Peña Nieto: la fobia y el terror a los chilangos

Por Rivelino Rueda

Fotos: Edgar López

4 de diciembre de 2016.- Era el 11 de mayo de 2012. Enrique Peña Nieto vivió una verdadera pesadilla en la Universidad Iberoamericana. El candidato presidencial del PRI tenía un semblante de profundo miedo, ese miedo que se nota en las personas que se sienten acorraladas, esperando lo peor. Daba instrucciones a su personal de seguridad, pero en ellos también se observaba pánico, terror.

Las cosas estaban fuera de control en el momento cumbre de la campaña presidencial de hace cuatro años y medio. La mayoría de las encuestas (oficiosas y oficialistas) lo ponían de 12 a 18 puntos por arriba de sus más cercanos contendientes. El exgobernador del Estado de México nunca esperó un evento como este.

Un puñado de jóvenes universitarios de clase media y media alta desnudaba a un político que se hacía pasar por tolerante, democrático, plural y cercano a la gente. Un político que decía formar parte de una nueva generación de servidores públicos emanados del otrora partido hegemónico, que en ese momento llevaba 12 años sin el poder presidencial.

 

 

Nada de eso. La respuesta ante la represión en Atenco, cuando era gobernador, demostró que México no estaba ante un “nuevo PRI”, sino que el país avanzaba irremediablemente hacia una regresión de medio siglo. Las palabras del mexiquense así lo confirmaban:

“Sin duda dejé muy firme la determinación del gobierno de hacer respetar los derechos del Estado de México. Tomé la decisión de emplear la fuerza pública para mantener el orden y la paz… los incidentes se sancionaron… la acción fue en legítimo derecho de usar la fuerza pública para restablecer la paz y el orden…”, lanzó Peña Nieto ante un auditorio encolerizado.

 

Desde ese momento el mexiquense no sólo dio pie al surgimiento del Movimiento #YoSoy132, que se convirtió, desde la Ciudad de México, en la punta de lanza para la caída libre de Peña Nieto en las preferencias electorales, sino que a partir de ese momento inició la silenciosa resistencia de una plaza (históricamente opositora al PRI) que, el 1 de diciembre de 2012, observó sigilosa y enmudecida su asunción como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.

 

El rencor continúa luego de cuatro años. Ni el mexiquense se ha aventurado a realizar actos públicos en la capital del país, ni los chilangos han dado muestras de hacer las paces con el priista.

***

fa-penanieto

Las cifras son contundentes y reveladoras. El estado que más ha visitado Peña Nieto en sus cuatro años de gobierno (no podía ser de otra manera) es el Estado de México. La plaza en donde ha tenido menos eventos públicos es la Ciudad de México, plaza que –podrá decirse– es su peor pesadilla.

Si bien es cierto que el mexiquense despacha desde la capital del país y que continuamente realiza actos en los amurallados e inexpugnables recintos de la Residencia Oficial de Los Pinos y en Palacio Nacional (nadie pasa si no comprueba su ferviente peñanietismo, aunque se les han colado algunos espontáneos), no existen referencias sobre un acto público y al aire libre en algún punto de la Ciudad de México, a pesar de que el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, ha demostrado ser uno de sus principales aliados.

De hecho, el mexiquense hasta tuvo que cancelar un evento en la Universidad Panamericana (UP), su alma mater, el 17 de abril de 2015, debido a las manifestaciones de inconformidad de los estudiantes que, desde cinco días antes, fueron informados que se suspenderían clases por la visita del mandatario, así como por la inevitable y tradicional “toma y aseguramiento” de cualquier instalación que visite el presidente por parte de elementos del Estado Mayor Presidencial (EMP).

El recuento es interminable. Pero uno de los hechos más bochornosos por los que ha tenido que pasar Peña Nieto se dio el pasado 15 de septiembre, durante la conmemoración del Grito de la Independencia en la Plaza de la Constitución.

En medio de un Zócalo tomado por fuerzas de seguridad federales y capitalinas, así como por elementos del ejército, el gobierno federal determinó “acarrear” a miles de personas provenientes de distintos municipios del Estado de México para “dar la impresión” de que la convocatoria había sido exitosa, pero sobre todo que Peña Nieto “todavía llena plazas”.

La realidad fue otra. Distintos fotógrafos comenzaron a subir a redes sociales desde la tarde de ese día placas de los cientos de autobuses que transportaron a los asistentes al Zócalo; de las indignantes revisiones a mujeres y niños en los arcos de seguridad instalados en las calles adyacentes a la Plaza de la Constitución; de los grandes “huecos” en la plancha de concreto del corazón político del país; de las protestas de inconformidad cuando Peña y su familia se asomaron al balcón central de Palacio Nacional…

“La Ciudad de México no es Toluca, ni mucho menos Atlacomulco”, decían algunos asistentes.

***

fa-penanieto2

Faltan seis horas para la ceremonia del Grito de la Independencia y, desde el Ángel de la Independencia, avanza una nutrida marcha denominada #RenunciaYa, la cual fue convocada desde redes sociales para exigir la dimisión de Enrique Peña Nieto. El contingente es detenido frente a Bellas Artes por una muralla de granaderos de la policía capitalina. No se puede ir más allá.

Cruzando Eje Central el ambiente recreado para el presidente no es el de la Ciudad de México, esa plaza permanentemente inconforme que tanto detesta el mandatario, sino el de cualquier municipio del Estado de México.

Pero el priista puede presumir que fue el personaje que motivó la primera marcha organizada desde las redes sociales, en plena campaña presidencial de 2012. El episodio en la Universidad Iberoamericana, el surgimiento del Movimiento #YoSoy132, el descarado e infame control de medios tras los hechos en el campus universitario de Santa Fe, provocaron una gran movilización chilanga que partió del Zócalo a la Victoria Alada de Paseo de la Reforma.

“Ellos tienen los palacios, nosotros las calles”, rezaba una pancarta en la protesta del 1 de diciembre de 2012, cuando Peña Nieto asumió el poder en medio de severos enfrentamientos entre fuerzas de seguridad y jóvenes “anarquistas”, primero en las inmediaciones de la Cámara de Diputados, y por la tarde desde Bellas Artes hasta el Monumento a Cuauhtémoc, en el cruce de Reforma e Insurgentes.

Y así fue. Desde su primer día de gobierno el presidente se atrincheró en Los Pinos y en Palacio Nacional. Ambos edificios en la capital del país, cierto, pero en recintos completamente ajenos a la realidad chilanga de todos los días.

Desde ahí el presidente ha seguido movilizaciones históricas, ya sea en contra de él o en contra de sus reformas estructurales, que van desde las multitudinarias marchas tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa (donde destacaron las del 20 de noviembre y 1 de diciembre de 2014), hasta las protestas de miles de maestros disidentes de la reforma educativa, sobre todo tras los hechos en Nochixtlán, Oaxaca.

Peña Nieto terminará su sexenio con un recuerdo especial hacia las tierras chilangas y hacia sus habitantes. Recordará sin duda esta plaza por no haberla conocido nunca en esos seis años, por no haber recorrido sus calles con tranquilidad, por ser el principal bastión de protesta ante sus acciones de gobierno…

Pero también porque los capitalinos tienen esa extraña enfermedad que se llama “memoria” y porque sus habitantes consideran que en esta regresión de medio siglo hay muchas cuentas pendientes con un presidente que se asumió, sin serlo, como parte de la “nueva generación de políticos” en México.

 

Related posts