Murió implorando por una gota de alcohol

Por Alison Flores

Foto: Edgar López (Archivo)

Escondía su botella en la seguridad que le daban las sombras. La escondía lejos. Muy lejos del que era su hogar, para que nadie se enterara ni la viera, para no  tener que verla él. Escondía la vergüenza de saberse débil, vulnerable, una sombra del hombre que alguna vez fue.

¿Alguna vez había sido feliz? No lo sabía.

Pensaba en lo que la felicidad debió haber sido mientras empinaba el codo hasta perderse.

Quizá fue feliz tan sólo un instante. Un instante tan lejano como fugaz, y había sido tan imbécil que ni lo había notado.

Entonces, bebía a sorbos largos y desesperados, buscando las respuestas en el fondo de una botella de tequila o de lo que fuera.

A veces, su tequila le sabía a olvido, a veces reconocía allí el regusto exacto de todas sus penas, amenazando con terminar con el hombre, con el ser.

Y de nuevo, entre los amargos tragos de lo que parecía una vida ajena, escuchaba la voz de quien alguna vez fue su gran amor. Lo llamaba, le gritaba exigiendo la vuelta de un personaje inexistente, de aquel que no conocía lo que era el miedo.

¿Cuándo había dejado de amarla?

Recordaba los días en los que ella había sido su vida entera. La recordaba hermosa y llena de vida, capaz de convertir un regaño en el más dulce de los comentarios, con una sonrisa capaz de iluminarlo todo. De iluminarlo a él.

De pronto la dulzura se fue. La mujer hermosa que amaba había sido sustituida por una intrusa, cuyas ojeras habían opacado sus ojos verdes y cuyos labios, antes suaves y llenos de un amor que no sabían expresar con las palabras, pues eran muy jóvenes, de pronto sólo eran dos líneas que sólo sabían gritar cuanta obscenidad se le ocurría, y toda su luz se había extinguido hace ya muchos años.

“¡Pendejo! ¡Entra a la puta casa!”, gritaba ella, y las luces de toda la calle parecían iluminarle el rostro, apuntándole a él y a su debilidad.

¿Alguna vez la amó?

Eso ya no importaba. Ahora sólo importaba que le temía, sí, le temía a estar con ella, con él mismo o con quien fuera, lo único que de verdad conocía era el amargo sabor de una calle que siempre le daba la bienvenida.

Lo único que él aceptaba era el alcohol, que aunque de rancio sabor y de provocarle el asco terrible de enfrentarse a su imagen en el espejo al día siguiente, era su amigo. Su único amigo.

Y en esos instantes en que el nebuloso espectro del deleite yacía en sus tragos, podía sentirse vivo, aunque anhelando ya los besos de una amante que no existía.

Veía a la muerte danzando, cual hermosa doncella, incitándolo a dejarlo todo, a callar sus penas y reunirse con ella en algún círculo alejado del infierno. Cantándole al oído para que escapase con ella, tendiendo sus brazos para acunarlo.

Pero era un sueño. Era un terrible sueño fomentado por un amigo cruel y por las esperanzas vanas. Ilusiones nacidas del miedo y la añoranza de lo que fueron años mejores.

Entonces lloraba y volvía a beber.

***

Meses después murió. Murió solo en un hospital. Frío, oscuro. Se sentía muerto antes de siquiera saber que la muerte iría a buscarlo. Vagaba entre sollozos lastimeros, buscando, siempre buscando.

Murió su cuerpo, sí, pero el hombre había muerto mucho antes.

Murió implorando por una gota de alcohol, escupiendo las maldiciones de una vida, mezcladas con su sangre y con su dolor.

Al recordarlo, su esposa soltaba una que otra lágrima, y entre ese llanto sutil, soltaba una ligera queja, mitad arrullo, mitad reclamo.

“Era un pinche inútil, pero nos hace falta”.

Le reclamaba a la ausencia, al espectro que el alcohol no se pudo llevar.

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