diluían transparencias sobre fantasmas y siluetas inexistentes. El eco desprendido de techos captadas en balcones descubren la irrupción de sonrisas dilapidadas confundiendo el humo del fogón y metrallas asesinas del sionismo.

     El cuerpo inerte de un inocente niño envuelto en brazos de su madree, ya no se precisa por el océano de llanto de la mujer Palestina cubriendo los pantalones ensangrentados del puberto interrumpido por las balas asesinas de soldados judíos expansionistas para expulsar a familias de sus propias tierras eclesiásticas. 

     Ese es el delito de las familias Palestinas por vivir en sus espacios construidos; defender lo fundado y solidarizarse con los defensores de sus tierras prometidas por la deidad. Y no de la imposición de una organización imperialista que defiende al Estado de Israel para masacrar y despojar de territorios Palestinos a sus verdaderos herederos. 

     Cuánta irracionalidad del organismo imperial que favorece a los especuladores del dinero y la defensa de un sistema depredador, asesino e intensamente indolente.

     Eran las cinco cuarenta de la mañana y la voz del niño Palestino dejó de escucharse, también su latidos, quejidos y lamentos. El alma y el sentido de la esperanza está en las voces de la humanidad; el canto de las aves góticas desapareció ante los estruendos y calor intenso de misiles; el ladrido del perro opacado por el dolor de las palabras de la madre cubriendo el cuerpo frío del hijo menor. 

     Era el adiós esperando el último bocado antes de partir al colegio y declamar el poema que la madre escribió; entonces el eco designó difundir por todo el mundo:

     “Voces de anhelos, dejad de llorar; sin palabras de aliento mis ruegos al cielo desvían de dirección; no por la insistencia de mi fe; sino por la desesperación del día que no llega. Hijo, lleva este canto a la otredad, comparte el suave amor al prójimo; no dejes caer al minusválido; no permitas que la injusticia socave el don de solidaridad entre hermanos distantes; debes abrirle las puertas cariñosas a la humanidad”.

     “Pues, un silencio habrá de romper ese crepúsculo de la guerra; ahí, el porvenir emergerá de la comprensión hacia la humanidad; donde incluirá a todos los que defendemos territorios; donde alojarán a todos por igual sin exclusión ni sobresaltará el culto a un ser superior en guetos ni imponer la ideología dominante sometiendo a otras. Hijo, llevad esta palestina sobre tu rostro; ízala como nuestros símbolos de la hermandad entre estrellas dignas salpicadas en cada lienzo de humildad y levantad el índice antes de doblegarse por defender la libertad de Palestina”.

     “Al terminar de leer este fragmento de mis penas y limpiando mis lágrimas sobre la mesa del desayuno; será el último sorbo de café; también, me llevará al vuelo de la brisa del mar y valoraré tus huellas en esa arena de playa que nos quitaron los sionistas malvados. A la sazón, miraré tus pasitos en mi mente y besaré el céfiro con sabor a besos tuyos en la alborada del nuevo día sin guerra al despertar ni exclusión forzada”.

     Un suave viento frío sopla en el ambiente escolar, despeinando cabezas tristes, desconsoladas y despiden el llanto de niños imaginando el último día del genocidio israelí. Hoy escuelas, hospitales y espacios colectivos han sido engullidos por el imperio del dinero y acaparación de los recursos ahí existentes. 

     Es la razón de las guerras del presente.

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