Un poco de hilo para bordar la confianza. Las desigualdades de los terremotos de septiembre

Por Alejandra Rojas Sebastian

 

El pasado 7 de septiembre tembló en las costas istmeñas de Oaxaca. Del sismo de esa noche se han registrado más de 5 mil réplicas. Comunidades como Santa Rosa de Lima, cuna de mujeres bordadoras, que dependen del centro económico de Juchitán, se han paralizado al desplomarse el centro, el turismo y el acercamiento a los recursos básicos para las personas en la zona de Tehuantepec.

 

Mientras que en la Ciudad de México no pasaron más de 8 horas cuando en redes sociales, mensajes por whatshapp, llegó la imagen del perro con bolillo entre las patas. Hicimos mofa del susto de la media noche. El día de suspención sirvió para saber de nuestros familiares y, de paso, aligerar con memes la preocupación o el susto.

 

Doce días después, la misma comunidad en cualquier red social pedía que  no hicieramos de la tragedia una comedia.

 

No vi ningún meme que hiciera mención del sismo en la Ciudad de México. Era la preocupación de los estragos que dejaba el movimiento telúrico nuevamente.

 

Las colonias Roma, Narvarte, Condesa, Del Valle, entre otros barrios que son los más viejos de la ciudad, fueron los que vivieron los estragos del 7.1 que desplomó edificios.

 

La mirada de la catástrofe, desde días antes con el temblor en la zona sur de la República, donde los estados de Oaxaca y Chiapas, que estadísticamente son los más pobres, vivían los estragos de la naturaleza, no despertaron tal preocupación.

 

Incluso las comunidades cercanas al epicentro del segundo sismo que golpeaba al país, en las colindancias entre Morelos y Puebla, fueron zonas casi olvidadas por preocuparnos por el ombligo de la República. En la propia capital, tan solo Xochimilco, que es la parte rural, que poco se conoce de la gran ciudad y que tanto la cobertura de los medios se fueron focalizando cada día en cascada.

Primero el colegio particular, que entre la tragedia tocaba la sensibilidad de los mexicanos por ser niños atrapados en escombros, con una cobertura de más de 12 horas, hasta la poca o casi nula visibilidad del epicentro real en San Juan Pilcaya, en Puebla donde el 85 por ciento duerme entre ruinas.

 

La mirada centralista es evidente, sobre todo cuando la misma desgracia se vive de diferente manera en la misma República y desde la misma enmarcación capitalina.

 

La cobertura de los estados de Oaxaca y Chiapas fue disminuyendo por parte de los medios y los destellos hacían reaparecer por los escándalos en redes sociales.

 

La esposa del “Güero” Velasco aparecía despeinada, pero con ganas de apoyar a la gente. Esa era su intervención periodística ante la pérdida de su único patrimonio que tenían los lugareños de estas zonas.

 

Puede explicarse porque Oaxaca y Chiapas son los estados con mayores problemas de desigualdad con respecto a su número de habitantes, y que en comparación con la Ciudad de México, que para el 2016 fue el principal motor económico de México, pues por sí misma la capital aportó una tercera parte del crecimiento nacional de la economía en el país, de acuerdo a las estadísticas del INEGI, es decir, que aun juntos los estados producen menos que la propia capital.

 

El epicento del sismo del pasado 19 de septiembre se localizó al sureste de Axociapan, Morelos, que colinda con el estado de Puebla.

 

Mientras en las noticias locales del estado de poblano se reportaban las afectaciones a la capilla de Cholula (reconocido como Pueblo Mágico), de Lomas de Angelópolis  y aledaños (zona recidencial y comercial), Puebla representa junto con la Ciudad de México y el Estado de México el  25 por ciento del PIB en el país. Por su parte Morelos aporta el 1.1 del PIB nacional.

 

Entonces ¿la preocupación nacional se mide por las capacidades económicas de las zonas, pues entre más afecte a la economía del país mayor será la preocupación de salvar vidas, de apoyar en la reconstrucción de los lugares y de recuperar su único patrimonio de las personas que fueron afectadas por el sismo?

Las delegaciones, dentro de la misma ciudad, también están limitadas a las aportaciones económicas, pues en una comparación de las aportaciones como municipio. Por ejemplo, la delegación Miguel Hidalgo, que tuvo 14 derrumbes parciales, tiene una producción per cápita 208 veces mayor que Milpa Alta, delegación aledaña tanto de Xochimilco como de Tláhuac, que tuvieron afectaciones.

 

En un estudio también las delegaciones Cuahutémoc, Cuajimalpa de Morelos, Benito Juárez, Álvaro Obregón y Coyoacán son los municipios que dejan mayor ingreso al país y las que fueron las más afectadas por el sismo.

 

Incluso en materia de construcción, en el 2016 se considera que los sectores de construcción y comercio eran las más altas en la década. Estas mismas delegaciones en conjunto registraron 25 edificios colapsados por el sismo y 74 que registraron derrumbes parciales.

 

358 municipios se han declarado en zonas de desastre. Entre ellas las regiones del Istmo de Tehuantepec. Puebla con 33 municipios con daños severos y que se encuentran alejados de la capital, y 33 más en el estado de Morelos. Con las mismas péridas económicas, como las bordadoras de la zona istmeña, la fuente económica de los canales en Xochimilco, entre otros más de cada zona específica.

 

Ninguna tragedia es más o menos trágica. Los recursos para la atención de emergencias deben llegar sin sesgo politizado, como lo exigió la presidenta de Juchitán.

 

Las diferencias en las aportaciones económicas de cada estado se crean desde encasillar a los estados y delegaciones en la Ciudad de México.

 

Las décadas de los 50 no se han superado. La Ciudad de México concentra la generación de empleos por las empresas que existen. Los estados pierden sus fuentes de desarrollo desde las universidades, que en crisis como estás despuntan problemas más grandes como políticos, sociales, culturales y económicos.

 

La Ciudad de México necesita reactivar su economía, pero los pobladores de comunidades también necesitan recuperar su único patrimonio, una pequeña casa y su trabajo jornalero en las lejanas tierras de la capital, o conseguir un poco de hilo para bordar la confianza de no perder el apoyo al paso de los días, desvaneciéndose lentamente en el imaginario de que alguna vez se nombraron sus nombres en la lista de quien sigue esperando ayuda, porque el desastre no ocurre en una ciudad sino en los miles de damnificados humanos que lo padecen.

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