“Pucho” murió luego de un mes sin comer ni beber; prefirió irse con placeres más mundanos

Por Rivelino Rueda 

TEPOZTLÁN.- Unas horas antes de morir, Mónico Rueda Nieto, mi padre, se masturbó tres veces.  

   Era el día de su cumpleaños 87. A las nueve menos veinte de la mañana del martes 6 de abril, “Pucho” lanzó su último aliento y dejó detrás una vida maravillosa, plena; una historia que vale la pena contar una, mil y cientos de millones de veces. 

   Tenía un mes sin comer y sin tomar líquidos, al menos voluntariamente. Tenía cuatro años sin tener relaciones sexuales con la mujer de sus amores, María Dolores Frías Luna, mi madre. Tenía treinta días sin cagar. Tenía siete u ocho años de ir borrando las cosas más preciadas que guardaba en su mente. 

   Morir no es un acto glorioso. Más si se trata de un padecimiento que se viene arrastrando desde casi una década. En las horas finales, las necesidades más elementales, más humanas, salen a flote.  

   El primer muerto que vi en mi vida, a los ocho años, tenía el cráneo reventado por el peso de un camión de volteo. Lo que más me sorprendió de ese momento fue la pierna al aire, inmóvil, engarrotada, de ese muchacho “machetero”, pero sobre todo el enorme charco de mierda y orines en el que estaba recostado. 

   La muerte de uno de los personajes de una de las novelas más poderosas de la historia de la literatura, el coronel Aureliano Buendía, en el libro Cien años de soledad, del maestro Gabriel García Márquez, tampoco fue glorioso, a pesar de que su tránsito terrenal parecía no ser de este planeta, más bien de una odisea griega de la antigüedad: 

   “Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño. La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana, cuando Santa Sofía de la Piedad fue a tirar la basura al traspatio y le llamó la atención que estuvieran bajando los gallinazos. 

*** 

“El Faroles” tenía guardadas muchas historias. No sabía, por ejemplo, por qué le decían “Pucho”. El Tío Nando, el menor de los diez hijos de Guadalupe Nieto Sariñana y Mónico Rueda Vaca, con quien Mónico me confundió en los últimos tres años de su vida (y por lo que me siento más que halagado) contó la anécdota a los que asistimos a su velorio, en la noche del 6 de abril, todavía en su cumpleaños. 

   Tía Pita, Lupita Rueda, la inmediata mayor a Mónico, en ese entonces de unos tres años, hacía rondines con enorme preocupación por los constantes berridos de su hermano menor. Era la década de los treinta del siglo pasado. Pita iba y venía en ese cuartucho de piso de tierra y techos de cinc, desesperada.  

   Buscaba consuelo para el nene de enormes pulmones y hambre harta… “¡Puchito!” “¡Puchito!”, se lamentaba Lupita. 

   Era la forma de decirle “¡pobrecito!” a ese mocoso que no dejó de moverse como lombriz hasta los últimos segundos de su existencia, que tenía una poderosa hiperactividad que no cedió ni con las drogas, ni con los psicotrópicos más fuertes…  

“¡Puchito!” “¡Puchito!” 

   Tía Pita no pudo asistir al velorio de “Pucho”. Tía Pita también padece demencia senil avanzada.  

   En uno de sus trances, Mónico me preguntó que dónde vivía Pita. “Por El Rosario, papá”. Se quedó pensativo. Fijó la mirada en algún punto de la historia de su vida. Se levantó de un brinco del sillón de la sala y gritó con desesperación: “¡Pita!” “¡Pita!” “¡Me urge hablar contigo!” 

*** 

Los recuerdos son vertiginosos, fugaces, intensos. Van y vienen imágenes de la casa paterna; de la época de las glorias en el futbol; de Rosa y de Rosi, su primera esposa y su primera hija. Las sombras en el techo del hospital siguen girando como volutas de humo, como caracoles dando giros sobre su propio eje.  

   La vuelta olímpica en el Parque Merino, en Poza Rica. Papá y Mamá. El sofocante trago de saliva. El puñetazo al aire. Luis y Eva. Las manos aguijoneadas, agrietadas, frías, ya sin sangre. Dolor. Su eterna Dolor. 

   La puerta abierta. La fuga en segundos. La casa paterna. El barrio de siempre. Los amigos que murieron. Cato y Cacha. El bonche de fotografías en sepia y en blanco y negro. Los recortes de periódico. El Poza Rica-Santos de Brasil. Pelé y Zito. Mónico y Guadalupe.  

