Potam: la lucha interminable del pueblo yaqui por su territorio e identidad

Fotos y texto: Rivelino Rueda/Enviado

POTAM.— La tierra huele a vasija húmeda, resquebrajada por el viaje, a lluvia estelar, a sol perpetuo, a luna maternal. Huele a tiempo, a escasa sombra y a guerra permanente; a sangre de la leva y de la ignominia; a destierro y a lucha milenaria, a ladrillo de adobe y a mar en retirada.

En el corazón de la Nación Yaqui habla la fuerza del polvo; del árbol suspendido en el cosmos; de las cruces astilladas, clavadas en el corazón del universo; de los montículos abstractos de polvo fino, sediento, salitroso.

Nada doblega al yaqui. Los surcos en los rostros de los más viejos hablan de la historia de un pueblo en perenne rebeldía, en permanente persecución, en constante estado de alerta. La mujer yaqui es una figura imponente, un roble en medio del desierto, una monumental piedra de río en silenciosa actitud de vigía.

El niño yaqui sonríe entre pies agrietados, entre botas tiznadas de arraigo, con los labios y las lenguas verdes y rojas del hielo purificador del limón o la grosella.

Sus ojos brillan en un firmamento de azul intenso, y aprietan el polvo con sus pequeños puños, y lo espolvorean al cielo… Y evocan con sus rostros firmes, con sus pequeñas espaldas anchas de guerrero, aquellos tiempos de cólera y destrucción, de duelo y vergüenza.

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A unos metros el casco de una iglesia medieval, enorme, de un oscurísimo café, de lúgubres ventanales tapiados con malla negra.

El frontis con la modernidad de la lámina de zinc, de color verde, y de frente un pasillo de polvo, de partículas suspendidas en el tiempo eterno y etéreo de una bóveda celeste, y al final un monolito coronado por una cruz blanquísima.

Más allá, la Sierra de Bacatete, y detrás, la Bahía de Guaymas, el punto donde empezaba el abominable etnocidio del régimen porfirista a principios del Siglo XX, donde la defensa de la tierra; de la identidad; del jiak nokpo; del yoreme, del sapo Bobok; de la independencia yaqui; de la bandera azul cielo, blanco y rojo, coronadas con la cruz negra, las estrellas, el sol y la luna, orillaron a este pueblo a una guerra fratricida con los esbirros del dictador.

Y de ahí al destierro, al despojo, al desarraigo, a la esclavitud en las haciendas del henequén en Yucatán, a tres mil kilómetros de distancia de su cosmos, de su universo, primero en barco a San Blas, Nayarit, y de ahí en tren al Puerto de Veracruz, y de nuevo en transporte marítimo a Progreso, Yucatán, y ahí el grillete, el látigo, el hambre, el sometimiento, la humillación.

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El periodista John Kenneth Turner resumió así este etnocidio, este apocalipsis yaqui, en el libro México bárbaro, en 1910:

“El secreto que está en la raíz de todo el problema yaqui me fue revelado y resumido en pocas palabras por el coronel Francisco B. Cruz, del ejército mexicano, en una de las más importantes entrevistas que celebré durante mi estancia en México.

“Durante los últimos cuatro años, este oficial ha tenido a su cargo la deportación de todos los yaquis a Yucatán. Tuve la suerte de tomar pasaje en el mismo vapor que él al regresar de Progreso a Veracruz. Es un veterano del ejército, corpulento, agradable, conversador, de unos sesenta años. La gente de a bordo nos destinó el mismo camarote, y como el coronel tenía algunos pases del gobierno que esperaba venderme, pronto entramos en el terreno confidencial.

“–Durante los últimos tres años y medio –me dijo–, he entregado exactamente en Yucatán quince mil setecientos yaquis; entregados, fíjese usted, porque hay que tener presente que el gobierno no me da suficiente dinero para alimentarlos debidamente y del diez al veinte por ciento mueren en el viaje. Estos yaquis –continuó– se venden en Yucatán a sesenta y cinco pesos por cabeza; hombres, mujeres y niños. ¿Quién recibe el dinero? Bueno, diez pesos son para mí en pago de mis servicios; el resto va a la Secretaría de Guerra. Sin embargo, esto no es más que una gota de agua en el mar, pues lo cierto es que las tierras, casa, vacas, burros, en fin, todo lo que dejan los yaquis abandonado cuando son aprehendidos por los soldados, pasa a ser propiedad privada de algunas autoridades del Estado de Sonora.

“De manera que de acuerdo con lo que dice este hombre, que ya ha logrado para sí una fortuna de por lo menos $157 mil en este negocio, se deporta a los yaquis por el dinero que produce la maniobra: primero por el dinero que da la apropiación de sus bienes, y segundo por el dinero obtenido con la venta de sus personas. Me aseguró que las deportaciones no cesarían mientras no se hubiera ganado el último centavo en el negocio. El grupo de funcionarios que se ha alternado en el gobierno de Sonora durante los últimos veinticinco años se cuidará de eso, agregó”.

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Potam es luminoso, extremadamente luminoso en la canícula de abril. El aire brilla como si millones de luciérnagas iluminaran este enclave de los ocho pueblos yaquis de Sonora.

Los insectos fluorescentes se posan en el panteón sin cercas, sin mallas, sin bardas. Cada sepultura florece con una cruz. Por aquí verde, por allá rosa, más allá azul, rojas de este lado, blancas y amarillas a la vuelta de la iglesia medieval.

Un montículo delimita el puente entre uno y otro muerto. La silueta de polvo incandescente determina si es un adulto, un adolescente o un niño.

Son los ancestros que ofrendaron su sangre en la conquista, en la Guerra del Yaqui, en la Batalla de Mazocoba, en el etnocidio porfirista, en el regreso a casa (a pie) desde Yucatán, en la lucha actual contra el Gasoducto de Noreste y contra el ecocidio y envenenamiento de las mineras.

Las astillas de esas cruces de camposanto son filosas, perceptiblemente filosas. Unas tímidas nubecillas se rinden pronto ante el sol calcinante que cae sobre la Nación Yaqui. Algunos jóvenes, mujeres y hombres, se esconden bajo las insípidas sombras de los árboles, casi troncos, que crecen entre las tumbas.

Y allá abajo los difuntos todavía paladean el agua del Río Yaqui, servida en sus vasijas húmedas, para llegar a tiempo a la cita con sus ancestros, los altos y fuertes mujeres y hombres de madera curtida que, día a día, desde tiempos inmemoriales, defienden esta tierra y la identidad de los suyos.

 

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