En el 85 también hubo daños en la zona de Lindavista

(Voces del sismo)

Por Brenda Ramírez Padilla

8 de septiembre de 2016. Araceli Figueroa tiene 46 años, una mirada profunda y una sonrisa envidiable. Es mamá de dos niñas hermosas y dueña de una paletería en Peralvillo. La entrevisto en la colonia Lindavista, donde ha vivido toda su vida.

Le pregunto, a un día del aniversario 31 del fatídico temblor, que me relate cómo lo vivió ella. Espero imaginarlo a través de sus ojos, de su tono de voz. Se queda pensativa, quizá nostálgica y me empieza a contar.

“Estaba en la escuela, en el Tecnológico Universitario de México, y estaba en clase de literatura cuando empezó a temblar”.

Me asombra que recuerde con tanta precisión los detalles, la clase que cursaba y lo que sucedía en ese momento aparentemente rutinario. Me cuenta que cuando empezó a temblar sintió mucho miedo. Tenía 15 años y los evacuaron a todos de sus salones. Cuando se dio el aviso de que había sido terremoto, los mandaron a sus casas, como se pudiera.

“Yo tomé un taxi que no pudo entrar a la colonia porque se cayó la torre de Sears y una parte de la iglesia de San Cayetano”.

Al caminar por la Avenida Montevideo, característica de esta colonia, no puedo imaginar cómo se vería sin la gran torre de Sears y con la iglesia deshecha. Araceli recuerda cómo fue su transcurso en el taxi y me sigue platicando.

Me cuenta con detalle cómo escuchó en la radio, cuando aún iba a bordo del taxi, que se había caído la Torre de Tlatelolco, entre muchos, muchos otros edificios. Me dice que sintió mucho miedo, pero yo se lo adivino en la mirada.

Cuando tuvo que bajar del taxi para poder llegar a su casa me relata aún con angustia lo mucho que vieron sus ojos:

–La Torre de Sears se había colapsado completamente, no de lado. Había muchos heridos… mucha gente llorando. Otros tomaban fotos. Yo caminaba muy rápido porque ya quería llegar a mi casa, ver si todos estaban bien.

Por lo que me cuenta, de la Torre de Sears, ubicada en Avenida Politécnico Nacional, esquina con Montevideo, tenía que caminar aproximadamente unas dos avenidas más y varias calles hacía atrás para llegar a casa lo más rápido que sus piernas y los escombros le permitieran.

Cuando llegó por fin a casa, me cuenta que la esperaban preocupados. Le dijeron que cómo se había regresado, que cómo había pasado todo. Su hermano, uno de los mayores, había salido a buscarla por instrucciones de su madre. “Pero pues no había celulares, cómo me iba a avisar. No había ni paso”, me dice.

Así vivió Araceli aquel temblor de 1985, bien de cerca, con mucho miedo. Las cosas que vio, que sintió y que pensó ese día que caminaba entre escombros y gente llorando, no se le olvidarán nunca. Las recuerda una por una. Me confiesa que las alarmas sísmicas aún le ponen los pelos de punta.

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