   La carrera desaforada. ¿A dónde? Las piernas que no responden. La caída de bruces. Nando y Chavo. El crujir del tabique nasal estrellándose en el pavimento.  

   La mente en blanco. El principio del fin. El espejo alrevesado en el tiempo, en los tiempos de vías de tren infinitas y caminos de polvo que iban y venían del norte de México. Zapatos de futbol dorados y campos de tierra y barro. 

   Otra vez el plato con la comida intacta. Las vueltas al cosmos en diez segundos. Otra vez la jeringa y el vaso sin un solo sorbo. Otra noche disecándose por dentro.  

   Otro cambio en el Estadio de Ciudad Universitaria. Entra “El Faroles”, con el número ocho en la espalda… Otro chispazo en las encías. Otro vuelco al cosmos. Otro grito a Miguel y a Ana.  

   “¡Mamá!” “¡Mamá!” “¡Ya!” “¡Ya!” 

*** 

¿Qué te angustia? ¿Qué te preocupa, Mónico? ¿Qué te da miedo? Ese aferrarse a una gravedad que pulveriza las rodillas. Ese tesón por estar de pie. Ese extraordinario ritual de tomar el peine y peinarse al acostarse y al levantarse.  

   Esa dedicación estoica por colocarse algo en la cabeza: un sombrero, una gorra, una boina; para ir a la sala, para ir a la cocina, para ir al baño, a dos pasos de la cama. Esa necedad de estar de pie, con el cuerpo sin agua desde hace ya treinta días, con las entrañas vacías y los dolores punzantes. Esos desvanecimientos parecidos a pequeñas muertes.  

   Ese diluvio bíblico en la mente. Ese cataclismo cerebral, silencioso, inmisericorde, implacable.  

   ¿Qué te angustia Faroles? ¿Qué te atormenta que ya no duermes? ¿Qué pasa dentro de ti? ¿Con quién te sonríes ahora? ¿Por qué salen de nuevo esas lágrimas? ¿En serio vale la pena este esfuerzo? 

   Son las cuatro y media de la mañana y Mónico no duerme. Faltan cinco horas y diez minutos para su muerte. Tiene la fuerza de un muchacho de veinte años. La oxigenación está en noventaidós. Los signos vitales son los óptimos. Doce horas atrás, en unos breves instantes de lucidez, se despidió de todos. Luego durmió unas dos horas.  

   Luego otra vez el semblante cadavérico. Las manos frías. Los aparatos sin curvas, sin picos, sin números. Los pómulos hundidos. La pierna derecha un globo de líquidos retenidos. Luego la pastilla para relajarlo. Luego el efecto contrario. La noche en vela. Los últimos forcejeos. Las tres masturbaciones. El encabronamiento por no ayudarlo a incorporarse para ir al baño. Luego los golpes al colchón y un round de boxeo en el aire. Luego ya nada. 

*** 

El otro dato que no sabía de Mónico, bueno, que algún día comentó, pero que todos creímos que era una broma más de las que regularmente hacía, fue su segundo nombre: “Mónico Rafael”.  

   El nombre de “Mónico” fue una herencia del abuelo. Un hombre serio, fuerte, sobrio, curtido en el México de la Revolución Mexicana. Obrero de la Cervecería Moctezuma. De pocas palabras y actos concretos. ¿El Rafael como de dónde? Nadie sabe explicarlo. 

   Pero ese “Rafael” desapareció de los anales de la historia en 1957, cuando “El Faroles” fue llamado a integrar la Selección Juvenil Mexicana de Futbol para ir a disputar un amistoso contra Cuba, en la época de la dictadura de Fulgencio Batista. En la etapa en la que “La Mayor de las Antillas” era un hervidero político por los “barbudos” que luchaban una guerra de guerrillas en la Sierra Maestra, en la Sierra del Escambray, y en las zonas urbanas. 

   “Pucho” tenía veinte años. El llamado era para muchachos de diecisiete. Lo más fácil en un país como México fue adulterar el Acta de Nacimiento de Mónico Rafael Rueda Nieto. Treintaiséis años después eso le costó a México no ir a la Copa del Mundo, la de Italia 1990. Era el escándalo de los “cachirules”. Una generación perdida. Pero esa es otra historia. 

