Por Carlos Alonso Chimal Ortiz
Foto: Eréndira Negrete
Ayer por la tarde iba cruzando el Eje Central Lázaro Cárdenas para seguir mi camino por la calle de Madero. Era uno de esos días que vienes pensando en muchas cosas a la vez y no te das cuenta de lo que pasa en tu entorno. Percibí un olor delicioso, que me trajo muchas cosas a la mente cuando dijeron mi nombre.
–¿Julio?
Giré hacia la izquierda y el olor que ya estaba impregnado en mi cerebro se conectó automáticamente con ese rostro familiar.
–¿Julio Solís?
***
Estaba sentado en la tercera fila de pupitres cuando por la puerta entró nuestra nueva maestra de cuarto grado, Miss Lety. Volteó a ver a todos, como analizándonos. Yo también la analicé, la nariz, esa nariz era única. En la punta tenía una bolita perfecta. Sus ojos, grandes, muy redondos, negros, con una mirada muy profunda y llenos de experiencia.
Los labios carnosos y grandes perfectamente delineados que, con un beso, me imagino que te haría volar. Sus piernas torneadas, como las modelos de antes, esas regordetas que ahora simplemente son conocidas como gordibuenas. Y si sus piernas eran así, imaginarán su cadera.
Era algo de lo nunca me pude olvidar. Me recordaba mucho a mi tía Claudia, la de Colima. Era así, parecida de su cuerpo, grandota y buenota, pero desgraciadamente era mi tía. Miss Lety cada vez que se inclinaba a revisar mi ortografía no podía quitar la mirada desde donde inician los senos hasta el encaje de su sostén.
Fue mi primer amor, un amor platónico del cual nunca me olvidaré. Hasta cuando me enfermaba quería ir a clases, así, enfermo. No podía dejar de verla. Ese día tenía 39 grados de calentura y empecé a alucinar con ella. Le escribí una carta demostrándole mis sentimientos cuando Jaime Romero me la quitó rápidamente de mi pupitre y la empezó a leer en voz alta frente a todos:
No encuentro la forma ni el momento para decirte que te amo,
el primer día que te vi respire por primera vez, ojalá…
Le arrebaté la carta a Jaime y nos empezamos a empujar. Miss Lety nos separó y nos quitó ese papel. Lo empezó a leer en silencio. Yo le decía que por favor me la regresara. No sabía dónde meterme. Miss Lety se puso muy roja y sonreía, mientras todos empezaron a corear:
–¡Julio y la maestra son novios! ¡Julio y la maestra son novios!
–Compañeritos, guarden silencio por favor. Le pedí a Julio que me hiciera una carta para el día de las madres, ¿verdad Julio?
Me miró con esa sonrisa que me volvía loco y me guiñó un ojo en signo de complicidad. Fue tan romántico ese momento hasta que el imbécil de Jaime abrió su estúpida bocota:
–Pero estamos en octubre maistra
–Sí, lo sé, pero nos gusta estar preparados y tener todo a la perfección, ¿verdad compañeritos?
–(Se dice maestra, pendejo).
***
Pasé a la secundaria en esa misma escuela y yo seguía enamorado de Miss Lety. No me importó que en esos años la vi dos veces embarazada. Yo les pondría mi apellido a esos niños. Ya quería terminar la secundaria y luego la preparatoria para conseguir un trabajo, ganar mucho dinero, y decirle a Miss Lety que si se quería casar conmigo, aunque tuviera 14 hijos. No me importaba eso. Lo único que yo quería era estar con ella para siempre.
La vida es muy injusta. Conocí a Lorena y nos hicimos novios. Sí la quería, no voy a mentir, pero no como a Miss Lety. Después salí de la universidad y ya tenía un hijo con Itzel. Con Lorena duré como dos semanas. Tal vez lo hice para olvidarme de Miss Lety.
Ahora voy a comprarle unos cuadernos a mi hijo porque el lunes entra a la primaria. Ojalá no sufra tanto de amor como yo en esa larga etapa de mi vida.
***
–¿Julio Solís?
No puede ser. Miss Lety parada frente a mí, quince años después. Tenía la cara un poco arrugada. Estaba muy delgada. Fuimos a tomar un café y me platicó que está muy enferma. Sus hijos se fueron a Estados Unidos. El marido, que también era maestro, la dejó por una alumna y Miss Lety ahora vive con una de sus hermanas. Ya no puede trabajar.
Estuvimos platicando de la vez que leyó lo que yo sentía por ella en esa carta. Me confesó que nunca se había sentido tan alagada y que sintió mariposas en el estómago, pero que obviamente yo era un niño, pero un niño muy precoz. Me dijo que sí se daba cuenta cuando se agachaba frente a mí en mi pupitre para revisar mi ortografía y no quitaba la mirada de su escote. Fue una plática muy linda y triste porque Leticia ya no es más Miss Lety.
¿Cómo es posible que el tiempo nos va descomponiendo hasta que termina con nosotros?
Nos dimos un abrazo y me puso su mano en mi mejilla y me dio un beso en la comisura de mis labios.
–Hasta pronto compañerito
Vi cómo se iba alejando poco a poco, caminando lento. No sé porque, pero los ojos se me llenaron de lágrimas. Pero no todo es tristeza. También estoy muy feliz porque pude ver una vez más al amor de mi vida, mi primer amor.