Mi pequeño Broadway

Por Daniel Lara Hernández

No estoy seguro en qué momento fue que mis ojos comenzaron a grabar sus memorias en mi cabeza, supongo que nadie lo está. Además, me imagino que no se trata únicamente de un espontáneo quiebre entre la ausencia y la conciencia, sino que a cada quién le sucede de distintas maneras y en diferentes momentos. Sea como sea, hay postales que se adhirieron firmemente en mis evocaciones desde que puedo hacer mención de ellas.

Recuerdo siempre aquél pintoresco pasaje, con palmeras irguiéndose orgullosas cual gigantes con el cabello alborotado. En medio, un camellón, una isla más bien, rodeada, como cualquier otra isla, por agua.

Aquí quisiera hacer un pequeño paréntesis. Cuando era niño una de las palabras que más resonaban en mi cabeza cuando salía a la calle era “arroyo”. Cada que escuchaba a un adulto pronunciarla me era casi imposible separar el refrescante cuerpo acuático con la referencia al asfalto en donde circulan los coches.

Y es que tenía realmente mucho sentido para mí. Es decir, podría uno, con suficiente imaginación, pensar que se es una cebra o un ñu cruzando cautelosamente el “arroyo”, evitando los cocodrilos, o en este caso los coches, para llegar sano y salvo al otro lado. Además, los enormes cocoteros y el sol ayudaban bastante a fraguar mi fantástica idea.

En esta misma diagonal en donde se encuentra la isla siempre ha habido un barullo infinito de vida. Gran parte de esta algarabía ya sonaba desde antes de que yo naciera. Por ejemplo, la presencia de esas viejas y húmedas papelerías es un buen indicador para saber que te encuentras ante un baúl de historias. Porque cuando entras y observas con cuidado, podrás notar la gran cantidad de elementos con una carga de años importante.

Recuerden que estoy hablando de papelerías de antaño. De las clásicas. De las que todavía tienen en sus escaparates monografías de 1980. Don Paco es dueño de una papelería así, que por cierto lleva su nombre.

Don Paco es un personaje bastante singular. Como puesto ahí a propósito por algún cineasta que pretende filmar el folclor de la ciudad. Su cara no representa ninguna edad en particular, pero sus ojos aparentan haberlo visto todo.

Siempre ha sido un señor sencillo, risueño y bastante amable. Cada que iba a su papelería para comprar alguna cartulina, o un cuaderno, o algo así, me recibía con una simpática sonrisa, como si el vender algo le quitara un enorme peso de encima. Yo creo que siempre ha sido así. Incluso ahora. Pobre Don Paco, siempre eterno. Siempre caminando en círculos.

Una lotería, una estética, un banco, una mecánica y un pequeño café son otros de los atractivos de los que uno puede gozar alrededor de la isla. Pero hay otro caso muy particular. Digamos, Don Paco versión dos, pero con aún más morbo. Una perfumería. Y no, no estoy hablando de esas perfumerías que venden las marcas más reconocidas y tienen en sus ventanas a los modelos de Chanel o Hugo Boss. Hablo de una tienda de fragancias originales.

Aquí quisiera hacer una pausa y consultar con ustedes mis inquietudes. De lo contrario me voy a empezar a poner nervioso. Visualicen lo siguiente: Es Navidad y están felizmente reunidos con toda su familia. Eventualmente llega uno de los momentos más gratos de la noche, el intercambio de regalos. Y ustedes reciben entre sus manos una caja un tanto pequeña pero pesada.

Conforme van deshaciendo el colorido envoltorio se topan con que la siguiente capa, es decir, la caja, es un simple cartón blanco. Sin ninguna palabra, dibujo o referencia de lo que pueda llevar dentro. Entonces, intrigados, y ante la ansiosa mirada del familiar que les dio el curioso obsequio, abren la caja y sacan un contenedor, parecido a un matraz, con un contenido líquido de color amarillo dentro. “¡Feliz Navidad!”, les dice su familiar al tiempo que los abraza y les pronuncia lo siguiente: “Espero que te guste”. Díganme, ¿qué pensarían?

Bueno, pues esto es más o menos lo que vende el señor Armando, el dueño de la perfumería. Desde mis primeros años recuerdo su proceso del día a día. Llegar en su motocicleta roja, estacionarla en la esquina de la calle, vender matraces con contenido amarillo, subirse de nuevo en su moto e irse.

Pero lo mejor es que el fulano siempre tiene clientes. Y no exagero, pero hay veces que se pueden ver hasta seis personas en ese pequeño local esperando hacerse de uno de esos llamativos frascos.

Y aquí está el gol definitivo, el tres a cero. Un día, mi familia y yo viajamos a Londres. Al llegar a la fila de documentación del equipaje, unas tres personas más adelante, me pareció distinguir una figura conocida. ¡Era el perfumero Armando! Y no iba solo, lo acompañaba una distinguida mujer y cuatro muchachas.

En cuanto tuvimos la oportunidad nos acercamos y saludamos. El perfumero se mostró bastante relajado y nos presentó a su mujer y a sus cuatro hijas. Cabe mencionar que las ropas que esta familia portaba eran bastante cariñosas, lo mismo sus maletas. Créanme, se notaba.

El señor Armando nos preguntó acerca de nuestro destino y acto seguido le preguntamos el suyo. “Nosotros vamos a París”, dijo.

Todo el vuelo hacia Londres me hallé inmerso en una batalla existencial. ¿Cuántos malditos litros de líquido amarillo se necesitan vender para tener ropas tan exquisitas y poder pagar un viaje para seis personas a la Cuidad Luz? Me decía a mí mismo: “Caray, quizás debería ir a pedirle trabajo”.

En fin, esto es lo que le da ese aroma de hogar a este lugar. Sus personajes, sus historias. Y al final es como si no estuviésemos hablando de varias situaciones separadas, sino de un mismo escenario. “Mi pequeño Broadway”. Así le digo a esta diagonal desde que soy niño.

Y si uno dobla a la izquierda en la esquina que está en frente de la isla, se entra a otra realidad. Tranquilidad. Calma. Una pequeña calle en donde están formadas, como bailarinas de ballet, varias simpáticas casas de diferentes colores y fachadas. Una tras otra. Cada una con su respectivo jardincito y su árbol, toque que le da a la calle un aspecto bastante pintoresco y acogedor. Como si se tratara una pintura de Fernández García.

Las conozco todas, las casas. He sido testigo de las diferentes metamorfosis que han sufrido algunas. Conozco a todos sus habitantes que, así como Don Paco, ostentan esa aura de eternidad, como si jamás fueran a desaparecer. Y, al centro de esta sonriente vereda me encuentro yo. En el marco de mi ventana y con los ojos puestos en mis recuerdos.

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