Ocaso anónimo

A Tía Eloísa

Por Rivelino Rueda

I

Yo me oculto. La metralla llueve y en todos los rincones me siento vulnerable. Mis zapatos se pierden entre la muchedumbre que corre al encuentro de la muerte. Los pies me cosquillean por el escalofrío que producen los charcos de sangre caliente…Sangre que se mete entre mis dedos, que se transforma en llaga al subir a mi vientre, que arrastra el dolor por las ruinas de esta Plaza.

Tú eras el que ayer gritaba en las calles, el que repartía volantes y el que pintaba bardas. Tú soñabas un cambio y luchabas por lograrlo. Despertabas en las aulas de la Universidad o en el automóvil de algún compañero. Tú viste amaneceres en celdas y lloraste crepúsculos de afrenta. Tú, aquel que tenía la frente abierta por un culatazo. Tú, el que hacía del autobús hoguera y de la hoguera barricada. Tú, con tu gesto alegre e inocente…Tú, joven estudiante.

Él miró con sus ojos de niño al obrero, al médico y al campesino. Buscó en aquellos rostros agrietados algún signo de vida. Trató de sacudirse el sol con sus pequeñas manos y explicarse el porqué de aquellos puños de aceite y tierra. El porqué de esos overoles sucios, de estas batas almidonadas y el porqué de esos calzones de manta. Él bajo la cabeza y observó sus pasos, su pequeño andar. Cerró los ojos y apretó la mano de su madre. Sintió la humedad de sus venas y su lento palpitar…Alcanzó a percibir los últimos gritos, cada vez más lejos, cada vez más ciertos…“¡Vallejo!” “¡Vallejo!” “¡Campa!” “¡Campa!” “¡Justicia!” “¡Justicia!” “¡Libertad!” “¡Libertad!”

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II

Yo tropiezo de nuevo con un cuerpo que besa la Plaza. La pólvora me pica la nariz. Me inyecta los ojos. Escucho alarido y llanto. Continúo corriendo, protegiéndome del odio y de la afrenta. Veo a hombres con manos de marfil, empuñando la razón de su sistema. Mi piel se frunce al escuchar el plomo que se clava en paredes, vidrios y cuerpos. Los “Juanes” disparan con rabia y rasgan con bayoneta. Las primeras gotas de lluvia caen sobre mi rostro…Las primeras gotas de sangre caen con una luz de bengala.

Tú fuiste el hijo de la “paz social”, del “desarrollo estabilizador” y de la “Revolución triunfante”. Pero tú viste sangre en vez de pan. Tortura en lugar de justicia social. Tú no querías seguir siendo parte de un sistema corrupto y asesino. Por eso tú levantabas la voz en Reforma, en Insurgentes, en el Zócalo, en Ciudad Universitaria, en el Casco de Santo Tomás. Tus brazos se extendían al cielo y aplaudías, y cantabas…bailabas y reías…también llorabas…Eras joven. Era tuya la libertad.

Él escuchaba estupefacto la radio y su estómago se contraía al leer los periódicos. Sabía que no era cierto lo que decían de aquellos hombres de rasgos labrados en la injusticia. Él sabía que no era verdad, que la prensa mentía, que la voz amenazante de la radio tenía un tono falaz. Él acarició la tinta del periódico y percibió el aroma de la imprenta…Vio al soldado aplastar, al pueblo sangrar y a un presidente que no dejaba de viajar.

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III

Yo soy presa fácil. Corro sin dirección. Trato de encontrar una salida pero, en esta tarde de octubre, el aire es de fuego y de veneno. Volteo a la iglesia de Santiago Tlatelolco y sólo observo militares. Por San Juan de Letrán se acercan varias tanquetas. No sé si mi sudor se fundió con el miedo o si el miedo tiene olor a sangre. No siento mi brazo izquierdo, no siento dolor, mis pies ya no tocan el piso. Sólo observo mi cuerpo bañado en rojo, un rojo casi negro. Yo estoy tendido en la Plaza de los sacrificios y el pedernal desciende lento, paternal…tratando de ocultar su crimen.

Tú seguirás la lucha, porque sabes que la herida es costra y la costra cicatriz, la cicatriz huella y la huella recuerdo. Tú sabes que el otoño del 68 se llevó la hojarasca del miedo generacional. Sabes que esa hojarasca nutrió nuevos sueños; alimentó nuevas esperanzas de democracia, justicia y libertad…Tú, hoja seca arrastrada por vientos de cambio. Tú, marcha del silencio. Tú, Consejo Nacional de Huelga. Tú, Zapata y Che Guevara. Tú, Heberto Castillo y José Revueltas. Tú, con tu mano en señal de victoria. Tú, presos políticos y tú, “disolución social”…Sólo tú y tu tiempo…Sólo tú y la bandera que se mece con los nuevos vientos.

Él se asomó por la ventana. El niño le dio paso al joven de ideas fuertes y sueños utópicos. El sol bañó su cara de adolescente y enrojeció sus pómulos hundidos. Él y su recuerdo de represión a obreros. Él y su impotencia ante el asesinato de Jaramillo. Él y su juventud. Él y la autonomía de su Universidad. Él se dio media vuelta y tomó el volante que invitaba a la marcha del 26 de julio, “en apoyo a los estudiantes del Politécnico, brutalmente reprimidos por granaderos tres días atrás”. “Hoy es el XV aniversario del inicio de la Revolución cubana”, dijo para sus entrañas.

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IV

Yo estoy recostado sobre un charco de sangre. Es tibia y pegajosa. Creo que es mía porque su olor me es peculiar. No sé si la muerte nos hace los sentidos más sensibles, pero estoy seguro que esta es mi sangre. Ha caído la noche y me siento solo. Percibo el ruido de sirenas, gritos y metralla que no cesa. Recuerdo la represión a ferrocarrileros cuando era niño. Pienso si algún día este crimen será olvidado…Si algún día seremos recordados. Tengo frío y estoy cansado. Llueve. Creo que la muerte es helada…creo que verdaderamente agota.

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