Entre “puesteros” y vende cupcakes te veas…

 

Por Jorge Antonio Mora Velázquez

Parece un lugar tranquilo pero no lo es, y precisamente por eso es perfecto para el negocio. La primera cualidad es esa, el factor sorpresa reduce el tiempo de idear una forma cortés de escape. Segunda, la clientela viene  y se va por su cuenta. Cambia sola, o está sola, o sólo los mismos.

Y aunque en las explanadas que rodean al Monumento de la Revolución al parecer se puede hacer de todo: bañarse, tomar, fumar, dormir, defecar y de plano vivir, para los “puesteros” es un terreno inalcanzable. Ahí se requiere de otras habilidades y esa podría ser  la tercera cualidad, si no fuera porque la competencia es acerva.

Tres “gorditos” uniformados con pantalones color duende y playera blanca  pasan empapados y mostrando las chichis junto a un grupo de adolescentes que casi están riendo hasta llorar. Esto pasa a las 15:00 horas exactamente, creo.

Se fueron los “gorditos” pero la risa sigue y sigue. Uno de ellos tiene una gorra, es el que menos ríe, es el que esta declamando. Los otros cinco lo miran de frente, tres niñas y dos niños. Una de ellas ya no puede más, se tapa con la mano, el suéter, con la amiga que está sentada a su lado; un poco más y se avienta de la barda para no sonreír. Maligna adolescencia que nos hace olvidar la confianza infantil. Pero él anda feliz de la vida en su monólogo. Es delgado y alto al estilo mexicano, pero sin mostacho. Morralito de Las Chivas y atuendo medio cholo.

Del otro lado de la explanada van entrando unas güeritas. Parece ser que las conoce. Se disculpa con su audiencia y se acomoda la gorrita para partir. Sería difícil creer que jamás las había visto en su vida cuando saludó de beso a todas. Empiezan a reír, perecía estar contando otro chiste increíble. Se agra de bajada a una y las otras le siguen el juego.

No entendía exactamente qué sucedía hasta que lo vi sacar un bonche de pulseras que tenía escondidas ente la espalda y el morral. Repartió una a cada una y después, volteando al cielo, dijo algo que pareció tener mucha lógica, todas sacaron sus monederos y tuvieron  que verse en el dilema de cuánto pagar.

Así funciona el truco, ya te vieron, y llegan de pronto. En este caso es el chavo, pero también hay otros. Más adelante aparece otro que ya he visto antes. Es gordo. Y no tengo nada contra los gordos, no tengo la culpa del estado alimenticio del país.

Pero en fin, él tiene otra técnica y también funciona. Antes que te des cuenta ya te convenció de que cheques si hay alguna que te guste. Con tantas la probabilidad de que este el color que te gusta es casi del 98 por ciento.

Tú decides cuánto dar. “Es a voluntad”, según ellos, pero aunque eso podría ser una ventaja se termina convirtiendo en un arrepentimiento. Si te viste hábil se la regresaste. Si no, le diste entre 10 y 15 pesos por la pulsera amarilla, y si te agarró en la baba, pues tal vez más de veinte. Fácil, de un grupo de cinco personas, tres te dan más de cinco pesos. Una ganancia de las buenas.

El chavo regresa con sus amigos y platica un poco antes de que “el gordito” aparezca en escena. Él viene de lo que se podría considerar como la parte de enfrente, justo por donde están las fuentes que brotan del suelo y donde se efectúan las duchas grupales.

Llega amistosamente y le da una palmada en la espalda, mientras su brazo enrosca al flaco como una pitón. Saluda a la audiencia y tira una cábula. Le da el aviso. Están teniendo intrusos en su zona y era hora de actuar. Dependiendo de qué tipo de adversario se trate, se toman las medidas pertinentes. Los que nadan en bici con sus tacos de canasta son los más fugaces de todos y sólo se acercan a las orillas para no alebrestar a los policías.

Los de los cigarros, chicles y cacahuates sí pasan, pero también de entrada por salida. Todas las organizaciones civiles y recolectoras de firmas son intocables, y ni cómo decirles algo en el Monumento. Pero esta vez no se trata de ello, sino de otro tipo de vendedor que fácil podría desbancarlos. Los odiados vendedores de cupcakes.

Esos siempre, en teoría, lo hacen para la escuela. Siempre con saco o bien vestidos por lo menos, lo cual es un poco raro, pero vale. Pero eso sí, sean emprendedores por la escuela o no, son voraces en el mercado ambulante.

Aparecen por todos lados y no se esconden, dejan que tú sigas tu camino y te abordan en un momento de enojo. No queda más que sonreír un instante pues siempre son muy amables, incluso en extremo. Esa es su técnica, parecer algo como adorable e intrépido, y nuca aceptar un “no” hasta la tercera.  Son capaces de vender los besos de su amiga con tal de que les compres uno. O decirte que si la razón de que no quieras uno es porque es negro. Yo les digo que igual y sí.

En fin, el flaco no lo pensó dos veces y le chifló a otro de los vendedores de pulseras para que fueran directo a erradicar la plaga de los cupcakes. No se toman medidas agresivas. De alguna u otra forma, ese espacio ya está apalabrado.

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