   Ahora “El Faroles” ya no tendría veinte años, sino diecisiete, y ya no sería “Rafael”, sólo Mónico. Dos Actas de Nacimiento que, hasta en las últimas horas, en los trámites para validar el Acta de Defunción y el papeleo con la funeraria, causaron dolores de cabeza. 

*** 

Mónico se sentó en una silla blanca en el sitio donde, hace treinta años, había un árbol lechoso que creció tanto, hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados, que reventó los tubos viejos de la cañería, rompió vidrios durante tormentas, y termino de aflojar los cuadros de madera podrida del “cuarto hechizo” del primer piso. 

   Ahí pasó al menos una hora, dos semanas antes de su ocaso. Antes había picoteado comida y bebidas aquí y allá. Todo era rechazado. Todo tenía la misma respuesta. Gestos, repugnancia, rechazo, escupir lo que llegaba a su boca.  

   Luego vio la silla blanca y ahí se sentó. Por momentos parecía ese enorme árbol que nos acompañó, a María Fernanda y a Beto, en nuestra niñez, que creció con nosotros. 

   El árbol lechero tuvo que ser cortado de raíz luego de la inundación en una madrugada de relámpagos y tormenta.  

   En la mañana aparecieron flotando por todos los rincones de la casa objetos que se creían perdidos desde hace muchos años. También salió de algún lugar la tortuga que creíamos muerta, impasible, poderosa, libre. La pérdida de libros fue incalculable. No había de otra. El árbol lechero estaba destrozando la casa desde sus cimientos. 

   Y el viejo de escamas poderosas se fue de nuestras vidas. Todos derramamos algunas lágrimas por su lealtad, por su acompañamiento.  

   Mónico ocupó ese lugar por unos instantes, dos semanas antes de morir, y su grandeza, sus movimientos tenues, su mirada fija en algún punto del universo, le dieron la fisonomía de un enorme árbol que nunca cederá ante nada… 

*** 

Los latigazos de otros días aparecen con más frecuencia. Son descargas eléctricas que sacuden un cuerpo amarillento y verduzco en algunas zonas. La boda con María Dolores en Torreón, allá en julio de 1967. La campal con jugadores, cuerpo técnico y aficionados del equipo tapatío Nacional, cuando casi matan de un golpe en la tráquea a “Pichicuáz” Garrido.  

   La carretera recta, interminable, de Matehuala a Monterrey. El acompañamiento nocturno al hijo menor, pisando sus empeines, como si fueran las chanclas de ese chiquillo que tiene la imprudencia de ir al baño todas las noches.  

   Las carnes, las longanizas y las tortillas sobre las brasas de carbón y el memorable grito: “¡Se están acabando!” “¡Se acaban!”  

   El silencio esquizofrénico de una habitación desierta, donde durmió los últimos 52 años. El choque de ansiedad y delirio a las cinco de la mañana… El grito potente y gutural: “¡Dolores!” “¡Dolores!”  

   Mónico lanza puñetazos a la enfermera. Grita improperios a todos los presentes. No quiere agua, no quiere comida, no quiere oxígeno, no quiere medicinas, no quiere sentirse –en lo más profundo de sus alucinaciones, de sus trances—como él se observa en el espejo: viejo, demacrado, esquelético, enfermo, perdido, ausente…  

   Toma el peine. Se acomoda el cabello totalmente blanco hacia su lado derecho, como siempre lo ha hecho.  

   Deja caer su inmensidad a la cama. Luego vienen a su memoria las fotografías de históricos partidos. Con un porte de actor de cine italiano. Con la juventud tatuada en unos ojos arabescos. Con los sueños galopando en el brillo de una mirada transparente, honesta, humilde. 

   “El Chiquilín” va olvidando el gusto por todo. Los sentidos se difuminan ya casi por completo. Los placeres terrenales, de los que tanto disfrutó, ya no están aquí, en este cuerpo, en este plano, en este hilacho de hombre que aún tiene la fortaleza de mil gigantes, al grado que literalmente truena a cuatro enfermeras y a cuatro familiares.  

   Nadie puede seguirle el paso a ese hombre necio que vive sus últimas horas. Nadie.  

*** 

Todo se basa en engaños para que “Pucho” alivie un poco sus dolencias. Un vendaje descomunal para que no se arranque las sondas del suero. Un cuento mal contado para que crea que todavía viven sus hermanas y hermanos Eloísa, Miguel, Salvador, Luis, Octavio y Luisa.  

