Por Leonardo Tenorio
Pese a tener en contra a casi toda la televisión, la radio y el periodismo impreso, duro y dale diariamente, desalentando la participación ciudadana, la elección del domingo primero de junio de 2025 convocó a 13 millones de ciudadanos que acudimos a las urnas para ejercer nuestro derecho al voto.
Para los opositores al gobierno, naturalmente, la cifra es baja, insignificante, insuficiente para la legitimación del nuevo Poder Judicial, cuya integración ya estamos conociendo.
Como votante, los intentos de descalificación de la jornada de ayer me parecen irresponsables e insensatos, y como ser humano, simplemente lamentables, pues anuncian la intolerancia y el atrincheramiento ideológico por venir.
Políticamente, esta actitud es, sin embargo, un error indudable de los opositores al gobierno y de todos los medios que así proceden en abierto ejercicio de nado sincronizado: no valorar el gesto de una ciudadanía que se presenta a las urnas, y salir a ofenderla, ninguneando su esfuerzo, es, en cualquier lugar una profesión de fe autoritaria. No me parece una postura muy ad hoc a los tiempos actuales. No a los tiempos de México.
Nunca había escuchado, en la víspera de una elección, que la gente dijera: «me tengo que poner a estudiar para ir a votar». Este es un triunfo contundente de la elección de judicial, y es también un triunfo de la democracia deliberativa, definida en la Enciclopedia Británica -fue lo primero que me apareció en Google– como una “escuela de pensamiento en la teoría política que afirma que las decisiones políticas deben ser producto de un debate justo y razonable entre los ciudadanos.”
“En la deliberación -añade-, los ciudadanos intercambian argumentos y consideran diferentes reivindicaciones diseñadas para asegurar el bien público. A través de esta conversación, los ciudadanos pueden llegar a un acuerdo sobre qué procedimiento, acción o política producirá mejor el bien público.
“La deliberación es una condición previa necesaria para la legitimidad de las decisiones políticas democráticas. En lugar de pensar en las decisiones políticas como el agregado de las preferencias de los ciudadanos, la democracia deliberativa afirma que los ciudadanos deben llegar a decisiones políticas a través de la razón y la recopilación de argumentos y puntos de vista en competencia…
“Con respecto a la toma de decisiones ciudadanas individuales y colectivas, la democracia deliberativa cambia el énfasis: del resultado de la decisión, a la calidad del proceso.”
En mi casa, los primeros en salir a votar fueron mi madre, mi tía y mi primo. Entre los tres suman casi dos siglos y medio de experiencia de vida. “Suficiente para tomar buenas decisiones”, pensé.
En mi casilla, aunque había paridad entre los funcionarios electorales, votando había casi puras mujeres, y me dio gusto advertir que había bastante socialización y hasta unos cuantos niños jugando en el patio.
Al llegar había dejado mi bici recargada en una jardinera, sin cadena ni candado. Así que al terminar de votar, salí, la tomé y me fui.
La falta de propaganda, la ausencia de partidos (y periodistas), y hasta la misma comodidad (casi diría placidez) del voto, ante una concurrencia moderada a las urnas y un clima deliciosamente veraniego, hizo que la jornada electoral se convirtiera en una especie de oasis.
Guiado por esa irresistible impresión, saliendo de la casilla me dirigí a las albercas de San Lorenzo Teotipilco, donde me sumergí un par de veces.
Por la tarde, traté de informarme en redes sobre el desarrollo de la jornada, y por la tarde-noche, escuchando analistas en Youtube, percibí que el mensaje sereno, pacífico, altamente político, que había emitido la ciudadanía durante la jornada, había sido escuchado y compartido por la legión de periodistas críticos que están tratando de formar una opinión pública más respetuosa, lo cual me dio mucho gusto.
Ya después, por la noche y al día siguiente por la mañana, me acerqué a la televisión…
Es muy difícil participar (desear hacerlo) en un debate que se presenta en tales términos de grosería.
Para restarle valor político e histórico a la elección judicial, el argumento de la baja participación (en el mejor estilo de la tiranía del dígito) resulta insuficiente, precisamente por las características cualitativas del ejercicio democrático en el que participamos (tras un debate público nutrido, intenso y documentado) cumpliendo así no sólo nuestro deber, sino también nuestro placer ciudadano.
Pese a todo -pensé al día siguiente, mientras me sumergía nuevamente en las frías aguas de San Lorenzo, bajo el sol inclemente de Tehuacán- puede que el número no sea tan ocioso, pues como sabemos, el 13 era un número místico para diversos pueblos antiguos de México.
Los mexicas, por ejemplo, según pude corroborar rápidamente en un artículo de El Sol de Poza Rica: “se asientan en determinado lugar, fundan, construyen y abandonan una ciudad, precisamente bajo el número 13”.
Por algo un muy buen escritor colombiano, Germán Arciniegas, exhaustivo conocedor de nuestro continente, al que ni siquiera podemos caracterizar como “comunista”, señaló, allá por los años cincuenta, con su lucidez habitual, que «el comunismo en la América Latina se abre camino en la gente común no por la interpretación materialista de la historia, sino por la mística, por la clandestinidad, por los planes de tantos años, por los números mágicos”.