El septiembre que se fue vestido de negro

Por Brenda Ramírez Padilla

 

Foto: Eréndira Negrete

 

Todos los 15 de septiembre, en mi trabajo, se organiza una “Mañanita Mexicana”. El evento empieza con una ceremonia patria, donde hay un desfile de bandas de guerra, una presentación de bailes típicos y una tierna representación de la batalla de la Independencia protagonizada por el alumnado de preescolar. Se entona orgulloso el Himno Nacional, saludamos a la bandera durante el recorrido que hace la escolta por todo el patio escolar y al final, gritamos juntos “Viva México”.

 

Cuando acaba la ceremonia, cada salón tiene un “puesto” de comida típica que algunas mamás hacen con esmero. Hay de todo: pambazos, taquitos dorados, tamales, sopes, tinga, cochinita, pata y, este año, hasta carro de los elotes. Los niños (y sí, algunos maestros) comemos contentos, felices de vivir en un país como el que es en este momento: niños corriendo vestidos de charros, de tapatías, de jarochas. El disco Mariachi de LuisMi de fondo y todos contentos, todos enamorados de la patria.

 

La verdad es que el mes de septiembre se asocia con eso. Música, festejos, tequilas y, ah, la comida. Pregunté en mi casa qué significaba septiembre y todos dieron a bien enlistarme platillos típicos. Que los chiles en nogada, que el mole con pollo, que el pozolito, que algunos cumpleaños. Todo feliz.

 

Este septiembre tocó distinto. Después de la sacudida con la que nos recibió la medianoche del 7 de septiembre, bastó para que más de uno recordara lo próximo que estaba el 32 aniversario del terremoto de 1985.

 

Bastó para que ese día que nos quedamos sin actividades, la gente sintiera el miedo, la incertidumbre y la impotencia que generan los desastres naturales. Así, medio empijamados y descalzos, asustados en la calle, platiqué con mi vecina, que tapaba a su criatura amodorrada que había sacado de la cama en calzoncitos.

 

–En el temblor del 85 vi cómo se cayeron las escaleras de mi secundaria. No podíamos bajar, no sabía si se iba a caer el edificio…

 

Desde la mañana del 8 de septiembre se recordó la sombra del terremoto del 85. Se recordaron las horas que pasaron antes de la réplica. Se vivió el día y el fin de semana, contando las horas. Se solidarizó el país con los más afectados, (aunque los otros más afectados del alma, se robaron parte de la ayuda). Los que no vivimos aquel terremoto, nos pasamos escuchando historias, recuerdos, anécdotas. Los que sí lo vivieron, intentaban generar consciencia, intentaban mantenerse alerta, intentaban pasar el día.

 

Este 15 de septiembre, cuando estaba por regresar a casa, me reventó una patada en el  estómago lleno de sazón típico: habían encontrado el cuerpo de Mara Castilla. Además del malestar que produce una noticia así, me pareció profundamente irónica la fecha, los ánimos, los “felices fiestas”. Me pareció el peor septiembre que he vivido. Me sentí culpable, ingenua de mi felicidad momentánea por el festival previo de la mañana.

 

Más tarde, en el transporte público recolecté varias opiniones respecto a lo confuso que estaba siendo el mes patrio, (al menos para mí):

 

–Pues… septiembre es para empedar, ¿no?

–Yo digo que está padre, es de chairos decir que no hay nada que festejar.

–Pero a las mujeres las matan diario, no es nada más la de hoy.

 

Así como me encontré de esas, me encontré en el vagón de mujeres una tristeza profunda, un asombro por la noticia y una reafirmación de que estamos solas, que hay que checar quién va sentado a nuestro lado y que no hay que confiar en nadie. Hay quienes pendejean al presidente, quienes no les importa en absoluto. Hay quienes echarían la casa por la ventana para tener su “noche mexicana” y que considera el día una fiesta para reunirse con la familia, para gritar de alegría.

 

Una pareja discutía después de que me contestó en individual qué sentía por septiembre y se dieron cuenta que no coincidían. Que no hay nada que celebrar, que “yo quiero que nuestros hijos sí festejen”.

 

–Si quieres que  celebren, hay que educarlos para que sean críticos, para que amen su país y por eso lo respeten.

–Sí, pero cuando ya estén grandes, para que entiendan.

 

Ya casi para llegar a mi destino, vi decenas de camiones estacionados por Avenida Hidalgo. Camiones llenos de gente que, asumí, se les había contratado para llenar una plaza cívica que perdió su identidad hace mucho tiempo.

 

Para gritarle “viva” a un México que ha bombardeado septiembre de nuevas aplicaciones para la seguridad, que encabeza marchas hartas de feminicidios, de sentir miedo, de vivir en la flor de la inseguridad. Todas esas personas destinadas a llenar un espacio, a sonreírle a un presidente, a disfrazar su pobreza de alegría y transmitirlo en vivo.

 

Me tomé un momento para contemplar mi alrededor y darme cuenta que éste no es el México que yo quiero abrazar en septiembre, en ningún mes. Y regresé a casa.

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