Una historia inverosímil para animarlo a tomar sus medicinas, sus líquidos, su comida, y luego poder visitar a la abuela Guadalupe, que murió en 1970, y al abuelo Mónico, que murió en 1967, a Villa del Carbón. 

   Un mensaje animado en fotos color sepia de los abuelos diciendo que “Pucho se tome sus medicinas, sus alimentos y que beba mucha agua para que venga a vernos”.  

   Mónico iluminaba sus ojillos desorbitados y lanzaba besos a la pantalla del teléfono móvil: “¡Mamá!” “¡Papá!” “¡Qué hermosos!” 

   El intento de obedecer a los abuelos. El rechazo inmediato. El dolor intenso en encías, lengua, garganta y faringe. El escupitajo de lo que entraba a su boca y el quejido hueco, intenso, doloroso. “¡No!” “¡No!” “¡No!”  

   El rostro de angustia, de miedo, de hartazgo. La advertencia de médicos y enfermeras de regresar al hospital si avanzaba la deshidratación. El fantasma del hastío, del delirio por estar fuera de casa. Las sobras de un hombre que no duerme días y noches completas. 

   La decisión de mantener a Mónico en casa. No más sufrimiento inútil. No más sondas y canalizaciones de tres horas para buscar venas que ya no existían. No más encierros alucinantes. ¿Y las medicinas? ¿Por qué no otro engaño? 

   Hay una obsesión por colocarse y removerse las dentaduras postizas. Es lo único que soporta en la boca. Las batallas a muerte y, en su trance bíblico, dice que alguien le tiró los dientes en una pelea. Dolores guarda esos pedazos de cerámica y plástico como un tesoro. Mónico quiere esas dentaduras más por estética que por uso cotidiano.  

   A esos artefactos quiméricos les faltan las últimas muelas. Ahí, en esos espacios, se le colocan las medicinas, todas trituradas, todas pasadas por unas gotas de xilocaína para hacerlas una plasta uniforme y luego colocarlas en esos huecos. La fórmula funciona a medias.  

   Mónico necesita agua y comida. Mónico ya no puede sostenerse con engaños. 

*** 

Fue un gol memorable. Fue el último. Fintó a la izquierda, luego a la derecha. Lanzó potente y metió la pelota amarilla en la horquilla.  

   Marifer era de su equipo. Yo cuidaba el arco. Faltaban unas quince horas para sus últimos estertores. Tenía que irse con la gloria en las manos. Como en los viejos tiempos. Salir en hombros. Escuchar su nombre coreado por la multitud. Dar la vuelta olímpica. Levantar la copa. 

   Fue un ariete puntilloso hasta el final. Por eso su mote de “El Faroles”. Sonrió con esa mueca única que solía hacer en los últimos días…  

   Y levantó el brazo izquierdo al aire, como Pelé festejaba sus goles, como aprendió en esas horas a decir “campeón”. 

*** 

A las seis de la mañana del jueves 9 de abril un colibrí de tonos parduzcos aleteó unos cinco segundos frente a mi rostro, a unos cuarenta centímetros de mis ojos.  

   Luego otro picaflor de pecho verde se colocó junto al otro colibrí. No lo dudé un segundo: eran “Pucho” y “Cacha” para avisar que todo está bien. 

   Cuando mamá me avisó que Mónico había fallecido hacía unos minutos, Camila y yo bajamos corriendo las escaleras. Le besé la frente y las mejillas a un hombre que siempre enarboló el amor y la honestidad.  

   No sé por qué razón, pero sus poros desprendían una de las fragancias más maravillosas que he olido. No sé si era la mezcla de las sobredosis de medicamentos de los últimos años.  

   No sé si la tranquilidad y el placer que le provocaron esas tres masturbaciones, unas horas antes de morir, generaron una química única, exquisita, extraordinaria. 

*** 

El grito de las chicharras anuncia un día de sol inclemente en Tepoztlán. Y lo es. Los gallos todavía cantan su pena calcinante a las seis de la tarde. El calor no cede. Atrás, en el pico del Tepozteco, el fuego continúa consumiendo árboles secos y pastizales.  

   Los perros comienzan a ladrar a las ocho de la noche, en el ocaso, y ya no paran hasta la madrugada. La bóveda celeste parece latir en esta noche sin nubes…  

Y ahí está Mónico, en cada cosa, en cada sonido, en cada silencio, en cada guiño, en cada palabra, en cada movimiento…

@RivelinoRueda 

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