9/11: «Estoy vivo gracias al football»

Por Osorio Martínez Miguel

11 de septiembre del 2001. Se escribe el primer capítulo en la historia del nuevo milenio. Se escribe con fuego, se escribe con sangre. Se escribe con un ícono de la cultura occidental en llamas. Con un gigante herido en lo más profundo. Con los ojos del mundo sobre la ciudad de los rascacielos, la que nunca duerme. Con los ojos en ella y la incredulidad en cada rostro:

“U.S. ATTACKED”

Otra fecha, entonces, se vuelve casi irónica por sí misma. Casi con humor negro, se presenta en el horizonte el 10 de septiembre.

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Para John Smith, residente de Nueva York y aficionado de la NFL, como millones de estadounidenses, este día representaba el regreso del Monday Night Football tras 7 meses de ausencia.

John, fan de los Gigantes de Nueva York, volvía a ver a su equipo en el emparrillado después de una desilusionante derrota en el Súper Tazón XXXV. La oportunidad de sacarse la espina llegaba en este evento de lunes por la noche frente al equipo de los Broncos de Denver.

Un duelo emocionante en cancha de los Broncos: 6 anotaciones por aire entre ambos equipos, cortas ventajas en el marcador, incluso la rotura de ligamentos de Ed MCCaffrey, receptor abierto de Denver.

Al señor Smith le pareció pertinente esperar hasta el final del encuentro con el deseo de ver a su equipo remontar un marcador que, de cualquier modo, terminó con un 31-20 a favor de la escuadra de Colorado.  Quizá la grandiosa exhibición de Michael Strahan, defensivo estrella de los Giants, había valido la desvelada. Quizá algo más…

Pasadas las 12 de la noche, hora del Este, John apagó el televisor y se fue a acostar. Todo tranquilo, todo igual en su pequeño departamento del bajo Manhattan.

Mr. Smith, de 29 años, trabajaba como operador telefónico de la compañía AT&T, cuyo Call center 24 horas tenía sede en la oficina 83 de la Torre Sur del Centro Internacional de Negocios. Su horario, de 8 de la mañana a 5 de la tarde…

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A la mañana siguiente, la alarma del despertador no cumplió con su función. En cambio, John despertaría alarmado un par de horas más tarde de lo habitual con el desesperado timbre del teléfono: “Hello?” –un vistazo casual al reloj: las 9 de la mañana. Otro vistazo aún más casual a su ventana…

El horror. “A tower is missing!?”

Humo, gritos, sirenas en cada dirección. John volvió a tomar la bocina que, sin darse cuenta, había dejado caer. Era su madre, quien a diferencia de las millones de personas que contemplaban con terror la escena, se llenó de tranquilidad. Era la primera vez que la holgazanería de su hijo le brindaba una alegría.

En eso estaban cuando una mancha en el cielo detonó otra ola de gritos en la ciudad. Un segundo avión aparecía en escena y embestía la torre que permanecía en pie, la Torre Sur. Una carcajada (de la que se arrepintió casi de inmediato) cortó el momento de tensión. “Al fin había logrado deshacerse de esa horrible caja de chocolate amargo que recibió en el intercambio de Navidad”.

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Alrededor de las 8 de la mañana, cuatro aviones que despegaron de Boston, Washington y Nueva Jersey, y que tenían como destino el estado de California, eran secuestrados, según se dice, por miembros del grupo extremista Al Qaeda con simples navajas.

Los vuelos 11 de American Airlines y 175 de United impactaron a las 8:46 y 9:02 las torres Norte y Sur del World Trade Center respectivamente. Los dos restantes se estrellaron en el Pentágono  y en un campo abierto cercano a Shanksville; este cuarto avión, se supo posteriormente, estaba planeado que se estrellase en el Congreso de los Estados Unidos.

A las 9:30 de la mañana el presidente Bush emitió un mensaje desde la escuela primaria en la que se encontraba al momento de los ataques, informando a la población sobre un supuesto atentado terrorista. A las 13:45 declararía un estado de alerta máxima. A las 20:30 expondría desde el Despacho Oval de la Casa Blanca la última postura oficial del gobierno de Estados Unidos respecto al tema.

A partir de entonces, las especulaciones no dejaron de surgir. Las muertes se contabilizaron en más de 3 mil, pero existen datos que duplican o triplican esta cifra, además de las miles de víctimas que indirectamente se vieron afectadas, ya fuese por el atentado en sí o por los eventos hostiles que le siguieron.

Pocos casos en la historia de los Estados Unidos fueron más proclives a la conspiranoia; supuestas cargas explosivas plantadas a priori, primas de seguros millonarias cobradas con antelación, incluso se mencionó la participación de alguna raza alienígena.

Un evento que cimbró al mundo, que revolucionó a la sociedad tomándola por sorpresa.

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Un año después, John caminaba por la zona, convertida en memorial, cuando un par de reporteros lo abordaron:

–¿Unas palabras sobre el 9/11?

–Estoy vivo gracias al football.

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