Por Carlos Alonso Chimal Ortiz
Foto: Eréndira Negrete
La puesta del árbol de navidad y todos los adornos que tienen que ver con esa fecha eran todo un ritual en mi casa cuando vivía con mis padres. Para empezar, nos teníamos que chutar el álbum completo de “Las Ardillitas”, de Lalo Guerrero. Casi casi andábamos con trajes rojos y gorritos de Santa.
Eran de esas luces en serie que tienen piquitos y se atoraban en toda la ropa, y si estabas descalzo y las pisabas se enterraban, además en las manos, terminabas todo madreado.
Con mi 1.60 de estatura y siendo el más alto de la casa, pues me tocaba poner la estrella en la punta del árbol, esa estrella que guió a los Reyes Magos para llegar y entregarle esos regalos medio obtusos al niño Jesús.
Entonces ya estaba trepado en un banquito y poniendo la dicha estrella, en esa pose que es como de los toreros cuando van a clavarle esas madres, como arpón al toro, porque obvio, el árbol es como un triangulo, entonces tienes que adoptar esa pose para no clavarte en los huevos esas pinches lucecitas. De cada 50 esferas, había como tres soldados caídos.
Después el nacimiento medio bizarro, porque había ovejas que eran como gigantes, llegaban casi a la altura del pesebre, y luego yo con mi carácter medio difícil cooperaba con algunos dinosaurios y tarántulas de plástico en aquel nacimiento.
José tenía como labio leporino porque era un jabón, al cual le gasté la cara lavándome una vez las manos. Todos cooperábamos sin ningún problema, pero a la hora de quitar el árbol, todos nos escondíamos o teníamos cosas que hacer.
Luego fui creciendo y me daba algo de tristeza ver al camión de la basura cargando árboles ya secos y con una que otra esfera sobreviviente. Me preguntaba cuántas emociones y sonrisas vio esa esfera, que iba camino a su destino final.
Ahora ya vivo con mi esposa y sigo llevando la tradición que mis padres me enseñaron, ya sin “Las Ardillitas” de Lalo Guerrero, pero sí con entusiasmo y extrañando esos diciembres que yo era participe en la puesta del árbol en mi casa, en esa casa de mis padres, donde me enseñaron esa bella tradición.
Cuando tenga hijos también los haré sufrir un poco con “Las Ardillitas” mientras ponemos el árbol de navidad. No es por venganza, es por tradición, y espero que cuando tengan hijos ellos también lo hagan.
El olor de esos días es inigualable, y cada vez que ustedes lo hagan recuerden que esas vibras siempre se van a quedar en esas luces que esperan desesperadamente que pase un año más para volver a hacer su trabajo. Van a estar cada año viendo a la gente ser feliz, abrazándose y darse buenos deseos, lo que esas luces no ven cuando están guardadas.
Son las emociones y tristezas cuando algo no nos va bien, esas luces y esferas sobrevivientes, siempre van a estar en épocas de felicidad. Ojalá yo fuera una de esas luces. Esos adornos navideños ven a mucha gente un año y al otro ya falta alguien, o por cualquier circunstancia no están los mismos del año pasado, a lo mejor hay otras caras nuevas, o con más arrugas o sentimientos diferentes.
Podría cambiar toda mi colección de películas por volver a poner el árbol de navidad en casa de mis padres, pero ahora estoy seguro que me toca hacer ese trabajo y dejar esa tradición a mis hijos y a mis nietos, que estoy seguro que ellos harán lo mismo. Las pinches lucecitas de pico y el álbum de Lalo Guerrero ya no me molestan, ahora es como un recuerdo, un muy buen recuerdo de mi infancia, de mi niñez.
Ahora nos esmeramos tanto que pareciera una competencia de saber quien arregla mejor su casa. No sabía que en mí existiera tanta cursilería, bueno, no soy tan cursi de poner ese Santa Claus que va en la tapa del escusado y cada vez que lo levantas se tapa los ojos para no verte hacer tus necesidades primordiales.
Igual y darles dulces y juguetes a los niños de la calle, o darle tu sándwich a un perrito callejero, te hará sentir mejor persona. Les deseo felices fiestas y un año 2018 lleno de éxitos y sonrisas. Gracias a Reversos por permitirme robarles sonrisas y algunas lágrimas en estos siete meses que empecé a trabajar con ustedes.
Los quiere y los abraza su amigo Carlos Chimal.