19/S: Somos lo que vivimos y lo que nos cuentan

Texto y fotos: Marcia Chi Barrales

 

No corro. No grito. No empujo. Son las tres cosas elementales a seguir en cualquier temblor para los que habitamos esta ciudad. Eso nos han enseñado a partir del terremoto del 19 de septiembre de 1985, magnitud de 8.1 en la escala de Ritcher.

 

Ese del que se desconoce el número total de víctimas, pues hay estimaciones que van desde los 3 mil 629 (última cifra oficial dada en 2011), hasta las 40 mil personas. El que dejó cerca de 30 mil estructuras  dañadas en su totalidad, y 68 mil con daños parciales.

 

Tratar de mantener la calma y seguir el protocolo del área en donde nos encontremos: desalojar el espacio, realizar repliegue, buscar el “triángulo de la vida”, llegar al punto reunión. Así hemos crecido las últimas generaciones. Así se comenzó a educar a los adultos que sobrevivieron aquel año.

 

Vivimos en un suelo con tendencia sísmica. Nos hemos acostumbrado a los simulacros. Hemos podido llegar a no tomarlos con total seriedad. Entonces llegan los recuerdos –no importa que no lo hayamos vivido, los tenemos: forman parte de lo que somos– y tomamos una vez más nuestro papel.

 

Así, cada septiembre sabemos que habrá uno. Puede que en el año se hagan algunos de forma “sorpresa”, pero ese, el del 19, está programado en la memoria colectiva.

 

La señora que a veces me cocina y con la que platico cada noche en la cocina, mi madre, me contó cómo para este año sus compañeras más jóvenes de oficina no le veían el “chiste” a lo del simulacro. Ella les recordó que un día, antes de que nacieran o tuvieran plena conciencia, un sismo había acabado con la vida de miles y destruido media ciudad. Terminaron convencidas de que era necesario.

 

Este 19 de septiembre, dos horas después de haber realizado el simulacro, olvidé esas tres cosas heredadas de aquella tragedia: corrí, grité y hubiera empujado al señor que iba delante de mí de no ser porqué lo pude pasar sin problema.

A las 13:14 horas, mientras esperaba poder usar un aparato en el gimnasio, sonó la alarma. En principio no la distinguí, pero el movimiento bajo mis pies sí.

 

Comenzamos a salir en calma hasta que las paredes de cristal empezaron a tronar y las televisiones suspendidas a balancearse peligrosamente. Pero la alerta final fueron los pedacitos de techo y pared de los que tuvimos que cubrir nuestras cabezas.

 

Sobre la lateral de Reforma 27 me sentí salvada y dejé que el azúcar se me fuera. Entonces una nube de polvo saliendo del edificio de a lado y las manos de Emilia me hicieron saber que aún no lo estaba. Ese cuerpo largo y voz con acento ruso me movieron hasta la parte central.

 

Emilia me abrazó. No entendía bien a bien qué pasaba –no se había enterado de que ese día se cumplían 32 años del terremoto más devastador en la historia de México– pero quería que yo estuviera tranquila. En cierta forma lo estaba, yo estaba bien y nada parecía haberse caído por ahí, pero la fuerza del temblor era evidente. Algo habría pasado. ¿Sería Oaxaca y Chiapas otra vez afectados?
No, esta vez eran Puebla y Morelos.

 

A los pocos minutos escuchamos por la radio que había un edificio caído en la Condesa. Seguramente algo pasaría en la Roma y en aquellos edificios de la Doctores que en cada temblor son tema en las noticias. ¿Cómo estaría el centro? ¿Cómo estaría la Obrera? Seguro que mi casa estaría bien. Jamás he concebido que le pueda pasar algo, pero y los negocios de por ahí, las otras casa…

 

Después de recuperar mis cosas Emilia y caminamos juntas entre el caos de las personas espantadas y los edificios rotos. Mi viaje en Metro duró una estación. Afuera del Palacio de Bellas Artes sentía ir caminando a contracorriente. Todos los edificios parecían continuar desalojados. Eran infinitas las manos que sostenían su celular grabando. No lo intenté, mi instinto de periodista me abandonó.

