Votar o no votar: Perspectiva proletaria

Por Víctor Manuel Del Real Muñoz

 Foto: Camila Rueda Loya

En la inercia política del marxismo crítico, combativo y contra sistémico, existe un concepto estelar, clave, que se llama «conciencia de clase», el cual reivindica un compromiso de memoria histórica y visión presente del proletario para con los de su misma clase.

Esto es, el hecho de saber que gracias a su fuerza de trabajo inmersa en este sistema económico de explotación sobrevive, y que este sistema mencionado existe para garantizar la rentabilidad en función de un margen de utilidades.

En teoría, ser consciente de esto provocaría una convicción del proletario por encausar una gesta revolucionaria que derrocara este orden de cosas promovido por el capitalismo y, por supuesto, derrotar a la clase dominante determinante de este capitalismo.

En función de la característica anterior, y a partir de un nivel de formación política combativa y crítica que el proletario pudiera tener, es que a este mismo le pudiera servir, siquiera reflexionar, si vale la pena votar en las elecciones de cualquier país del mundo, como pudiera ser México, en cada una de las agendas electorales de cada país del mundo.

Ya que es evidente que estas «supuestas fiestas democráticas», disfrazadas de una varianza de opciones, apuntan a la misma farsa de siempre, con montón de promesas para seguirnos circunscribiendo en el mismo orden de cosas.

Es curioso ver cómo la trampa de estas celebraciones electorales ostentan la misma naturaleza en todos los países del mundo.

El volumen de propuestas, de ofertas baratas, de compromisos y de pactos, en términos generales como de circo, que año con año toda esa clase política mundial parasitaria, libre de toda ofensa discriminante, pero con toda la convicción de condena por el papel frívolo y pusilánime de esa clase política, que además nos cuesta demasiada plata a través de la recaudación fiscal, promete y desarrolla, está encaminada a circunscribir un orden de cosas dentro de las pautas funcionales del capitalismo, y este debiera ser el elemento central estratégico con el cual el proletario ponderara su aló político y se dispusiera a la organización subversiva.

El capitalismo triunfa cada que en sus respectivos países se celebran elecciones, porque ante la ausencia de conciencia de clase y la falta de visión combativa contra el sistema, organizada, desde abajo con direcciones horizontales desde los sectores estudiantiles, fabriles, del campo, de familia, de oficinistas, y de la transportación, que es donde se genera el mayor valor, el capitalismo suma un punto más a favor cuando celebra sus dichosas «fiestas democráticas», como la farsa que se nos viene en México el 2 de junio.

México, que además es un país sumiso a los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos, y que muchos de esos elementos se han anticipado en este espacio, es una nación modelo de lo que en estos momentos el capitalismo internacional centralizado quiere dentro de una agenda global con muchas temáticas que no cuestionan el sistema económico, y que intentan mermar más las capacidades combativas del proletario, asistiendo a una lista de políticas públicas y de iniciativas sociales que sirven como parche, como una salida en falso para que el proletario no se sienta desprotegido por su gobierno, y sienta que le dan «cosas», pero que no le ofrecen un horizonte que por lo menos reflexione la naturaleza del sistema económico para el cual trabaja.

Indirectamente en nuestro país se están dejando ver dinámicas de agendas planetarias muy siniestras, que son itinerarios del capitalismo internacional circunscritos en documentos centrales de la agenda 2030 de las Naciones Unidas y, de la cual, el proletario en general no se percata, ni tampoco la clase intelectual, disfrazados de políticas sociales de izquierda, de garantías colectivas, supuestamente humanistas y necesarias.

Ante tal escenario, el camino electoral una vez más en nuestro país, y dicho esto para los países del mundo, no es el camino para el proletario, por el contrario, es un candado y una cadena más al sistema de sumisión a los intereses estratégicos de este sistema económico.

Dicho lo anterior, y pensando  en la inercia cotidiana de los trabajadores, ¿vale la pena votar?

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