¿Quién se fumó mi cigarro?

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Crecí en un edificio de la colonia Narvarte y tuve la fortuna de conocer a muchas personas, personajes, durante todos esos años que viví ahí. Conocí a niños y grandes. Con los chicos salíamos a jugar soccer, americano, béisbol y hasta frontón en una pared alta que estaba en la siguiente cuadra. 

A veces jugábamos cinturón escondido, ese juego en donde escondes un cinturón mientras los otros están tapándose los ojos, después los demás salían corriendo a buscarlo y cuando alguien lo encontraba tenía el poder de corretear a los demás y darles cinturonazos a todos, fueran niñas o niños. Antes no había esa onda. Todos éramos iguales. En ese juego todo se valía ya que ellas también tiraban duro.

A veces los vecinos más grandes jugaban tochito. Es como un tipo de futbol americano, y era de nalgadas. Cuando te daban a nalgada se terminaba la jugada. Otras veces fucho, y era con ladrillos que demarcaban las porterías. El béisbol era más extremo, ya que la bola salía volando por la cuadra y muchas veces caía en las casa de los vecinos, y a veces los culeros no nos regresaban nada, aunque si hubo ventanas rotas, pero éramos unos niños. Cada quien su trauma.

No me quiero salir del tema, porque les quiero platicar del General Azuara.

Yo lo veía salir de su departamento porque me lo encontraba en las escaleras todo planchadito, con su bigote recién cortado y muy duro; el hombre muy fuerte, su cabello en corte de casquete corto.

Déjenme platicarles un poco de lo que supe de él.

Él siempre quiso estar en el Ejército y tuvo una familia muy dura, sobre todo su padre. Su madre era una mujer abnegada y él, por ser el mayor de los hijos, tuvo que hacerse cargo de su familia, hasta que lo rechazaron de la escuela militar. Sabía mucho de armas y de disciplina porque a él le apasionaba esto.

Quiero imaginar que cuando conquistó a su mujer, la señora Silvia, él le llevó unas flores y le dijo que se iban a casar. Imagino que la cortejó algunos días y se la llevó. Su esposa me contó eso alguna vez.

El General Azuara siempre quiso formar parte de la milicia, pero lo rechazaron demasiadas veces y a sus hijos los obligó a enlistarse a la milicia. Era algo que él deseaba, pero debido a muchos factores nunca lo pudo lograr y lo único que podía hacer era formar a su familia, como si vivieran en un campo militar.

Yo iba creciendo y veía como el General Azuara iba envejeciendo como todos, pero él era un hombre enorme para mí, a esa edad gigante y muy fuerte. Parecía un ropero de esos de antes que cubren toda una recamara. Lo veía así ya que siempre he sido de estatura baja, pero él era imponente, con su corte de casquete corto y sus camisas y pantalones de colores militares, no camuflajeados, sino de colores cafés y verdes.

Salía de su departamento y bajaba por las escaleras y dejaba una estela de humo de cigarro. Fumaba Delicados sin filtro. A veces tiraba el cigarro en las escaleras sin apagar y yo bajaba y lo tomaba y me fumaba los últimos momentos de aquellos cigarros sin filtro.

Pasaron varios años y le cambió su forma de ser. Seguía siendo un hombre muy duro pero ya, tal vez por su edad y que ya tenía nietos, cambió un poco su forma de ser; ya platicaba más y se acercaba a la gente.

Una ocasión me invitó a su casa y mandó a su mujer a la cocina. Yo era un adolescente y me llevó a la sala y me enseñó su arma de cargo, que según a él le habían dado en el Ejército. Yo ya sabía que eso era mentira, pero como buen escuchante que soy, le di la razón y le di muchos halagos por su arma.

Era un revólver de ocho tiros con la cacha naranja y cromada. La tomé en mis manos y pesaba como dos caguamas de las grandes juntas. Me dijo que la tenía como recuerdo de su estancia en la milicia y para defenderse de los malhechores. Le hice varias expresiones de wooow y ufff, aunque sabía que era un choro. Sí, era un arma real , pero en la milicia no usan esas armas. Eso lo sé por mi trabajo ahora.

Pasaron algunos años y se me empezó a acercar más a la gente. Su mujer seguía siendo la mujer abnegada que tenía que atenderlo y en esa época llegaron los compact disc.

Así me fui acercando más al General Azuara. Siempre supe que nunca estuvo en la milicia y que siempre fue su deseo y sus hijos a los que obligó. Con el tiempo trabajaron en otras cosas y él se quedó con esa fascinación de ser un patriota de México y servir a su país.

No sé por qué alguna vez se dio cuenta que me fumaba sus bachitas de cigarros que dejaba tiradas por las escaleras y me mandó hablar…

No sé qué se siente cuando vas camino al paredón, que te venden los ojos y escuches el conteo para que el pelotón dispare y terminen con tu vida, pero algo así sentí. Escuché en mi mente unos redobles…

Fuimos a los lavaderos de la azotea y me dijo que estaba mal fumar, que era malo y que él tuvo una vida muy dura. Me ofreció un Delicado y me lo fumé con él viendo las demás azoteas de los edificios vecinos.

Me buscaba mucho para traerle cosas de la tienda, ya que él estaba mal de una pierna y su esposa… en la cocina.

Me daba propinas y me decía, “No te lo gastes en cigarros, y si lo haces, invítame uno Carlitos”.

Estuve frecuentando mucho al Coronel Azuara y un día me dijo que tenía muchos discos LP (Long Player) que no podía escuchar. Me ofrecí a pasarlos a cassette.

Fue un martes 21 de enero de 2003 que me dijo que si le pasaba sus discos a cassette. Acaba de pasar año nuevo y estuve con él en su sala. Se tomó unos tragos. No recuerdo si era tequila o brandy. Me platicó de su vida. Me dijo que esos discos que eran de Las Hermanas Águila y de los Panchos. Tenía como cuarenta años que no los escuchaba. Me vio a los ojos y me dijo: “El día que los vuelva a escuchar me puedo ir feliz”.

Como a las 11 de la noche de ese día bajé a mi casa y estaba viendo Otro Rollo, por eso recuerdo que era martes. Como a las 12 bajó su esposa tocando la puerta muy fuerte. Mi padre salió a abrir y su mujer, que ya había salido de la cocina, le dijo: “¡Alonso, mi viejo se me muere!”

Subí corriendo con los demás vecinos y lo vi en su sillón acostado, con un cigarro en la mano, escuchando las cintas que le había grabado. Tenía una sonrisa placentera en su rostro, su bigote amarillo y sus ojos abiertos.

Esa noche murió escuchando esa música que le gustaba y después de algunos meses, créanme o no, seguía encontrando esas colillas de Delicados en las escaleras y las levantaba y me las terminaba. A veces volteaba de reojo para que no estuviera él y me fuera a regañar.

Ya pasaron muchos años y a veces me pongo a pensar en el Coronel Azuara y que la gente puede cambiar muchas veces y puedes ser lo que quieras ser.

 Él siempre fue “El Coronel Azuara”.

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