Yunes: el payasito azul de los pastelazos

Por Rivelino Rueda

Foto: Edgar López

He conocido gente a la que le dan pavor los payasos: su forma de vestir, sus gestos, su manera de comportarse. El zapato enorme y la nariz roja. He conocido gente que disfruta de estos hombres caracterizados: sus trajes, su sonrisa, sus pelucas… Su manera de engañar sutilmente.

También he conocido gente que no se disfraza de ellos y que se comporta como tal.

Miguel Ángel Yunes Linares, gobernador de Veracruz es uno de ellos.

Al viejo y petardo truco del pastelazo (o a una denuncia sin pruebas, en este caso), ya muy pocos se la festejan). Es muy común el truco fácil y la gracejada de estos personajes en sus actos circenses (todos mis respetos a los adultos que se los creen), pero sobre todo pueden ridiculizar a otro por el simple hecho de ser “el payaso de la fiesta”, el que fue contratado para el divertimento.

Los payasos también acusan en el jolgorio (“¡Y diche una. Y diche dos. Y diche tres!”). Intentan caer bien al público porque para eso se les ha pagado. Tratan de ridiculizar al otro observándose ridículos a sí mismo.

También los hay quienes educan a sus hijos en el arte de las payasadas. Los entrenan y los llevan a las fiestas. Los quieren en sus cargos (haciendo sus payasadas) en poco tiempo. Todos los hemos visto en acción. (“¡Y diche una. Y diche dos. Y diche tres amiguito!”)

Es muy lastimoso que el payasito tenga que sobresalir vistiéndose de verde, blanco y rojo, luego de turquesa (donde tuvo un amorío tórrido con una maestra, que hoy desconoce. Esto es acá entre nos), y que ahora se vista de un azul casto, inmaculado, transparente.

Un día me tocó ver a un payaso que llegó cayéndose de borracho a una fiesta infantil, hizo su numerito, y acusó a la familia de autoritarios. Al año siguiente lo hizo, y acusó a la familia de autoritarios. Al año siguiente lo hizo, y los acusó de dictadores. Al año siguente lo volvió a hacer… Hace unas semanas, que era más payaso y más borracho que las otras veces, le dijeron que no podía pasar. El payasito azul se sintió ofendido. Sus seguidores todavía más.

La esposa de ese payasito azul de tintes teporochos quiere ser como su marido. La esposa de otro payaso de cabellos rojos también quiere ser como su marido. El payaso de los pastelazos y sus hijos quieren convertir la carpa en una monarquía hereditaria.

Todos, en sus actos gritan “¡Al ladrón!” “¡Al ladrón!”, cuando ya se metieron todas las carteras de los invitados a la fiesta en sus chisteras. Los asistentes a la fiesta, hartos de los hurtos, reclaman al payaso de los pastelazos por el nuevo atraco en despoblado.

El payaso tricolor-turquesa-azul (que llevó a todos al baile en una lotería de pueblo, pero que hoy ya nadie se acuerda) acusa al payaso que estuvo en la fiesta anterior. Un payaso gordito y malévolo que también tenía una esposa que anotaba en diarios sus riquezas.

El payasito de los pastelazos y el de la esposa que replicaba en páginas enteras que “sí merecía abundancia” se conocieron cuando el payaso de los pastelazos era tricolor-turquesa-azul. Hoy dice que no, como cuando dijo que no estuvo casado en un tórrido romance con una maestra que ahora desconoce. Vaya historias.

Pero hoy el payaso de los pastelazos parece haberse sacudido de toda su historia de payaso. Hoy acusa al payaso de otra carpa de robarse las carteras del público en fiestas de antaño, y de ser ayudado por su otrora amigo el payaso de la esposa de la abundancia, que, por cierto, nadie encuentra.

Hoy, como diría una amiga, astrónomos descubrieron una nueva galaxia, pero hoy nadie puede encontrar al payasito glotón y a su esposa. El payaso de los pastelazos todos los días revela que descubrió nuevas propiedades de su amigo, pero su amigo no aparece por ninguna parte. “¡Bravo!”, todos le festejan.

Qué mejor fiesta para que hoy (el payaso de los pastelazos, el tricolor-turquesa-azul, el amigo de la maestra, el saqueador de la lotería, el que quiere lo mejor de lo mejor para sus vástagos payasitos de fiesta, el amigo y servil compañero del gracioso payasito de ancha cadera) se vista de gloria y haga su mejor acto circense.

“¡Bravo!” “¡Bravo!”, aplauden los payasos azules, los de limpio historial, los mismos de siempre…

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