De migrantes, olores, sabores, gangas y tangas

Por Argel Jiménez

Grandes zonas del municipio de Tultitlán en el Estado de México suelen estar llenas de pobreza, violencia –que se traduce en balaceras, narcomenudeo y extorsión-  y hacinamiento por los inmensos fraccionamientos de interés social que trastocaron  la vida de dicho lugar, al seguir una política de expansión urbana la cual careció de una planeación adecuada.

Por lo menos alguno de sus habitantes ha sufrido o conoce casos de despojo de casas y terrenos por parte de gente que necesita donde vivir y que se les hace “normal” invadir propiedades ajenas.

Los caminos  que llevan a las entrañas de ese municipio también son usados por centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos. A pesar de estar lejos de las vías del tren, se les puede ver vagando por todo ese territorio.

En algunos caminos de mediano tránsito vehicular suelen reunirse grandes grupos de ellos. Piden a los tripulantes de los carros  que van pasando alguna ayuda. Muchos de ellos ya van preparados. Bolsas con naranjas, tortas, botellas con agua, ropa usada y dinero son recibidos con caras de sincero agradecimiento que se dibuja en su rostro y con palabras con ese acento centroamericano tan característico que tienen.

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Los ruidos de camiones de carga y tubos metálicos que se azotan en el suelo y que sirven para formar puestos ambulantes, son  los sonidos  que se escuchan una vez cada semana por la mañana en las calles de una colonia popular de Tultitlán.

Las amas de casa que normalmente dejan salir a sus perros a vagar por las calles saben que el día del tianguis deberán prohibir la salida de dichos canes para evitar algún incidente con los locatarios.

A las once de la mañana todos los puestos lucen instalados y, poco a poco, la gente se va haciendo presente a una de las manifestaciones sociales  que datan desde la época prehispánica.

Sobre calles con un asfalto derruido, bajo un viento gélido y un sol que no calienta, los productos de consumo humano de toda índole esperan a que las “marchantas”, “las señitos”, “las güeras”, “los jefes”, “los jóvenes”, “las reinas”, “los dones”, “las doñas”, “las madres” y “las madrecitas” escojan los que den mejores precios.

El otrora tianguis, que abarcaba siete cuadras desde hace veinte años, ahora se ha triplicado y por ende se escuchan más gritos que alertan a las personas que en ese puesto y solo en ese puesto se encuentran los mejores productos. Para que no quede duda de ello, dan una probada de lo que venden.

La música de moda se escucha a todo volumen en los cada vez menos puestos que venden discos. Al parecer ya no son tan buen negocio.

Son las dos de la tarde y el tianguis se encuentra en todo su apogeo. Predomina la presencia femenina. Van acompañadas con carriolas (que a la vez sirve de carritos de mandado), bolsas grandes (que soportan todo lo comprado), por alguno de sus hijos o con su esposo que les acompaña para cargar las compras mientras las señoras hacen cuentas y escogen lo mejor para los suyos.

Varios perros (la mayoría de silueta famélica) se pasean por todo el tianguis. Los diferentes tipos de olores ahí presentes que detecta su agudo sentido del olfato resulta un festín para ellos. Sin algún destino fijo a donde ir, se dejan llevar por los olores. Una que otra señora sale a buscar a su perro que se logró escapar  de la casa desde temprano. Pero ellos no hacen caso a los gritos de su dueña y se pierden entre la gente, los puestos y el bullicio.

Predominan los puestos de verduras y frutas que tienen de tres a cuatro metros de largo, con grandes montañas de productos que a lo largo del día irá bajando poco a poco.

Un puesto especializado en la venta de aguacate cuenta con dos grandes molcajetes en donde ofrecen un guacamole con totopos. El adolescente que está a cargo de su elaboración le echa la última pizca de sal y ofrece a todos los que pasan ahí cerca.

De entre toda la gente hay una que se distingue de la demás. La ropa sucia, mochilas rotas, la piel y el cabello con varias capas de tierra a cuestas deambulan por todo el tianguis. De sus labios secos y partidos salen súplicas por una moneda o un pan. A pesar de encontrarse a más de diez kilómetros de distancia por donde pasa “La Bestia”, los caminantes centroamericanos  apelan a la solidaridad de los habitantes de esos lares.

