Por Frida Romay Hidalgo
Estamos ahogados, sobrepasados, inmersos en una neblina permanente de violencia e inseguridad. Llevamos ya varios años con noticias diarias relacionadas con problemáticas en materia de seguridad, y hemos empezado a acostumbrarnos.
La violencia poco a poco la hemos normalizado, todas y todos hemos visto o vivido en carne propio algún episodio producto de la inseguridad. Desafortunadamente, la violencia se ha vuelto más cruel, sanguinaria, fría e inhumana.
Justo la semana pasada, nuestro país se conmocionó con la atroz noticia de que Salomón Aceves, Marco Ávalos y Daniel Díaz, estudiantes de cine, fueron asesinados y disueltos en ácido por miembros del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), según la Fiscalía de Jalisco.
Quien no se queda paralizado, y no siente una descarga de impotencia, rabia, indignación y tristeza ante estos sucesos, debiera de preocuparse, porque esa es una clara señal de que está perdiendo lo que nos hace ser humanos.
Hoy sigue vigente la idea de múltiples pensadores, que han tratado de teorizar los actos más atroces de la humanidad, entre las tesis que destaco es “la banalidad del mal” de Hanna Arendt.
La banalidad del mal hace referencia a que cualquier persona mentalmente sana puede llevar a cabo los más horrendos crímenes cuando pertenece a un sistema político totalitario.
Cabe mencionar que un sistema totalitario es aquel en el que grupos de poder no se conforma con el ejercicio de la autoridad desde las instituciones gubernamentales, sino que busca controlar la totalidad de la vida pública y privada de los ciudadanos, con dicha definición es inevitable el que pensemos en México.
Por otro lado, es claro que nuestro país tiene un sistema democrático con pesos y contrapesos que regulan la actuación de la clase dominante y lo que queda son matices de un sistema totalitario. Matices profundos que han hecho mucho daño, y han lacerado el tejido social.
De acuerdo con el filósofo Josep María Esquirol:
“Las personas son capaces de una bondad más honda que el mal intenso (…) son capaces de una generosidad, de una bondad, que todavía es más honda que ese mal. Es más intensa. Y al final resulta que este mundo, que estas “afueras” que son las nuestras, se sostienen gracias a la bondad de la gente. Y no lo digo en un sentido moralizante ni dulzón. Sin esa generosidad, estas afueras —este mundo humano— desaparecerían.”
Por lo que, siguiendo la línea del pensamiento anterior, los invito a desintoxicarse del mal, expulsemos del tejido social ese mal que es el origen de la violencia e inseguridad. Expulsemos la ideología preponderante de que la violencia se resuelve con más violencia.
Siguiendo las ideas propuestas por Hanna Arendt cualquier hombre o mujer común puede llegar a cometer actos atroces, debido a que deja de pensar al realizar dichos actos, de alguna manera podemos decir que está intoxicado por medio de la neblina del mal que se disipa en lo más profundo de la colectividad mexicana.
Y la manera de desintoxicarnos, es pensando en lo que hacemos; ya que cuando dejamos de pensar lo que hacemos, sea por la mecánica del totalitarismo o sea también por la apatía, dejamos de actuar como seres humanos y nos volvemos una tuerca más del sistema actual.
No perdamos como sociedad nuestra capacidad de asombro, indignémonos, alcemos la voz y exijamos justicia para las víctimas y sus familias. Seamos generosos, empáticos y bondadosos con todas y todos por el simple hecho de ser: humanos.
Twitter: @FridaRomayHgo
La autora agradece a Carlos Domínguez Hernández por los comentarios en la elaboración del artículo.