 

No, en realidad sabía que no querría recordar eso de una forma tan exacta. Quería librarme de los llantos ajenos, del miedo colectivo, de la curiosidad impertinente.

Caminé sobre 15 de Septiembre hacia Bolívar, esperando poder subir a la pecera que me deja en la esquina de la casa. Ilusa yo.

 

El tráfico estaba parado, las calles cerradas, las banquetas desbordadas. Nunca, ni los domingos hay tanta gente en esa zona.

Supe pues que mi regreso sería un poco largo y cansado. Ya había pasado casi una hora y no lograba comunicarme. De un momento a otro me entró una llamada preocupada por mi falta de respuesta en el grupo de guats. Sólo alcancé a decir que estaba bien y tenía mucho por caminar.

 

Al llegar a Fray Servando Teresa de Mier el caos parecía crecer. Al cruzarla vi aquel lugar como una completa zona de emergencia: policías deteniendo el paso, personas pidiendo gasas, agua, herramientas. Una vez más correr y gritar.

 

¡La escuela!, pensé. Avancé una calle para bajar por Chimalpopoca hacia Bolívar. En eso estaba cuando me topé con la desgracia, con el horror, con la pérdida, con lo efímero, con la solidaridad, con la valentía, con el amor, con la ayuda.

 

Me habían contado historias parecidas, sabía de una naturaleza solidaria oculta. Creía que podía imaginarlo. No. Nunca lo logré, pero eso lo supe hasta que vi de qué éramos capaces. Esta sacudida me quitó, nos quitó la desconfianza e hizo quitar piedras por personas que no conocíamos. Sin herramientas al principio, con toda la ayuda que la sociedad es capaz de dar.

 

A partir de ese momento, que vi que no había sido la escuela, que era el edificio misterioso con una tienda pequeña en la planta baja lo que ya no estaba –después sabríamos que era una maquila, como aquella que hace 32 años dejó también sin vida a sus trabajadoras–, que me vi entre ese tumulto de gente botando sus objetos para mover paredes, pisos y techos; que la gente comenzó a llegar con agua y la señora del puestito a repartir comida. A partir de ese momento entendí las historias escuchadas.

 

Una vez más nos adelantamos a cualquier gobierno. En los días siguientes, la sociedad se dedicó a repartir comida, agua, palas, cubetas y picos.

 

De un momento a otro nos vimos capaces de todo, ante los derrumbes las manos se multiplicaron, nos mantuvimos fuertes. Corrimos y gritamos. Los aportes llegaron de muy diversas trincheras. No todo fue salir a la calles. Hubo quienes tomaron las oficinas y computadoras para, a partir de lo digital, lograr una información más certera y una organización eficaz.

 

Los últimos días han sido una mezcla extraña entre la necesidad de ayudar, el sueño intranquilo, la sensación de un pueblo unido, el enojo ante un gobierno que pide donaciones de colores y carpas –aparentemente las enseñanzas del 85 fueron sólo para el actuar ciudadano durante el evento y no para respuesta inmediata por su parte ante un estado de emergencia– y la intención de continuar la vida.

 

Como 32 años atrás, los números no son claros. La Secretaría de Gobernación ha contabilizado 228 decesos en la Ciudad de México, sin embargo, la información es poca. 

 

El portal Animal Político tiene datos de 222 víctimas, incluye datos del Instituto de Ciencias Forenses, algunos que entregó la Procuraduría capitalina, informes para prensa entregados en los inmuebles colapsados y los reportes de rescatistas. El Incifo sólo recibió a 94 de los 228 fallecidos, el 41 por ciento.

 

Algunos recordaremos esto como nuestro temblor. Para otros será el segundo o el tercero, no importa. Todos nos sentiremos orgullosos de lo que fuimos, lo que somos, de los que seremos. De compartir, de confiar, de sentir, de apropiarnos del dolor, de actuar. 

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