Productos como jabones, champú, pastas dentífricas, cremas corporales se ofrecen a precios más bajos que en las tiendas de autoservicio. Ninguno de esos productos lucen acomodados como en dichas tiendas. Todos están revueltos y cayéndoles los rayos del sol que apenas calientan el ambiente.

Los yogures y jamón, que viene en paquetes de medio kilo que se encuentran en refrigeradores de gran tamaño en puestos establecidos, aquí están sin refrigeración, más que la que ofrece el clima gélido. Con la fecha de caducidad ya borrada el vendedor anima a las personas  escoger diferentes sabores.

El camino se torna complicado por la aglomeración que hay en el tianguis. Si una carriola o un carrito de mandado se atoran en la infinidad de baches que hay en las calles, esto hace que se entorpezca aún más el transito humano.

Mientras se espera avanzar es posible escuchar las conversaciones de los vendedores. Uno de ellos que ronda la edad de los cincuenta años le dice a su chalán que debe de seguir estudiando y le pregunta: “¿O qué? ¿Quieres ser presidente?”

Los puestos de ropa nueva y de paca (nueva y usada) son examinados por todos los potenciales compradores. Si se llega a gozar de la confianza del vendedor se puede apartar la prenda o llevársela aunque le haya faltado dinero por pagar, siempre y cuando se comprometa a saldar dentro de ocho días lo restante.

La ropa de paca más cara cuesta a lo mucho cien pesos, que son las chamarras. Las blusas, camisas, y playeras tienen un costo de  cincuenta pesos, mientras que para los pantalones se tienen que desembolsar setenta pesos.

Cuando el encargado ve que la ropa se está acabando, manda traer una paca que terminará siendo una montaña de metro y medio. Los ahí presentes se ponen alerta para agarrar lo mejor que haya en dicho montón de textil. El dueño del puesto vigila que nadie se lleve nada sin pagar. Está justamente  en el centro del lugar donde se echará la ropa nueva.

Entre dos trabajadores vacían aquella ropa que apenas pueden cargar. Las señoras y señores se abalanzan buscando la mejor. Algunos se llegan a arrebatar las prendas sin que llegue a pasar a mayores.

En el puesto de playeras deportivas los héroes infantiles son los futbolistas de las ligas europeas. Las playeras de Neymar, Messi o Cristiano Ronaldo son las más solicitadas. Sin que muchos de ellos hayan visto jugar a dichos jugadores, piden a sus madres que hagan el esfuerzo de comprar la playera de imitación.

En alguna de las esquinas del tianguis hay un puesto de tangas  que están colgadas en un tubo con su respectivo gancho. Todas son del mismo color (plateadas con olanes rosa mexicano). Señoras y jovencitas buscan su talla. Por diez pesos el señor las guarda en una bolsa negra y regresa el cambio.

Después de un ir y venir de puesto en puesto, las amas de casa y demás compradores se disponen a saciar el hambre con la infinidad de antojos que ofrece el tianguis. Tacos gigantescos, huaraches igual de grandes, tlacoyos, quesadillas, pizzas, esquimos, donas, barbacoa, carnitas y mariscos son saboreados por los comensales que tienen a su lado las compras que les durará toda una semana.

Las bebidas alcohólicas ya son aceptadas en el tianguis. Los puestos de cerveza son atendidos por jóvenes que preparan de diferentes formas la cerveza, como micheladas o gomichelas, y quienes hacen gala de sus dotes de cantineros callejeros.

La otra bebida vendida es el pulque. Los curados de avena, jitomate y nuez que se encuentran en unos barriles de cristal son servidos en vasos de unicel que disfrutan ancianos y jóvenes.

Llegadas las cinco de la tarde se empiezan a desmontar los puestos metálicos. Los vendedores buscan rematar la verdura y fruta que les sobró. Los ruidos de los tubos tirados al suelo se escuchan en varias calles. Los diablitos con el cargamento sobrante pasan por todos lados. Los camiones y camionetas suben la mercancía sobrante y se empiezan a ir poco a poco.

Los perros empiezan a sentir el cansancio de todo un día de emociones y olores. Con sus ladridos exigen que se les abra la puerta de su casa, mientras los perros callejeros seguirán con su camino hacia ninguna parte.

Los barrenderos empiezan a juntar la basura que se generó en todo un día. Las calles polvorientas que en la tarde lucieron llenas de gente ahora quedan en silencio y con un fuerte frío.

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