Violencia CDMX, un estilo de vida

Por Roberto Carmona Arellano

Foto: Eréndira Negrete

Son las 21:00 horas. La Hacienda de Santa Mónica, en Naucalpan, presencia la grabación de una serie de televisión. Se termina el filme y tomo la avenida Adolfo López Mateos para después integrarme a la Colonia del Valle. Soy el copiloto de un Bora blanco. El piloto es el asistente de producción.

Llegamos a las 21:30 horas al destino. La novia del asistente ya nos esperaba afuera de una casa donde se festeja la fiesta de una de sus amigas. Vestida de negro, con su celular en mano, le reclama a Emiliano (el piloto) sobre la tardanza. Este detona y la empieza a insultar.

La pareja se deja de hablar y ambos se recargan en el auto blanco. Uno a lado del otro. Cada quien esperaba que el otro empezará a solucionar el problema. Eso no pasó. Estacionamos el coche en la esquina de la calle Pilares. En contra esquina se encuentra una tienda de autoservio. No dirigimos a comprar unos cigarros, papas y unas cervezas. La fila era larga para pagar los artículos y aguardamos hasta que nos toca pasar.

Salimos del establecimiento, cruzamos la cuadra y volvimos a nuestro lugar de origen, el auto blanco. Nos recargamos y la pareja discute una vez más. Emiliano parece estar cansado. Su novia le da la espalda y éste la toma del brazo, la voltea y le roba un beso que fulmina con el mal momento. Se vuelve a vivir una constelación de amor. Hablamos sobre la probabilidad de entrar a la fiesta. Un señor de traje negro se para en la puerta y escoge a las personas que pueden entrar a la fiesta. Su único juicio, la apariencia de la persona.

Parados escuchamos una detonación. De momento pensamos que había explotado un cohete o una paloma. Ignoramos el sonido hasta que una mujer comenzó a gritar. El gritó era similar al de una película de terror. Entendimos que la probabilidad de que fuera un cohete era prácticamente nula. Me balancee hacía el Bora blanco y me introduje ante el latente riesgo. Todo se sale de control. Las personas que aguardaban afuera del inmueble comienzan a correr en diferentes direcciones.

“Yo escuche la detonación y sí pensé que era un balazo. Guey. Estoy nerviosa, vámonos de aquí”. Mencionó Fernanda, la pareja de Emiliano. Su pareja tiembla del nervio. Se acerca a su bolsa y saca una cajetilla de Marlboro blancos. Intenta prenderlo pero sus nervios se reflejan en la forma que tiembla. Emiliano la abraza para consolarla.

No pasaron ni cinco minutos y una patrulla llegó a toda velocidad al lugar del hecho. De momento, seis patrullas y tres ambulancias rodeaban el cuerpo de la víctima. La mujer hincada no abandona a su acompañante. Un policía se acerca y nos pregunta: “¿Vieron que sucedió?” Emiliano, eufórico, relató lo que vio desde su perspectiva. La información es muy poco útil para el oficial.

–-Nosotros escuchamos una explosión, pero supimos que se trataba de algo malo cuando escuchamos gritos de una mujer– relató el piloto.

Seguimos en el lugar de los hechos. Observamos cómo el movimiento se hace protagonista del momento. Personas que no vieron el acto preguntaban a los presentes sobre lo sucedido.

Una mujer a bordo de una camioneta Volvo le pregunta a Fernanda qué había pasado. La mujer de Emiliano le dijo que fue un asalto pero que las cosas terminaron en tragedia. Sin duda la mujer del vehículo de origen sueco es residente de la zona. Lo supe por su expresión de espanto y preocupación. Dobló a la izquierda y se perdió entre las calles de la colonia.

Llegaron amigos de la novia de Emiliano. Deciden dejar el acto y la tragedia de lado y empiezan a hacer un plan para tomar algunos tragos, tragos amargos.

-–Vamos a casa de Jesús. Está cerca y nunca le dicen nada– dijo Fernanda, la autora intelectual de la noche.

