Candidatos se van, su basura se queda

Por Rivelino Rueda

“¿Y por qué no las quitan ya? ¡Se ven horribles ahí colgadas! ¡Eso es basura y nada más que basura!”

Las quejas de Adelaida se difuminan entre sonrisas nerviosas. Trabajadores de la alcaldía Benito Juárez dan largas a los reclamos de la mujer. Los días pasan y los materiales de propaganda de la batalla electoral repiten, repiten y repiten su ciclo. Nunca cambia su condición: eran basura, son basura y seguirán siendo basura.

En unos días se cumplen dos meses de las elecciones y la propaganda electoral continúa ahí, en las fachadas de las casas, en los postes, en las bardas, en los ventanales rotos, en las rejas desvencijadas.

Entre soles, ventarrones y lluvias se pudren los desperdicios de la democracia, los restos publicitarios del multimillonario ejercicio propagandístico de partidos, coaliciones y candidatos; del absurdo, irresponsable y contaminante derroche para la promoción electoral.

La mierda del perro ahí abajo. El vómito del teporocho desparramado en el pavimento. El escupitajo viscoso plasmado en la fotografía del político panista, morenista, priista o perredista que pedía el voto hace unas semanas. La rata reventada a escobazos. El festín de las cucarachas con el olote carcomido. La inmundicia visual del narcisismo democrático.

Frases huecas que resultaron efectivas o que fracasaron. Rostros vistos una y otra y otra vez en cada elección. Sonrisas petrificadas y falaces de candidatas y candidatos que sólo se dejan ver en las campañas. Políticos que aparecen y luego desaparecen, pero su basura electoral no. 

La Inteligencia Artificial haciendo su trabajo. Retoque aquí, retoque acá, retoque en la papada, en las “patas de gallo” y en la dentadura: “Que luzcan como galanes de cine o actrices de la farándula. ¡Cómo chingados no!” 

Y ahí permanece la expresión tramposa que, días después de los comicios, en caso de resultar vencedores, se esfuma para siempre, para regresar en la próxima campaña con una nueva mueca de cinismo: “Aquí estoy. Ahora sí las cosas van a cambiar. Vengo renovado y con nuevos bríos para, esta vez sí, cumplir mis promesas y estar más cerca de ustedes”.

Ahí está la manta del panista Federico Döring, sobre la fachada de esa casa de amarillos desteñidos, como enfermizos, por la que reclama la señora Adelaida, por la que se ponen nerviosos y le dan largas los trabajadores de la alcaldía. La imagen del sempiterno trapecista que va de una diputación local a una federal, de la alcaldía a un escaño senatorial, luego a la inversa, luego otra vez la misma fórmula.

La basura electoral que sobrevive pende de postes y fachadas; de cortinas de acero en negocios cerrados; de puestos callejeros y rejas oxidadas. La basura electoral que no nos hace más democráticos, ni más críticos, ni más participativos. 

La basura electoral de la dádiva: “Ponga esta manta y mañana le ponemos una lámpara”. “Coloque este pendón y el candidato se lo pagará con otra camarita de seguridad, con más cables en su fachada, con más basura”. 

Es desperdicio y el derroche en un sistema democrático que permite, por ejemplo, que tan solo en la Ciudad de México se hayan recolectado entre 25 y 30 mil toneladas de propaganda, según cifras de la Fundación por el Rescate y Recuperación del Paisaje Urbano (FRRPU).

Los retazos de la contienda electoral cuelgan entre jirones de cinta adhesiva transparente, se balancean imperturbables con los pegamentos todopoderosos que se aferran a la existencia, en un país donde aún se permite hacer campaña con los materiales más contaminantes, más corrosivos, más violentos para el medio ambiente.

“Pues es que el candidato quedó de venir a la colonia. No sabemos cuando. Pero de que viene, viene. Por eso todavía no podemos quitarla”, responden nerviosos los trabajadores de la alcaldía a la señora Adelaida.

@RivelinoRueda

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