-–Sí, vamos a mi casa, ya pedí permiso, está muy cerca de aquí– contesta Jesús.

Nos montamos en el Bora blanco y los demás a sus respectivos coches. En caravana llegamos a casa de Jesús. Aún consternados por los hechos ocurridos, fuimos a un Oxxo cercano y compramos una botella de Bacardí, entre otras cosas. Regresamos a la casa y la bebida, la música y la plática fueron dejando poco a poco el trágico momento.

Llegamos a las 02:00 horas a Pedregal de Tepepan. Ubicado en el sur de la ciudad. Emiliano y yo bajamos del coche y nos dirigimos a un pequeño billar a seguir tomando unos tragos. Nos encontramos con algunos amigos y les contamos lo que había sucedido. Lo tomaron con alerta pero no con  mucha importancia.

Emiliano y su tocayo fueron de nuevo al Oxxo por otra botella. En el inter llega José Luis, mejor conocido como “Coque”.

-–Amigos, qué tranza ¿Qué van a hacer?– pregunta a tres personas que se encontraban afuera del billar. Uno ya estaba tomado y comienza a decir que le vale, que no se meta con él. Lo conocen como Arnau.

-–Al chile te vale madres, compa. No vengas a querer mover—mencionó.

“Coque” perdió el control de las cosas y se empiezan insultar. Arnau lo ofendió una vez más y José Luis no lo pensó dos veces. Se le fue a los golpes.

Baja tres escalones y pregunta

–¿Cuál es tu problema?

Al terminar la frase le propina un golpe a la nariz con la mano derecha. Arnau busca responder el ataque pero es inútil. La situación estaba totalmente controlada por “Coque”. Le conecta tres golpes más y empieza a sangrar Arnau de la nariz. Un tercero interviene y los separa. Se termia la pelea. Arnau se va sin antes decir que regresará por la revancha. Se pierde en la oscuridad de la noche.

Emiliano regresa con su tocayo de la tienda. Les cuentan los hechos más recientes.

-–Pues ¿qué pedo? Acabamos de ver cómo matan a un guey y aquí se matan porque respiran el aire. No mamen– mencionó con un tono de enojo hacia los actos que vive durante esa noche. Emiliano propone beber para calmar los ánimos. Todos acceden.

El momento sigue tenso. Parece que al piloto le ha afectado ver la muerte de una persona y enterarse que sus amigos buscan lo mismo. La ley del más fuerte. Lo noto intranquilo y con ganas de olvidar lo pasado. Propone ir a un burdel al sur de la ciudad. El destino es el Curazao. Abordamos el Bora y nos dirigimos al lugar que calmaría la noche.

Llegamos a las 05:30 horas. Dos hombres parados afuera del lugar nos esperaban. Emiliano les habló desde antes para que esperaran por él. Nos metieron por la puerta de servicio, ya que el reglamento de antros y bares nocturnos sólo puede operar hasta las dos de la mañana. La impunidad seguía reinando la noche. Nos sentamos enfrente de la pista de baile. Dos prostitutas se acercan a hacer su trabajo pero son ignoradas por los cuatro hombres.

Más tarde uno de los amigos se pierde entre las paredes del lugar. Seguramente fue a un servicio o una situación similar. Emiliano aconseja: “es una pendejada gastar en putas, es mucho dinero. Ve al pendejo del ‘Coque’, se acaba de mamar mil pesos para que le bailen quince minutos. ¡Que pendejo!” El piloto insulta a las mujeres que ofrecen servicio sexual, éstas, dejadas, le dan por su lado en el intento de ganar un poco de dinero.

La noche termina en un burdel con insultos. Pero empezó con la impunidad, con la falta de oportunidades y con un sesgo que agobia a cada habitante de la metrópoli. Una ciudad con miles de calles y miles historias por contar. Salí del lugar aproximadamente a las ocho de la mañana. Una noche violenta culminó. Con ello, los sueños de cada persona agredida y asesinada, porque ahí culminaron sus sueños…

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